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sábado, 27 de mayo de 2017

DISTORSIÓN

- ¡Pon a los Social Distortion, Kufisto!

Los vencejos volaban en círculo sobre el edificio de enfrente. Lo hacían a tal velocidad, con tal frenesí, que dejé de mirar a los coches que iban pasando abajo y arriba de la calle.

- Es la primavera -me dijo uno el otro día mientras nos fumábamos un pito en la puerta del bar- Están compitiendo por dejar su semilla.
- Sí, claro -dije yo- Estos bichos están para eso, para perpetuar la especie, morir para siempre y poco más. A veces tienen quien los mire, pero no creo que eso les importe mucho. ¿O a ti te importa algo cuando estás haciéndote una paja ante el ordenador?
- Jajaja
- Los animales son como los niños cuando empiezan a ser conscientes de sí mismos: pasan de ser para todos a serlo sólo para sus padres.

Tiré el pito y dejé a los vencejos de hoy haciendo lo único que saben hacer. Pasé para adentro y le di fuerza a los fuegos: los buenos arroces tienen que nacer en el infierno para que después salgan buenos.

Como tantas otras veces, lo bueno se echó a perder bajo el yugo del ruido de la plaza del pueblo. No importa que el engaño y el compadreo sea allí la ley, que bajo el estruendo y la propaganda pública todo lo demás, lo esencial, no valga para nada aún vendiéndotelo como si fuera de oro, que comas cosas extrañas porque hoy hay que comerlas...Nada de eso importa: si la luz está enmudecida, mejor en las ruidosas tinieblas.

Al final, ya con mi arroz otra vez en la basura, muchos vinieron quejándose entre risas de la estafa mientras me pedían sus cubalibres.


Y en el sindiós de las prisas, tirando unas cervezas, pensé que podría estar vaciando mis barriles hasta el fin de mis días con tal de que de vez en cuando me dejaran un rato para ir a mi water.


- ¡Pon a los Social Distortion, Kufisto!


Pues tomad, joder.











viernes, 19 de mayo de 2017

JUEGO DE ESPEJOS

La muchacha pasó por la puerta del bar queriendo ser la mujer que apenas habrá empezado a ser. Yo estaba ahí, intentando olvidarme del último idiota de la tarde, cuando un frenazo en la calzada de enfrente le dio el último empujón. Ella cruzó el paso de cebra, luego el otro y ya, mirándome de reojo con nerviosa sonrisa, se fue calle abajo mirándose en los escaparates de las tiendas que iba dejando atrás, aunque yo sólo la vi hacerlo en el que tengo justo al lado, tan alejado de todo aquello que pueda interesarle a una muchacha de su edad.

Poco antes, en mi anterior salida, había visto llegar a uno de mis hermanos en su coche. Mientras aparcaba, el ciego se despidió para irse a casa. Le encendí el último cigarrillo con un mechero que simulé ir peor que el suyo y dando bastonazos a la pared se fue alejando calle abajo.

- ¿Has visto el bulto que tiene en la espalda? -le dije a mi hermano
- ¿Qué?
- Sí, fíjate en el lado derecho, arriba -se nota incluso a quince metros
- Hostia

Pasamos adentro y él volvió a salir para verlo otra vez.

- Joder...¿y eso?
- No sé...Ayer amaneció así y lo llevaron al ambulatorio. Les dijeron que era un lipoma, algo de grasa, y que se lo tendrían que sajar o algo así, pero que fueran hoy al hospital para vérselo mejor.
- ¿Y qué?
- Pues que hoy ya no saben lo que es. Tienen que hacerle una ecografía.

- Mira mi bulto, Kufisto -me había dicho ayer nada más abrir el bar, así como de cachondeo, como siempre estamos.
- No tenía que hacer otra cosa a estas horas
- Jajaja...

Le puse su café y empezamos con nuestras gilipolleces.

Pero después, en una de las veces que salí de la barra para ir colocando lo que todos los días hay que recolocar, le vi esa especie de joroba que había parido de la noche a la mañana.

- ¡Hostia puta, Paco! ¿pero qué cojones es esto?
- Toca, toca...

Lo toqué un poco, con mucho cuidado y bastante asco. Era enorme, del tamaño de qué sé yo...¿la vieja Biblia de estudiante que tengo aquí al lado mientras escribo esto?

- La madre que me parió...¿te duele?
- Un poco -dijo casi que tan despreocupadamente como siempre lo dice todo- Ahora vamos a ir al médico. Dame una coca cola light.
- Me cago en la hostia puta, Paco...
-  Ya...¿no tendrás un mechero por ahí?

Y ahí quedo la cosa, que luego seguimos igual que si no hubiera vieja Biblia de estudiante que cargar a la espalda: él saliendo a fumar a la calle como si estuviera escribiendo su historia de todos los días en su cabeza mientras que yo me reservaba para quizá hacer luego lo mismo en mi ordenador.

Pero hoy...hoy ya no estaba igual cuando vino al bar antes de ir al hospital, aunque bromeáramos tan a lo bestia como cualquier otro día.

Al mediodía, en su segundo asalto reglamentario, ya me dijo que ahora no sabían lo que era. El bulto de grasa se había transformado en otro sospechoso.

Y esta tarde, durante el tercero y último, me ha mirado a los ojos mientras hablábamos de otras cosas. Me he fijado en sus pupilas, tan pequeñas como si estuviéramos en mitad del desierto, y por un momento casi he creído que me estaba viendo. Claro que nunca hemos tenido necesidad de mirarnos a los ojos, algo que casi siempre es lo mejor que se puede hacer cuando hace mucho tiempo que se dejó de soñar despierto.

Mi hermano se fue con un colega justo cuando el idiota del Mercedes entró al bar después de aparcar ostentosamente en zona prohibida. Pasó con un chiquillo, no respondió a mi saludo y me pidió una copa de Castellana poco menos que entre dientes.

- ¿Castellana?
- Sí
- ¿Con hielo?
- No

Se la puse. Soltó una moneda de dos euros. Tanto cocherito leré y sacas dos euros para pagar una copa en un garito que no conoces. Pero eso es lo que vale aquí. Los cogí y nada devolví.

- ¿Eso es? -dijo
- Eso es -dije

E hizo un gesto como si le hubiera parecido caro. Me fui al ordenador.

El chiquillo, un niño exteriormente tan pijo como certificado lo era su puto y supuesto padre, parecía un tanto enfurruñado, como si hasta él mismo se diera cuenta con sus tres días que el Superman que le había tocado en suerte no llegaba ni a medios cuando bebía. Con todo, le sacó algunas sonrisas. Tu padre es tu padre aún cuando parece que ha dejado de serlo. Y poco después se fue un poco más educadamente de como llegó, aunque no mucho.

Era una muchacha bien educada, sin duda. Esto es algo que sólo un infernal desierto te impediría ver. Sólo es que las demás lo hacen, y aunque a ella no le dejen salir a la calle como si llevara un letrero en el cuello con su número y el precio, al menos sí puede hacerlo con unos vaqueros ajustados y una bonita blusa.

Y eso es suficiente para provocar frenazos, olvidar idiotas, romper espejos convexos y ver tu hermoso rostro sobre las últimas promociones para aquellos a los que le falta un pedazo de su cuerpo.


Que las almas son para el invierno.



miércoles, 17 de mayo de 2017

DREAM ON

El chico de la gorra ladeada caminaba como lo habría visto hacer en la canción de Youtube que iba cantando; la chica, una lolita de película americana, reía tras él. Nos cruzamos y en el último instante él me miró sin dejar de cantar algo de "mi magdalena", o puede que fuera "mi mantequilla" o lo que sea que ahora se vaya cantando por la calle. La chica ni me vio bajo el burka de su casi total desnudez. Yo venía de comprar la miel equivocada por la pertinaz ausencia de la buena y ellos salían de pillar su venenosa merienda del super de al lado de casa. Abrí la puerta pensando en la traducción de lo que decía el top de la chica. Pero ya no me acuerdo.

Me fui a la cama cuando todavía estaba anocheciendo. Tardé en dormirme. Tuve que coger el nuevo teléfono varias veces. En una de ellas leí la entrevista a uno que decía alimentarse del sol desde hace treinta años. En otra miré la ficha en inglés de un ajedrecista húngaro de los años cincuenta. A eso de las cinco desperté empapado en sudor. Había soñado algo que estuvo cegándome durante un buen rato, hasta que me di cuenta de su irrealidad. Y a eso de las seis, una hora antes de la prevista y sin haber dejado de pensar ni un minuto en el sueño, me levanté de la cama.

Apenas eran las siete cuando llegué al bar. Saqué la terraza y puse la tele. Y mirándola de reojo mientras colocaba las sillas del salón vi que estaban pasando la escena final de El tercer hombre con los comentarios en off de uno que iba explicándola. Y me quedé petrificado.

Joseph Cotten tiró aquel cigarrillo y yo cambié rápido a la Teletienda de todos los días.

Había hecho buen acopio de todo lo necesario para una buena mañana de desayunos. Ayer estuvieron bastante bien y hoy esperaba que fueran todavía mejor. Dos montañas de churros ("cóbrale sólo 6 euros", le había dicho a la chica el serio churrero, uno de los míos), un bolsón de hermosas naranjas del moro amigo y un par de kilos de tomates; aparte de la mantequilla, mermelada y paté que todavía quedaban. Llegó el espídico panadero con la bolsa de todos los días y tuvo que volver a la furgoneta a por más. Y ya con todo en su sitio esperé a verlas venir con la compañía de la maravillosa nueva sartén de COBRE de Juan Sánchez como banda sonora original en mi canal de televisión sino amigo, al menos no enemigo mortal. Y todo para que el primero en pasar fuera el penúltimo que hubiese querido ver entrar.

A eso de las diez y media, ya con la mañana casi vencida y mis armas casi intactas, vi como un grupito miraba desde afuera sin decidirse. Pasó uno de ellos, un tío feo de cuarentaitantos años que se fue derecho a la vitrina que custodian mis churros, señalándola mientras decía algo que no logré entender y que me hizo certificar que era tonto. Enseguida pasaron tres viejos y una mujer de su edad. Se sentaron en la mesa bajo el televisor no sin que antes el pobre hombre dijera en su idioma que antes lo haría en una cama de pinchos morunos, pues justo al lado está el futbolín y se ve que sus ejes le recordaban serpientes pitón o algo así, que no había manera de convencerlo a pesar de que le ofrecían la silla más alejada y que ni a Cristo bendito se le ocurriría jugar una partida a esas horas, y menos estando solos como estábamos. Yo los miraba pensando porqué no le hacían caso y elegían otra mesa, pero en fin, ¿qué puedo hacer, joder? Al final se sentaron donde decía la mayoría y pidieron menos buñuelos (como los llamaba la más vieja) de lo que el chico me dio a entender con su ansia primera. Claro que lo comprendí un tanto cuando al dejar los desayunos vi el pedazo de bocadillo que iba a zamparse en mi casa habiendo salido de la cocina de su madre. No dije nada. ¿Qué vas a decir? Tampoco pidió nada de beber, ni agua. Su anciana madre le decía que bebiera algo, que eso no podía ser bueno, pero por alguna razón él llevaba un tiempo siendo remiso a beber agua, como si hubiera leído algo por Internet, "¿y un zumo de naranja?" le insistían. Nada. Cero. A pelito.

El chico pasó un par de veces al water sin pedirme indicación alguna ni dudar ni cero coma sobre su ubicación, con gran satisfacción de sus familiares y no menor preocupación mía. Ya se iban cuando pasó por tercera vez. Estuvimos esperándolo un buen rato mientras ellos no le perdían ripio al maldito Juan Sánchez y su novedosa sartén de cobre al tiempo que una de las viejas comentaba lo bueno que le había salido el chisme ese que te colocas bajo la rodilla y te quita hasta el cáncer. "Ahora sí -pensé-, ahora sí que me va a dejar el pestazo...el inodoro zurrapastroso, el suelo meao...puede que las paredes llenas de mierda con sus huellas digitales, quizá una desquiciada pero clarividente advertencia tipo Los crímenes de Oxford...Ahora tendré que coger la chacha, el cubo, la lejía, el amoníaco...joder"

Salió.

- Bueno, buenos días y gracias.
- No, gracias a vosotros. Adiós.

Y pasé al water y no olía más que a jabón. La higiene es importante y beber agua cuando nadie te ve, más.


Lo que sea por la idea. Sea la que sea.


Aunque a Dulcinea ya sólo la sueñes moribunda.


Yo sigo en Montesinos y hoy con Aerosmith:






domingo, 14 de mayo de 2017

EL PASEO DE MAÑANA

Yo no sabía lo malos que eran los mercheros hasta que lo leí en Internet. "Los gitanos les temen" decían. Me acordé de Jose, el afilaor, el único merchero que conozco, y pensé que si este era tan malo no podía haber nadie bueno. Ni siquiera nosotros.

- Pero vamos a ver -le dije un día de hace muchos años-, ¿tú qué cojones eres? ¿gitano, quinqui o qué?
- ¡Yo soy MERCHERO! -respondió con cierto notorio orgullo aún bajo su tartamudeo- Los gitanos, ni verlos. Todas las ayudas pá ellos, pá ellos...¡y a nosotros NÁ!
- Jajaja

Jose tiene una madre de 97 años a la que va a ver todas las tardes a la residencia. La llevaron allí hace un par de años, una vez que la hija que la cuidaba en un pueblo de Murcia vio que ya no podía seguir haciéndolo. Es el único de sus hijos que va a verla. Parió dieciocho, sobrevivieron catorce, ya han muerto cuatro o seis y al resto les da miedo verla de lo vieja que está. Pero a Jose no. El otro día me enseño una foto en su telefonillo. Se la veía sentada, mirando la ventana por la que entraba la luz del sol:

- Mira mi madre, Kufistín.
- Ah, pues se le ve muy bien, Jose
- Sí...Está muy vieja pero todavía me conoce
- Bueno, venga, vamos a limpiar la terraza
- Venga, vamos

Jose tendrá cincuenta y tantos años, aunque casi aparenta los de su señora madre; sólo de piel, claro, que parece una puta momia del siglo XXIII, pero aparte de eso tiene una vitalidad que ya quisieran muchos de los que se dejan los ojos en Internet buscando remedios para sus flojas genéticas. Apenas pesará sesenta kilos; se desplaza en una bicicletilla con cajón adjunto para las mierdas que va sacando de los contenedores pero con la que le ves subir cantando por la misma avenida en la que los maillotados domingueros van dejándose el bofe entre espasmos sobre sus pobres bicis de 3000 pavos; no tiene más vicio que el tabaco, ese sí, no tiene remedio. Casi todos sus hermanos tuvieron problemas con el alcohol, alguno murió por él, pero en todos los años que le conozco (que ya son más de treinta) jamás le he visto tocarlo: "Me ponía mu malo, Kufistín, me ponía mu malo, ¡me volvía loco!" me dijo una vez. Tiene una mujer muy simpática a la que siendo niña el borracho de su padre le saltó un ojo de una hostia. No puede tener hijos por no sé qué movida que Jose me contó como cuentan las cosas los inocentes, como si realmente nadie hubiera tenido la culpa, como si fuera verdad que las cosas que pasaron, pasadas están. Al poco de morirse mi padre, hará un mes, me los encontré una tarde mientras paseaba con mi habitual disfraz de los paseos, ese con el que puedo hacerme el loco a voluntad bajo la gorra, las gafas de sol y mi música. Pero no es el caso con Jose. Y vino ella, me dio dos besos y después de darme el pésame casi llorando me dijo algo que nunca olvidaré:

- Estamos aquí para lo que haga falta, Kufisto.

Ni Bach es capaz de eso.

Andaba limpiando el bar esta mañana cuando le he oído llegar con sus frenos y sus cantares. La Velvet ya estaba haciéndolo para mi por todas las fiestas de mañana y le he dicho que aliviara de mobiliario el salón y sacara a la calle lo que anoche, como todos los sábados, se guardó para hacer sitio en el local que tenemos al lado. Yo fregaba el suelo y él sacaba sillas y mesas para limpiarlas como si fueran suyas, o mejor, de un viejo amigo.

- Ya está, Kufistín.
- Pues venga

Le di su tabaco y su dinero, me dio las gracias y lo oí marchar cantando hacia sus cosas igual que había venido.


Después vino mucha gente que no me dieron más que su dinero.


Claro que aquí, en Internet, siempre estaré en modo paseo.






viernes, 12 de mayo de 2017

UNA TORMENTA CASI PERFECTA

Me extrañó verle tan temprano en el bar. Bueno, realmente me extrañó hasta verle.

- Hola, Kufisto
- Hola
- Oye...no te habrás encontrado un teléfono por ahí...no lo encuentro ni en el coche y como anoche estuve por aquí...

Le miré. Estaba claro que esta madrugada estuvo por aquí.

- Pues no, no...-respondí mirando el botellero, que es donde se dejan las cosas que olvidan sus borrachos.
- Jodeeerrr...Dame un zumo de naranja

Se lo exprimí. Tardó cero coma en bebérselo.

- Oye, voy a llamarte a ver si es que mi hermano lo guardó en algún cajón o algo -le dije viendo su cara de preocupación ante la pérdida de su medio de trabajo, pues este es de los que morirán de cáncer de oreja antes que de hígado, que ya es difícil.
- ¡Joder, es verdad, claro, claro...!
- A ver, dime tu número.

Estaba marcándolo cuando vi que lo tenía grabado. Tengo la tarjeta de memoria llena de números muertos.

Hicimos el silencio bajo el gorigori habitual de La Tienda en Casa y nada interrumpió las excelencias del maravilloso método Reduform para bajar de peso: "y recuerde, si combina el uso de Reduform con dieta y ejercicio los efectos serán hasta cinco veces más rápidos", dice la voz en OFF casi a paso de FF después de mostrar a diez o doce actores atómicos jurando que no tuvieron nada que hacer más que ponerse esa puta faja.

- Oye -dijo como si una cerilla se hubiera encendido en su cerebro- ¿y si lo tengo en el coche? ¡sigue llamando a ver si está allí!

Y salió tan disparado que olvidó pagar.

Pasaron dos minutos. Sonó Honest with me

- Dime
- ¿Quien eres?
- ¿Como que quien soy?
- Joder, sí, ¿quien eres? acabo de ver tu número aquí
- Kufisto, coño. acabo de llamarte
- Ah, joder, perdona, perdona...
- Vale, vale...

Y por segunda vez en el día que acababa de empezar olvidó pagar.

Entró el ciego.

- Hooola, Kufisto
- Hooola, Paco...¿cafelito?
- ¡Sí!
- Qué tal
- ¡Bien! ¡Dime el numerito de anoche!
- No
- ¡¿Por qué?!
- Porque no me sale de los huevos
- Jujuju...
- Y que sepas que hoy llegarán los doscientos Reduforms que pedí a tu nombre
- Jujuju...¿Y cuanto es la cuenta?
- Pues doscientos por sesenta...12000 euros
- Pues claro
- Luego nos vamos el lunes al mercadillo y los vendemos al doble
- Pues claro
- La mitad pá ti y la mitad pá mi
- Pues claro
- Tu voceando y yo vendiendo
- Claro...dame un vaso de agua, anda
- No
- ¡¿Por qué?!
- ¡PORQUE ESTÁS GORDO Y HOY TE TOCA PESAJE EN LA FARMACIA!
- Jujuju...
- Jajaja...ten, anda, 95202
- ¡Reintegro!
- Cabrón
- Jujuju...

Llamé a mi madre. Ayer les prometí a los loqueros que hoy haría arroz y anoche quedé con ella en que mi hermano y su hijo se traería al mediodía media bandeja de tocino.

- Oye
- ¿Qué?
- Echa la bandeja entera
- Vaaale

Me sorprendió verlos a la hora de su segundo desayuno reglamentario. Casi todos pidieron sanas tostadas de media barra de pan y piramidales cafés con leche, ya fueran enteros o descafeinados. Una vino a decirme a mi barra que la suya mejor de esto antes que de lo anterior que había pedido un par de minutos atrás. Otras dos siguieron sus misteriosos pasos. Uno de los únicos dos hombres, el menos raro, se acercó para rogarme que aguara fría pero levemente su té. El otro, el más raro, un cincuentón desgreñado, permanecía allí sentado mirando en silencio su té rojo con hielo como si Freud estuviera derritiéndose una vez más ante sus ojos.

A eso de las tres y cuarto, ya viendo que mis indecisos loqueros no iban a venir por segunda vez, me comí el último plato que quedaba del tocinesco arroz. Y sí, estaba tan bueno como habían dicho todos los que habían comido de él.

Llegaron dos mujeronas y me puse a hablar, a beber, a fumar y a reír con ellas. La tarde estaba que no sabía si seguir como la mañana o soltar el petardazo. Por tres veces había colocado la terraza y por tres veces había tenido que atortugarla tal y como los mayores que ahora están muertos me enseñaron hace muchos años.

A eso de las cinco fue como si Drácula se acercara en un tren para el pueblo. Todo se oscureció tan de repente que a los tres nos vinieron a la cabeza otros catastróficos oscurecimientos del pasado. Salimos para afuera y apilamos mesas y sillas tal que si fueran piedras antes de la llegada de Asterión, que estamos en La Mancha y aquí ni hay mar donde esconderse ni quedan Borges que lo cuenten.


Y empezó a llover como si Jesús se hubiera olvidado de lo acordado después de la última noche.


Lástima que sólo fueron cinco minutos.




miércoles, 10 de mayo de 2017

UNA VISITA MUY POCO ESPERADA

Es un tipo de esos que no te extrañaría demasiado verlo salir cualquier día de estos abriendo el telemaratón diario de La Sexta bajo un rótulo bien grande y acusador. Yo lo conocí hará ya unos veinte años, que en mi vida hay un antes y después de 2001 y con esa raya controlo un tanto los sucesos del pasado porque de otra forma todo sería como un presente continuo en el que poco daría cinco, diez o veinticinco años. Antes de aquella hubo otras, un par de ellas más, pero esas son historias que en su día se contarán. Incluso una posterior que pensé definitiva y ahora no pinta más que tantos otros cuadros del pasado difuminados hasta el extremo del práctico olvido. El paso del tiempo es como el del ciego que ni quiere aprender a serlo ni espera volver a ver.

Mi amistad con este del que os hablo, si es que se puede llamar amistad a lo que pasa después de los veinte años, fue como tantas otras en la vida de un camarero, es decir, amistades de barra, para entendernos. Terminaba de trabajar, él todavía andaba por ahí, y nos íbamos a echar la madrugada con quien fuésemos encontrando. Bebíamos bastante, reíamos algo, echábamos unos dardos o billares y luego se hacía lo que se podía, que tampoco era mucho en este lugar, en aquellos sitios y con esa gente de última hora. Al final cada mochuelo a su olivo, puede que algún abrazo de eterna amistad que ya entonces sonaban ridículos aún estando borrachos, y a casa a dormirla.

De todas aquellas noches (que tampoco recuerdo fueran tantas) hubo una en la que terminamos bebiéndonos una botella de vino a la puerta de la oficina de empleo. Estaba lloviendo y ya no quedaba ningún garito abierto. Pillé una botella del bar y nos fuimos andando, pasándonosla, hasta que arreció la lluvia y nos metimos allí. Y entonces él se puso a hablar de lo puta que era su mujer y de lo harto que estaba de ella. Yo la conocía, también a su hijito, algunas veces iban todos juntos a sentarse en la terraza del bar como cualquier otra "familia feliz", como si también ellos pudieran aparentarlo, como si ese sitio decadente pero de buena fama también lo tuviera para ellos siendo como eran gente de otras mesas menos ilustres y más alborotadas. Ella era una mujer bastante ajada para la edad que le presuponía, poco más de treinta, como su marido. Recuerdo sus ojos, grandes y oscuros, su tez pálida y su larga y lacia melena. Jamás la vi sonreír fuera de algún tímido intento cuando con toda mi buena voluntad iba a tomarles nota. Enseguida te dabas cuentas de que aquella pareja no funcionaba. Un camarero ve eso al toque; pero esto es lo normal fuera de los bares de copas, aunque no siempre de manera tan flagrante.

El caso es que estábamos allí sentados, a salvo de la lluvia, bebiendo vino a morro, fumándonos un canuto y él se puso a hablar de su mujer...Yo apenas decía nada, ¡qué iba a decir!; tenía veintipocos años y estaba como estoy ahora con cuarenta y tantos, sin pareja estable que dicen; hacía poco que había terminado una fantasmal relación que da para otro cuento y andaba dedicado por entero al trabajo y a escribir cosas que supongo gracias a Dios y ciertamente a la inexistencia de Internet nadie más leyó: había algunas con las que lloraba de la risa al día siguiente al ver lo malas que eran. Una hubo, apenas de cinco o seis líneas, que escribí todo fumado en una maravillosa tarde primaveral bajo los efectos de la lectura del Fausto de Goethe que era para mearse encima. Quizá la tenga todavía por ahí. Si algún día la encuentro la pondré como saludo de esta página.

Pero cuando este se puso aquella noche a hablar así de su mujer, de esa forma...no sé, me dio mal rollo aún yendo con el trozo que llevaba a cuestas.

Me fui de aquel bar para irme a otro y le perdí la pista casi que por completo. En alguna rarísima ocasión se pasó un tanto pasado por este. Muy de vez en cuando nos cruzábamos por la calle e intercambiábamos un breve saludo de reconocimiento, aunque no tan corto como para no darme cuenta de que se había quedado solo sin él decírmelo.

Y hará cosa de dos, tres o cuatro meses que me lo encuentro casi todas las mañanas fumando en la puerta de un bar que está junto a la churrería donde los pillo para el mío, en uno regentado por un par de chicas que tienen nada de regentas y mucho de poco cuento decimonónico, que no hay como mujeres de estas para que los hombres, sean de la condición que sean, acudan a ellas aún a costa de todo lo demás: las mujeres no tendrán alma, pero los hombres que ya no son jóvenes tampoco quieren que la suya les esté jodiendo a base de preguntas ahora que todavía no son viejos. Y después de todo se van a comer el mismo churro ahí que en la churrería, sólo que en lugar de vulgares churreras o encabronados churreros se los servirán un par de buenas y jóvenes tetas del otro lado del Atlántico.

No sé él conmigo, pero yo, fijándome en su mono reflectante, enseguida me di cuenta de quién era. Y le he ignorado todas las veces, que no hay como levantarse cuando todos los gatos empiezan a dejar de ser pardos para insistir en seguir viéndolos negros.

Acababa de abrir al bar esta mañana, mis churros ya liberados de sus inevitables saunas que tanto daño les hacen (es lo primero que hago), colocados en bandejas para para que respiren un tanto antes de morir en la boca de cualquiera, todavía a medio colocar el chiringuito, cuando ha entrado al bar.

- Hola, Kufisto
- Hola -no recordaba su nombre
- Dame una copa de dyc con un cubito de hielo.

Estaba igual que hace veinte años, o diez, o cinco, o medio. Igual. El otro día me enseñaron un vídeo de 1996 y podía reconocer a los que entonces no conocía y ahora sí conozco. Es inquietante lo poco que cambian las caras. Al menos para mi, que voy por aquí la mayor parte del tiempo esperando ver sólo gatos pardos o nuevos.

Hemos charlado un rato. Me ha hablado de lo que está haciendo sin mirarme ni una sola vez a los ojos. Ha pasado el ciego y le he puesto lo suyo. Se ha abstenido de bromear como siempre al darse cuenta de que no estábamos solos.

- Bueno, Kufisto, me voy al curro
- Pues nada, al tema -seguía sin recordar su nombre
- ¿Qué te debo?
- Dame uno ochenta nada más
- No, no...cóbrame lo que tengas que cobrar
- Pues dos euros

Me ha pagado.

- Bueno, ya me pasaré más por aquí
- Claro, no tengo pérdida


Y ya solos, el ciego ha empezado con su ritual de dar por culo.


Benditos sean los que no pueden ver porque ellos son el reino.






domingo, 7 de mayo de 2017

DÍA DE LA MADRE

Zapeé toda la TDT y al final dudé entre poner el final de Rocky y el inicio de Rocky II o una serie que no conocía sobre niños asesinos. Elegí esta última. Vino mi madre de la cocina donde estaba colocando la compra y me preguntó qué hacer con unas tiras de tocino que le habían regalado en la carnicería. Le dije que mañana nos las comeríamos en el bar. Después se cambió y se sentó en el sillón. Esta vez no dijo nada de cambiar de canal. Pero no pasaron quince minutos cuando dije que me iba a la cama aprovechando que había dejado de wasapear para atender una llamada. "Vete a la de abajo si quieres...por la humedad y eso" Le dije que no y me encajoné en esa que fue mi cama hasta hace poco menos que treinta años. Cogí la segunda parte del Quijote que me había traído la noche anterior y leí algunos capítulos rumiando si no sería mejor hacerle caso y cambiar de habitación. Llevo dos meses durmiendo allí un par de noches por semana y ya me había acostumbrado a la cama, pero ahora dicen que tiene humedad por culpa del water de al lado y ya se sabe que basta conque quien te quiere te diga si no sería mejor otra cosa para que tú te preguntes si tendrá razón, aunque luego hagas lo que siempre has hecho, es decir, lo contrario.

Me quedé allí. Y pensando que cada día que pasa más salva Sancho al Qujiote me dormí a la media hora con el puño pegado a la pared, como en mi casa desde hace más o menos los mismos dos meses, desde que una mañana en la que me levante aún más tronchado de lo que venía siendo habitual dije que era la última vez que dormía en el gran colchón, en mi gran colchón, en mi primera cama propia, en lo primero que pensé cuando firmé mi condena, "una cama grande" Doce años después también me he quedado sin esta y ahora vuelvo a dormir en una pequeña. Mía también, pero junto a la pared.

Desperté como si no fuera domingo y apenas intenté seguir durmiendo. Meé, me vestí, le di dos besos a mi madre que adormilada estaba con la radio puesta y me fui cagándome en el malnacido que poco menos estaba llamando paletos a los votantes de Le Pen.

Llegué al bar después de comprar la maldita prensa y puse a la Velvet. Iba a ser un día duro y no había que perder ni un minuto. Me lié a limpiar, a colocar, a fregar; en estas llegó el merchero con su bicicletilla y le dije que se pasara dentro de una hora. Terminé y me fui a duchar no sin antes echar una buena cagada. Desayuné y volví a salir pitando. Cuando llegué, Jose ya estaba allí, puntual. Le di la llave del otro local y cantando sus cosas empezó a sacar el mobiliario y a colocar y limpiar la terraza. Puse en el Spotify una carpeta variada de mi elección y me lié a arreglar el pescado para las paellas del mediodía. Apenas eran las nueve, no más, pero el pescado no es la carne, que hasta un porro no necesita más que echarla al fuego y mirarla de vez en cuando, no...el pescado es una cosa delicada, querido, y lo delicado necesita interés y atención, que esto no es un artículo de Carlos Herrera.

Y a eso de la una y media, cuando estaba bregando con la segunda paella, la de encargo, y todo lo demás apareció mi hermano.

- Esto me lo ha dao mama para nosotros -dijo sacando una bandeja con el tocino ya hecho.

Y se me llevaron los demonios. O los malos encantadores.

Cogí el teléfono y marqué su número. Le dije mil barbaridades en medio minuto y le colgué cuando ella decía que creía que la llamaba para felicitarle por su día. Al instante, como un trueno en la cabeza, me vino una sensación de amargura que apenas pude dominar. Terminé el jodido arroz mientras afuera, en la barra, en el salón, seguían habiendo los mismos cuatro gatos que había tenido en toda la mañana de mierda. Los mismos no, eran otros, y además con uno especialmente imbécil, pero tanta prisa, tanta trabajo para eso, para ver como el primer arroz languidecía de asco después de tanto interés...Joder.

Me acordé de Nietzsche, de Zaratustra, del superhombre...

Cogí el teléfono y marqué su número para pedirle perdón. Y no lo cogió.

Llegó el del encargo, uno que desde hace tiempo miro como si no llevara otra cosa que un verde gabán. Con todo su buen humor, con toda su buena bonhomía, con su camisa de 120 pavos y su gran, perpetua, pero no dolorosa sonrisa me habló de su experiencia de ayer en un restaurante por el cual los hombres son capaces de quedarse tiesos para que un punky consiga que su puta se abra de piernas después de hacerle fotos a los trece platos (menú normal) que colgará en su Facebook antes de probarlos. Pero este no es de esos; maneja, pero no para tanto. Era una invitación para él y su mujer. Cosas de tener negocios y no nogocios. Y para sorpresa de ambos me ha dicho que fue algo indescriptible. que de verdad merece la fama que tiene, que eso no se puede explicar con palabras, ni siquiera con fotos, y que, por supuesto, al salir no se fueron a comer una hamburguesa al McDonalds. Yo lo oía y me alegraba por él, pero no se me iba mi madre de la cabeza.

Al final cogió su paella y se fue.

Y yo cogí mi coche y me fui para la casa de mi madre.

La vi por el espejo del pasillo antes de verla. Parecía como si hubiera estado llorando. Entré al salón con las manos juntas pidiéndole perdón con una sonrisa que me salió sin pensarla, como lo de las manos. Ella rompió a llorar y la besé y la cogí de las manos.

- ¡Pero como eres así, Kufisto, como eres así...!
- Perdona, perdona...
- Es que una hace las cosas con todo el cariño, sabiendo lo liado que ibas a estar hoy, para que no te entretuvieras, para quitarte trabajo, para que sólo tuvieras que echarle las verduras que tanto te gustan ahora...-lloraba como pueda llorar una madre en su día por su amargado hijo
- Perdona, perdona...
- Estás amargado, Kufisto, estás amargado...
- No, no, no lo estoy
- Sí lo estás, Kufisto, sí lo estás...
- Perdóname, perdóname
- Tu padre siempre me lo decía, que sufro tanto porque me doy tanto...-decía llorando mientras señalaba la frontera foto de mi padre.
- Lo siento, lo siento de verdad

Volví al bar. Nos comimos el tocino. Estaba delicioso con sus ajos y su pimentón. También cayó el puto brócoli. También.

Mi hermano se fue y yo empecé a darle al tema un rato después. No quería pasarme. No estaba en condiciones de pasarme.


Pero ahora que estoy aquí sí que lo estoy.





jueves, 4 de mayo de 2017

GLORY DAYS

Era la cuarta o quinta vez que volvía a contarme la misma historia en los apenas veinte minutos que habían pasado desde su caótica llegada al bar; y esto contando con sus dos visitas al servicio aunque, me temo, no para mear. Y viendo que iba a iniciar la sexta me acerqué a él para hablar algo más que un ¿sí?, ajá o joder con la esperanza de que así, interactuando, entraría un tanto en razón y dejaría un rato tranquila la copa que de tanto menearla para arriba y abajo pareciera como si la desdichada fuera a potar de un momento a otro.

Error.

Fue tenerme a mano y empezar con los tocamientos que tanto me gustan. No bastaba el tono, cercano al umbral que tengo permitido en el limitador de sonido del bar; no era suficiente con sus espasmódicas contorsiones mientras deshilaba su obsesionada historia de las cinco de la tarde, tal y como si estuviera comunicándose con un sordo de solemnidad; no valía que estuviésemos solos y careciera de excusa posible para escapar, no...Tenía que tocarme para convencerme de su indiscutible integridad y eterna lealtad y amistad hacia todos nosotros, los hermanos que llevamos el bar.

Me fijé en sus ojos, en las pupilas que brillaban dilatadas a todo lo que daban; en su lampiña y abotargada cara, tan roja como si toda la sangre de su cuerpo se le hubiera subido a la cabeza para procesar la farlopa que le iba entrando; en el sudor que casi podías oírlo gritar por su liberación cual aliados en el campo de fútbol de Colombes...Lo dejé por imposible al segundo o tercer intento. Y dándome por vencido me retiré discretamente para lavar todas las veces que hicieran falta las tres o cuatro tazas de café que había servido en otra inolvidable tarde.

Una llamada vino a salvarme en su teléfono. Y poco después llegó su amigo, el que parece que duerme en el hotel Overlook. Y ya a su bola de rugby, de la barra al water, del water a la barra y de la barra a la calle y vuelta a empezar, me entretuve mirando en Internet la historia de uno que había ido a que le hicieran un beso negro y acabó por cagarse y salir corriendo.

En esas estaba cuando pasó un hombre que me recuerda a una bombilla de los años 70. Se acopló en la entrada, justo donde el par de dos andaban comentando entre carcajadas un vídeo de hace veinte años y al que por cojones tuve que echarle alguna mirada. Pidió un vino blanco y le dije que si lo quería del tiempo. Lo había reconocido de otras veces y esas son cosas que se te quedan en la memoria. "Sí" dijo un tanto sorprendido con esa sonrisa que no se le cae de la boca. Alto, calvo, con gafas, bigotillo, delgado en extremo y con aspecto de ser tan ofensivo como el juego de cocina de Pin y Pon.

No había abierto la botella de vino cuando Obsesiones se puso a enseñarle el vídeo que estaban viendo en su teléfono. Y después, no recuerdo porqué, empezaron a hablar del "hambre que había antiguamente" Y así, contándose las miserias que unos oyeron y otro viviera de refilón, pasaron los últimos minutos de otra gran tarde en el bar.

Cuando llegué a casa estuve a punto de quedarme en ella de tan reventado como estaba; pero esa clase de cansancio no se cura así: hay que salir, hay que salir a que te dé el aire, otro aire.

Nada más salir me encontré a una que estaba hablando con otra y que no me quiso ver. Recordé lo simpática que se me pone cuando va por el bar y lo olvidé poniéndome la música que no me pensaba poner. Neil Young empezó a cantar aquella canción.


Y fue como si mi sangre creyera que los riñones se me habían subido a la cabeza.







martes, 2 de mayo de 2017

L.A. WOMAN

A pesar de todos los preparativos de la noche anterior me levanté más temprano que de costumbre. Puede que me durmiera antes de lo habitual, pero uno recuerda la hora en la que se despierta, no a la que se duerme. Por un rato intenté seguir durmiendo, pero los pensamientos, las imágenes, enseguida inundaron mi cabeza, como hacen siempre que despierto sin reloj. Y viendo que ya era imposible lo di por acabado. Subí la persiana de la habitación y la del pasillo y todavía era casi de noche. Me vestí y salí a andar con idea de dar un largo paseo. No había alcanzado su cuarta parte cuando a la altura del cementerio miré por si estaba abierto. Lo estaba. Pasé y me recibió un gran gato blanco que, imperial cual esfinge, ni se movió cuando pasé a su lado. El naciente sol estaba a poco de ocultarse tras unas nubecillas que asemejaban un colchón de plumas y fue como si el animal también supiera que muy pronto se iba a quedar sin ese calor. A veces un poco más vale por la cercanía de un extraño cuando se ha dormido entre los muertos.

Ya dentro, nada más pasar, encontré a un grupo de ellos que merodeaban alrededor de un contenedor caído lleno de flores muertas. Eran diez o doce, puede que quince, algo siempre sorprendente menos allí, en el cementerio. Sin acercarme a su territorio ni pararme demasiado les dije algunas cosas. Reí y maullaron. Seguí adelante oyendo sus maullidos.

Llegué a la tumba de mi padre y vi su lápida por primera vez. Era normal, sencilla, sin foto, tal y como me había dicho mi madre durante todo este tiempo. Conté las tumbas que le seguían: una, dos, tres...cinco. No había flores. Mi madre me dijo que las quitó a las dos semanas. Nunca ha podido con eso, con la suciedad, con la putrefacción, con todo lo que no está como debe de estar. Si por ella fuera, abriría la tumba para limpiársela a su hombre. Siempre nos ha dicho que la incineremos cuando muera. Miré la losa de mármol. Ahí estaba su nombre, el de su familia y las fechas de su viaje por la vida. También estaban unas piedrecillas como amontonadas. Dudé en contarlas. Dudé en quitarlas. Y al final las cogí, me fui y las tiré en un contenedor.

No habían pasado ni diez minutos cuando al salir vi a una vieja dándoles de comer a los gatos que me habían hecho sonreír. La mayoría de ellos, ocho o diez, estaban tragando como posesos en unos recipientes de plástico dispuestos sobre una tumba olvidada desde hace mucho tiempo.

Salí y en lugar de seguir para adelante me fui para casa. De paso me desvié hacia mi peluquería y vi que no tenía puesto el horario en la puerta. Un poco más allá vi a un viejo bastardo sacando a la calle los taburetes de su bar. Más adelante, de frente, vi a uno casi que se arrastraba con sus dos muletas. Al acercarme lo reconocí, me sorprendí y le saludé. Era alguien que hasta hace poco todavía galleaba. Era alguien que hasta hace poco era alguien en este país de mierda. Era alguien que cogió el tren cuando había que cogerlo, no como mi padre que siguió en el suyo hasta el final de su vida. Por educación le pregunté. Él me respondió y lo noté asustado, muy lejos de aquella cierta altanería con la que hasta hace cuatro días me pedía que le echara más a los whiskys facturados a cuenta de su liberado trabajo. Y ya en casa desayuné algo, cogí el coche y me fui para el bar a hacer la recaudación de las máquinas.

No sacamos ni para una entrada de Camilo Sesto . "Esta máquina no funciona" me dijo el recaudador, un buen hombre que todavía tiene a su mujer como nosotros tuvimos a nuestro padre. Se fue y miré la del tabaco. Conté la pasta e hice el listado con lo que faltaba. Llamé a la chica y le dije que me lo preparara en veinte minutos. Me fui a casa, pillé las loterías de la semana anterior y ya andando hice la ronda. Nada por aquí, nada por allá. Me quedé con dos cincuenta y fui al estanco. Una chica publicitaria de no sé qué marca me recibió. Le dije que no fumaba casi sin mirarla y la del estanco me dio lo que le había dicho con un plus de 2´45. Recordé que me quedaban 2´50 después de loterías y salí de allí con 5 céntimos en el bolsillo. Regresé al bar y cargué la máquina conforme iba cogiendo los paquetes del bolsón. Olvidé coger mis 2´45.

Otra vez en casa no supe qué hacer. Puse el brasero, me tumbé y cogí la segunda parte del Quijote. Al rato me entró el sueño y estaba a punto de dormirme cuando sentí mucho calor. Lo apagué y miré por la ventana: todo era azul, ya no había nubes. Pero yo ya sólo quería dormir. Y tampoco pude esta vez. Volví a coger el Quijote y volví a pensar en hacer otra cosa, pero ninguna pudo más que nada.

Y a eso de las dos pensé que lo mejor era darse una buena ducha, afeitarse e ir con cierto adelanto sobre el horario previsto a la semanal comida en casa de mi madre.

Fabada.

- Estás serio, Kufisto...-dijo mi madre a los postres
- No, qué va -respondí como mejor me salió

- ¡Qué gusto que estéis todos aquí! -dijo en un momento dirigiéndose a hijos y nueras- He pasado un par de días que no he hecho más que llorar a la hora de la comida...

Pasé de decirle lo que poco antes le había dicho a uno de mis hermanos acerca de esas piedras de la lápida mientras cobrábamos el dinero de la semana.

Sacaron unas fresas con nata, las comieron y me fui.

Otra vez intenté dormir y otra vez no pude.

Salí a andar con el mismo pensamiento de vuelta grande de la mañana, pero menos. A los diez minutos me dije que mejor en casa. Fui a la tienda de los frutos secos y cambié las nueces de macadamia por las nacionales. En la frutería del moro me esperaba la mora.

Mide metro y medio y pesará tres cajas y media de naranjas; luce gafas grandes y bigote no demasiado pequeño; boca ancha, labios gordos, dientes dodecafónicos; habla por todo un salón de peluquería, pero se tapa el pelo con un trapo de esos; dos tetas como dos repollos que siempre miro sin disimulo; ella se ríe todavía más y su panza se mueve al hacerlo.

- ¡HOLA, KUFISTOOO!
- Hola, encanto...Dame una bolsa de las grandes
- ¡TOMA, KUFISTOOO!

Conozco a sus padres, a su hermano mayor, al pequeño y a un tío suyo que sabía más que los ratones infrarrojos y que dejó la frutería para irse a poner ladrillos en Francia. 

Estaba cogiendo las naranjas de la caja de abajo sin sacarla del todo cuando me ha gritado desde la puerta:

- ¡¡¡ESA FUERZA, KUFISTOOO!!!
- Me cago en la puta...LA SACO FUERA CONTIGO ENCIMA
- Jijiji...

También he comprado plátanos y kiwis griegos, de esos gordos que parecen cojones en su escroto. Esperaba llegar a los 7 euros de compra para pillar la media docena de huevos locos de regalo. 

- Vamos, Fátima, deja el telefonito; levántate y pésame
- Jijiji

Siete con treinta.

- Jajaja...Me debes una caja de huevos.
- Jijiji
- Dámelos blancos.
- ¡¿PERO ERES RACISTA O QUÉ?!
- Sí
- Jijiji

- ¿ALGO MÁS?

He sentido como se me hinchaba el tema.

- Dame un poco de ese perejil que guardas para los buenos clientes
- ¿Y tú eres un buen cliente?
- Sabes que lo soy
- Jijiji

- Que pases buena noche, Kufistooo

Y dos minutos más tarde estaba abriendo la puerta de mi casa con sus tetazas en mi cabeza.


Pensé en echarme una copa. Bebí dos tragos y la tiré. Volví a salir y volví a volver. Estaba vez no tiré nada.


Y salí para pillar más y escribir algo.