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sábado, 27 de mayo de 2017

DISTORSIÓN

- ¡Pon a los Social Distortion, Kufisto!

Los vencejos volaban en círculo sobre el edificio de enfrente. Lo hacían a tal velocidad, con tal frenesí, que dejé de mirar a los coches que iban pasando abajo y arriba de la calle.

- Es la primavera -me dijo uno el otro día mientras nos fumábamos un pito en la puerta del bar- Están compitiendo por dejar su semilla.
- Sí, claro -dije yo- Estos bichos están para eso, para perpetuar la especie, morir para siempre y poco más. A veces tienen quien los mire, pero no creo que eso les importe mucho. ¿O a ti te importa algo cuando estás haciéndote una paja ante el ordenador?
- Jajaja
- Los animales son como los niños cuando empiezan a ser conscientes de sí mismos: pasan de ser para todos a serlo sólo para sus padres.

Tiré el pito y dejé a los vencejos de hoy haciendo lo único que saben hacer. Pasé para adentro y le di fuerza a los fuegos: los buenos arroces tienen que nacer en el infierno para que después salgan buenos.

Como tantas otras veces, lo bueno se echó a perder bajo el yugo del ruido de la plaza del pueblo. No importa que el engaño y el compadreo sea allí la ley, que bajo el estruendo y la propaganda pública todo lo demás, lo esencial, no valga para nada aún vendiéndotelo como si fuera de oro, que comas cosas extrañas porque hoy hay que comerlas...Nada de eso importa: si la luz está enmudecida, mejor en las ruidosas tinieblas.

Al final, ya con mi arroz otra vez en la basura, muchos vinieron quejándose entre risas de la estafa mientras me pedían sus cubalibres.


Y en el sindiós de las prisas, tirando unas cervezas, pensé que podría estar vaciando mis barriles hasta el fin de mis días con tal de que de vez en cuando me dejaran un rato para ir a mi water.


- ¡Pon a los Social Distortion, Kufisto!


Pues tomad, joder.











viernes, 19 de mayo de 2017

JUEGO DE ESPEJOS

La muchacha pasó por la puerta del bar queriendo ser la mujer que apenas habrá empezado a ser. Yo estaba ahí, intentando olvidarme del último idiota de la tarde, cuando un frenazo en la calzada de enfrente le dio el último empujón. Ella cruzó el paso de cebra, luego el otro y ya, mirándome de reojo con nerviosa sonrisa, se fue calle abajo mirándose en los escaparates de las tiendas que iba dejando atrás, aunque yo sólo la vi hacerlo en el que tengo justo al lado, tan alejado de todo aquello que pueda interesarle a una muchacha de su edad.

Poco antes, en mi anterior salida, había visto llegar a uno de mis hermanos en su coche. Mientras aparcaba, el ciego se despidió para irse a casa. Le encendí el último cigarrillo con un mechero que simulé ir peor que el suyo y dando bastonazos a la pared se fue alejando calle abajo.

- ¿Has visto el bulto que tiene en la espalda? -le dije a mi hermano
- ¿Qué?
- Sí, fíjate en el lado derecho, arriba -se nota incluso a quince metros
- Hostia

Pasamos adentro y él volvió a salir para verlo otra vez.

- Joder...¿y eso?
- No sé...Ayer amaneció así y lo llevaron al ambulatorio. Les dijeron que era un lipoma, algo de grasa, y que se lo tendrían que sajar o algo así, pero que fueran hoy al hospital para vérselo mejor.
- ¿Y qué?
- Pues que hoy ya no saben lo que es. Tienen que hacerle una ecografía.

- Mira mi bulto, Kufisto -me había dicho ayer nada más abrir el bar, así como de cachondeo, como siempre estamos.
- No tenía que hacer otra cosa a estas horas
- Jajaja...

Le puse su café y empezamos con nuestras gilipolleces.

Pero después, en una de las veces que salí de la barra para ir colocando lo que todos los días hay que recolocar, le vi esa especie de joroba que había parido de la noche a la mañana.

- ¡Hostia puta, Paco! ¿pero qué cojones es esto?
- Toca, toca...

Lo toqué un poco, con mucho cuidado y bastante asco. Era enorme, del tamaño de qué sé yo...¿la vieja Biblia de estudiante que tengo aquí al lado mientras escribo esto?

- La madre que me parió...¿te duele?
- Un poco -dijo casi que tan despreocupadamente como siempre lo dice todo- Ahora vamos a ir al médico. Dame una coca cola light.
- Me cago en la hostia puta, Paco...
-  Ya...¿no tendrás un mechero por ahí?

Y ahí quedo la cosa, que luego seguimos igual que si no hubiera vieja Biblia de estudiante que cargar a la espalda: él saliendo a fumar a la calle como si estuviera escribiendo su historia de todos los días en su cabeza mientras que yo me reservaba para quizá hacer luego lo mismo en mi ordenador.

Pero hoy...hoy ya no estaba igual cuando vino al bar antes de ir al hospital, aunque bromeáramos tan a lo bestia como cualquier otro día.

Al mediodía, en su segundo asalto reglamentario, ya me dijo que ahora no sabían lo que era. El bulto de grasa se había transformado en otro sospechoso.

Y esta tarde, durante el tercero y último, me ha mirado a los ojos mientras hablábamos de otras cosas. Me he fijado en sus pupilas, tan pequeñas como si estuviéramos en mitad del desierto, y por un momento casi he creído que me estaba viendo. Claro que nunca hemos tenido necesidad de mirarnos a los ojos, algo que casi siempre es lo mejor que se puede hacer cuando hace mucho tiempo que se dejó de soñar despierto.

Mi hermano se fue con un colega justo cuando el idiota del Mercedes entró al bar después de aparcar ostentosamente en zona prohibida. Pasó con un chiquillo, no respondió a mi saludo y me pidió una copa de Castellana poco menos que entre dientes.

- ¿Castellana?
- Sí
- ¿Con hielo?
- No

Se la puse. Soltó una moneda de dos euros. Tanto cocherito leré y sacas dos euros para pagar una copa en un garito que no conoces. Pero eso es lo que vale aquí. Los cogí y nada devolví.

- ¿Eso es? -dijo
- Eso es -dije

E hizo un gesto como si le hubiera parecido caro. Me fui al ordenador.

El chiquillo, un niño exteriormente tan pijo como certificado lo era su puto y supuesto padre, parecía un tanto enfurruñado, como si hasta él mismo se diera cuenta con sus tres días que el Superman que le había tocado en suerte no llegaba ni a medios cuando bebía. Con todo, le sacó algunas sonrisas. Tu padre es tu padre aún cuando parece que ha dejado de serlo. Y poco después se fue un poco más educadamente de como llegó, aunque no mucho.

Era una muchacha bien educada, sin duda. Esto es algo que sólo un infernal desierto te impediría ver. Sólo es que las demás lo hacen, y aunque a ella no le dejen salir a la calle como si llevara un letrero en el cuello con su número y el precio, al menos sí puede hacerlo con unos vaqueros ajustados y una bonita blusa.

Y eso es suficiente para provocar frenazos, olvidar idiotas, romper espejos convexos y ver tu hermoso rostro sobre las últimas promociones para aquellos a los que le falta un pedazo de su cuerpo.


Que las almas son para el invierno.



miércoles, 17 de mayo de 2017

DREAM ON

El chico de la gorra ladeada caminaba como lo habría visto hacer en la canción de Youtube que iba cantando; la chica, una lolita de película americana, reía tras él. Nos cruzamos y en el último instante él me miró sin dejar de cantar algo de "mi magdalena", o puede que fuera "mi mantequilla" o lo que sea que ahora se vaya cantando por la calle. La chica ni me vio bajo el burka de su casi total desnudez. Yo venía de comprar la miel equivocada por la pertinaz ausencia de la buena y ellos salían de pillar su venenosa merienda del super de al lado de casa. Abrí la puerta pensando en la traducción de lo que decía el top de la chica. Pero ya no me acuerdo.

Me fui a la cama cuando todavía estaba anocheciendo. Tardé en dormirme. Tuve que coger el nuevo teléfono varias veces. En una de ellas leí la entrevista a uno que decía alimentarse del sol desde hace treinta años. En otra miré la ficha en inglés de un ajedrecista húngaro de los años cincuenta. A eso de las cinco desperté empapado en sudor. Había soñado algo que estuvo cegándome durante un buen rato, hasta que me di cuenta de su irrealidad. Y a eso de las seis, una hora antes de la prevista y sin haber dejado de pensar ni un minuto en el sueño, me levanté de la cama.

Apenas eran las siete cuando llegué al bar. Saqué la terraza y puse la tele. Y mirándola de reojo mientras colocaba las sillas del salón vi que estaban pasando la escena final de El tercer hombre con los comentarios en off de uno que iba explicándola. Y me quedé petrificado.

Joseph Cotten tiró aquel cigarrillo y yo cambié rápido a la Teletienda de todos los días.

Había hecho buen acopio de todo lo necesario para una buena mañana de desayunos. Ayer estuvieron bastante bien y hoy esperaba que fueran todavía mejor. Dos montañas de churros ("cóbrale sólo 6 euros", le había dicho a la chica el serio churrero, uno de los míos), un bolsón de hermosas naranjas del moro amigo y un par de kilos de tomates; aparte de la mantequilla, mermelada y paté que todavía quedaban. Llegó el espídico panadero con la bolsa de todos los días y tuvo que volver a la furgoneta a por más. Y ya con todo en su sitio esperé a verlas venir con la compañía de la maravillosa nueva sartén de COBRE de Juan Sánchez como banda sonora original en mi canal de televisión sino amigo, al menos no enemigo mortal. Y todo para que el primero en pasar fuera el penúltimo que hubiese querido ver entrar.

A eso de las diez y media, ya con la mañana casi vencida y mis armas casi intactas, vi como un grupito miraba desde afuera sin decidirse. Pasó uno de ellos, un tío feo de cuarentaitantos años que se fue derecho a la vitrina que custodian mis churros, señalándola mientras decía algo que no logré entender y que me hizo certificar que era tonto. Enseguida pasaron tres viejos y una mujer de su edad. Se sentaron en la mesa bajo el televisor no sin que antes el pobre hombre dijera en su idioma que antes lo haría en una cama de pinchos morunos, pues justo al lado está el futbolín y se ve que sus ejes le recordaban serpientes pitón o algo así, que no había manera de convencerlo a pesar de que le ofrecían la silla más alejada y que ni a Cristo bendito se le ocurriría jugar una partida a esas horas, y menos estando solos como estábamos. Yo los miraba pensando porqué no le hacían caso y elegían otra mesa, pero en fin, ¿qué puedo hacer, joder? Al final se sentaron donde decía la mayoría y pidieron menos buñuelos (como los llamaba la más vieja) de lo que el chico me dio a entender con su ansia primera. Claro que lo comprendí un tanto cuando al dejar los desayunos vi el pedazo de bocadillo que iba a zamparse en mi casa habiendo salido de la cocina de su madre. No dije nada. ¿Qué vas a decir? Tampoco pidió nada de beber, ni agua. Su anciana madre le decía que bebiera algo, que eso no podía ser bueno, pero por alguna razón él llevaba un tiempo siendo remiso a beber agua, como si hubiera leído algo por Internet, "¿y un zumo de naranja?" le insistían. Nada. Cero. A pelito.

El chico pasó un par de veces al water sin pedirme indicación alguna ni dudar ni cero coma sobre su ubicación, con gran satisfacción de sus familiares y no menor preocupación mía. Ya se iban cuando pasó por tercera vez. Estuvimos esperándolo un buen rato mientras ellos no le perdían ripio al maldito Juan Sánchez y su novedosa sartén de cobre al tiempo que una de las viejas comentaba lo bueno que le había salido el chisme ese que te colocas bajo la rodilla y te quita hasta el cáncer. "Ahora sí -pensé-, ahora sí que me va a dejar el pestazo...el inodoro zurrapastroso, el suelo meao...puede que las paredes llenas de mierda con sus huellas digitales, quizá una desquiciada pero clarividente advertencia tipo Los crímenes de Oxford...Ahora tendré que coger la chacha, el cubo, la lejía, el amoníaco...joder"

Salió.

- Bueno, buenos días y gracias.
- No, gracias a vosotros. Adiós.

Y pasé al water y no olía más que a jabón. La higiene es importante y beber agua cuando nadie te ve, más.


Lo que sea por la idea. Sea la que sea.


Aunque a Dulcinea ya sólo la sueñes moribunda.


Yo sigo en Montesinos y hoy con Aerosmith:






domingo, 14 de mayo de 2017

EL PASEO DE MAÑANA

Yo no sabía lo malos que eran los mercheros hasta que lo leí en Internet. "Los gitanos les temen" decían. Me acordé de Jose, el afilaor, el único merchero que conozco, y pensé que si este era tan malo no podía haber nadie bueno. Ni siquiera nosotros.

- Pero vamos a ver -le dije un día de hace muchos años-, ¿tú qué cojones eres? ¿gitano, quinqui o qué?
- ¡Yo soy MERCHERO! -respondió con cierto notorio orgullo aún bajo su tartamudeo- Los gitanos, ni verlos. Todas las ayudas pá ellos, pá ellos...¡y a nosotros NÁ!
- Jajaja

Jose tiene una madre de 97 años a la que va a ver todas las tardes a la residencia. La llevaron allí hace un par de años, una vez que la hija que la cuidaba en un pueblo de Murcia vio que ya no podía seguir haciéndolo. Es el único de sus hijos que va a verla. Parió dieciocho, sobrevivieron catorce, ya han muerto cuatro o seis y al resto les da miedo verla de lo vieja que está. Pero a Jose no. El otro día me enseño una foto en su telefonillo. Se la veía sentada, mirando la ventana por la que entraba la luz del sol:

- Mira mi madre, Kufistín.
- Ah, pues se le ve muy bien, Jose
- Sí...Está muy vieja pero todavía me conoce
- Bueno, venga, vamos a limpiar la terraza
- Venga, vamos

Jose tendrá cincuenta y tantos años, aunque casi aparenta los de su señora madre; sólo de piel, claro, que parece una puta momia del siglo XXIII, pero aparte de eso tiene una vitalidad que ya quisieran muchos de los que se dejan los ojos en Internet buscando remedios para sus flojas genéticas. Apenas pesará sesenta kilos; se desplaza en una bicicletilla con cajón adjunto para las mierdas que va sacando de los contenedores pero con la que le ves subir cantando por la misma avenida en la que los maillotados domingueros van dejándose el bofe entre espasmos sobre sus pobres bicis de 3000 pavos; no tiene más vicio que el tabaco, ese sí, no tiene remedio. Casi todos sus hermanos tuvieron problemas con el alcohol, alguno murió por él, pero en todos los años que le conozco (que ya son más de treinta) jamás le he visto tocarlo: "Me ponía mu malo, Kufistín, me ponía mu malo, ¡me volvía loco!" me dijo una vez. Tiene una mujer muy simpática a la que siendo niña el borracho de su padre le saltó un ojo de una hostia. No puede tener hijos por no sé qué movida que Jose me contó como cuentan las cosas los inocentes, como si realmente nadie hubiera tenido la culpa, como si fuera verdad que las cosas que pasaron, pasadas están. Al poco de morirse mi padre, hará un mes, me los encontré una tarde mientras paseaba con mi habitual disfraz de los paseos, ese con el que puedo hacerme el loco a voluntad bajo la gorra, las gafas de sol y mi música. Pero no es el caso con Jose. Y vino ella, me dio dos besos y después de darme el pésame casi llorando me dijo algo que nunca olvidaré:

- Estamos aquí para lo que haga falta, Kufisto.

Ni Bach es capaz de eso.

Andaba limpiando el bar esta mañana cuando le he oído llegar con sus frenos y sus cantares. La Velvet ya estaba haciéndolo para mi por todas las fiestas de mañana y le he dicho que aliviara de mobiliario el salón y sacara a la calle lo que anoche, como todos los sábados, se guardó para hacer sitio en el local que tenemos al lado. Yo fregaba el suelo y él sacaba sillas y mesas para limpiarlas como si fueran suyas, o mejor, de un viejo amigo.

- Ya está, Kufistín.
- Pues venga

Le di su tabaco y su dinero, me dio las gracias y lo oí marchar cantando hacia sus cosas igual que había venido.


Después vino mucha gente que no me dieron más que su dinero.


Claro que aquí, en Internet, siempre estaré en modo paseo.






viernes, 12 de mayo de 2017

UNA TORMENTA CASI PERFECTA

Me extrañó verle tan temprano en el bar. Bueno, realmente me extrañó hasta verle.

- Hola, Kufisto
- Hola
- Oye...no te habrás encontrado un teléfono por ahí...no lo encuentro ni en el coche y como anoche estuve por aquí...

Le miré. Estaba claro que esta madrugada estuvo por aquí.

- Pues no, no...-respondí mirando el botellero, que es donde se dejan las cosas que olvidan sus borrachos.
- Jodeeerrr...Dame un zumo de naranja

Se lo exprimí. Tardó cero coma en bebérselo.

- Oye, voy a llamarte a ver si es que mi hermano lo guardó en algún cajón o algo -le dije viendo su cara de preocupación ante la pérdida de su medio de trabajo, pues este es de los que morirán de cáncer de oreja antes que de hígado, que ya es difícil.
- ¡Joder, es verdad, claro, claro...!
- A ver, dime tu número.

Estaba marcándolo cuando vi que lo tenía grabado. Tengo la tarjeta de memoria llena de números muertos.

Hicimos el silencio bajo el gorigori habitual de La Tienda en Casa y nada interrumpió las excelencias del maravilloso método Reduform para bajar de peso: "y recuerde, si combina el uso de Reduform con dieta y ejercicio los efectos serán hasta cinco veces más rápidos", dice la voz en OFF casi a paso de FF después de mostrar a diez o doce actores atómicos jurando que no tuvieron nada que hacer más que ponerse esa puta faja.

- Oye -dijo como si una cerilla se hubiera encendido en su cerebro- ¿y si lo tengo en el coche? ¡sigue llamando a ver si está allí!

Y salió tan disparado que olvidó pagar.

Pasaron dos minutos. Sonó Honest with me

- Dime
- ¿Quien eres?
- ¿Como que quien soy?
- Joder, sí, ¿quien eres? acabo de ver tu número aquí
- Kufisto, coño. acabo de llamarte
- Ah, joder, perdona, perdona...
- Vale, vale...

Y por segunda vez en el día que acababa de empezar olvidó pagar.

Entró el ciego.

- Hooola, Kufisto
- Hooola, Paco...¿cafelito?
- ¡Sí!
- Qué tal
- ¡Bien! ¡Dime el numerito de anoche!
- No
- ¡¿Por qué?!
- Porque no me sale de los huevos
- Jujuju...
- Y que sepas que hoy llegarán los doscientos Reduforms que pedí a tu nombre
- Jujuju...¿Y cuanto es la cuenta?
- Pues doscientos por sesenta...12000 euros
- Pues claro
- Luego nos vamos el lunes al mercadillo y los vendemos al doble
- Pues claro
- La mitad pá ti y la mitad pá mi
- Pues claro
- Tu voceando y yo vendiendo
- Claro...dame un vaso de agua, anda
- No
- ¡¿Por qué?!
- ¡PORQUE ESTÁS GORDO Y HOY TE TOCA PESAJE EN LA FARMACIA!
- Jujuju...
- Jajaja...ten, anda, 95202
- ¡Reintegro!
- Cabrón
- Jujuju...

Llamé a mi madre. Ayer les prometí a los loqueros que hoy haría arroz y anoche quedé con ella en que mi hermano y su hijo se traería al mediodía media bandeja de tocino.

- Oye
- ¿Qué?
- Echa la bandeja entera
- Vaaale

Me sorprendió verlos a la hora de su segundo desayuno reglamentario. Casi todos pidieron sanas tostadas de media barra de pan y piramidales cafés con leche, ya fueran enteros o descafeinados. Una vino a decirme a mi barra que la suya mejor de esto antes que de lo anterior que había pedido un par de minutos atrás. Otras dos siguieron sus misteriosos pasos. Uno de los únicos dos hombres, el menos raro, se acercó para rogarme que aguara fría pero levemente su té. El otro, el más raro, un cincuentón desgreñado, permanecía allí sentado mirando en silencio su té rojo con hielo como si Freud estuviera derritiéndose una vez más ante sus ojos.

A eso de las tres y cuarto, ya viendo que mis indecisos loqueros no iban a venir por segunda vez, me comí el último plato que quedaba del tocinesco arroz. Y sí, estaba tan bueno como habían dicho todos los que habían comido de él.

Llegaron dos mujeronas y me puse a hablar, a beber, a fumar y a reír con ellas. La tarde estaba que no sabía si seguir como la mañana o soltar el petardazo. Por tres veces había colocado la terraza y por tres veces había tenido que atortugarla tal y como los mayores que ahora están muertos me enseñaron hace muchos años.

A eso de las cinco fue como si Drácula se acercara en un tren para el pueblo. Todo se oscureció tan de repente que a los tres nos vinieron a la cabeza otros catastróficos oscurecimientos del pasado. Salimos para afuera y apilamos mesas y sillas tal que si fueran piedras antes de la llegada de Asterión, que estamos en La Mancha y aquí ni hay mar donde esconderse ni quedan Borges que lo cuenten.


Y empezó a llover como si Jesús se hubiera olvidado de lo acordado después de la última noche.


Lástima que sólo fueron cinco minutos.




miércoles, 10 de mayo de 2017

UNA VISITA MUY POCO ESPERADA

Es un tipo de esos que no te extrañaría demasiado verlo salir cualquier día de estos abriendo el telemaratón diario de La Sexta bajo un rótulo bien grande y acusador. Yo lo conocí hará ya unos veinte años, que en mi vida hay un antes y después de 2001 y con esa raya controlo un tanto los sucesos del pasado porque de otra forma todo sería como un presente continuo en el que poco daría cinco, diez o veinticinco años. Antes de aquella hubo otras, un par de ellas más, pero esas son historias que en su día se contarán. Incluso una posterior que pensé definitiva y ahora no pinta más que tantos otros cuadros del pasado difuminados hasta el extremo del práctico olvido. El paso del tiempo es como el del ciego que ni quiere aprender a serlo ni espera volver a ver.

Mi amistad con este del que os hablo, si es que se puede llamar amistad a lo que pasa después de los veinte años, fue como tantas otras en la vida de un camarero, es decir, amistades de barra, para entendernos. Terminaba de trabajar, él todavía andaba por ahí, y nos íbamos a echar la madrugada con quien fuésemos encontrando. Bebíamos bastante, reíamos algo, echábamos unos dardos o billares y luego se hacía lo que se podía, que tampoco era mucho en este lugar, en aquellos sitios y con esa gente de última hora. Al final cada mochuelo a su olivo, puede que algún abrazo de eterna amistad que ya entonces sonaban ridículos aún estando borrachos, y a casa a dormirla.

De todas aquellas noches (que tampoco recuerdo fueran tantas) hubo una en la que terminamos bebiéndonos una botella de vino a la puerta de la oficina de empleo. Estaba lloviendo y ya no quedaba ningún garito abierto. Pillé una botella del bar y nos fuimos andando, pasándonosla, hasta que arreció la lluvia y nos metimos allí. Y entonces él se puso a hablar de lo puta que era su mujer y de lo harto que estaba de ella. Yo la conocía, también a su hijito, algunas veces iban todos juntos a sentarse en la terraza del bar como cualquier otra "familia feliz", como si también ellos pudieran aparentarlo, como si ese sitio decadente pero de buena fama también lo tuviera para ellos siendo como eran gente de otras mesas menos ilustres y más alborotadas. Ella era una mujer bastante ajada para la edad que le presuponía, poco más de treinta, como su marido. Recuerdo sus ojos, grandes y oscuros, su tez pálida y su larga y lacia melena. Jamás la vi sonreír fuera de algún tímido intento cuando con toda mi buena voluntad iba a tomarles nota. Enseguida te dabas cuentas de que aquella pareja no funcionaba. Un camarero ve eso al toque; pero esto es lo normal fuera de los bares de copas, aunque no siempre de manera tan flagrante.

El caso es que estábamos allí sentados, a salvo de la lluvia, bebiendo vino a morro, fumándonos un canuto y él se puso a hablar de su mujer...Yo apenas decía nada, ¡qué iba a decir!; tenía veintipocos años y estaba como estoy ahora con cuarenta y tantos, sin pareja estable que dicen; hacía poco que había terminado una fantasmal relación que da para otro cuento y andaba dedicado por entero al trabajo y a escribir cosas que supongo gracias a Dios y ciertamente a la inexistencia de Internet nadie más leyó: había algunas con las que lloraba de la risa al día siguiente al ver lo malas que eran. Una hubo, apenas de cinco o seis líneas, que escribí todo fumado en una maravillosa tarde primaveral bajo los efectos de la lectura del Fausto de Goethe que era para mearse encima. Quizá la tenga todavía por ahí. Si algún día la encuentro la pondré como saludo de esta página.

Pero cuando este se puso aquella noche a hablar así de su mujer, de esa forma...no sé, me dio mal rollo aún yendo con el trozo que llevaba a cuestas.

Me fui de aquel bar para irme a otro y le perdí la pista casi que por completo. En alguna rarísima ocasión se pasó un tanto pasado por este. Muy de vez en cuando nos cruzábamos por la calle e intercambiábamos un breve saludo de reconocimiento, aunque no tan corto como para no darme cuenta de que se había quedado solo sin él decírmelo.

Y hará cosa de dos, tres o cuatro meses que me lo encuentro casi todas las mañanas fumando en la puerta de un bar que está junto a la churrería donde los pillo para el mío, en uno regentado por un par de chicas que tienen nada de regentas y mucho de poco cuento decimonónico, que no hay como mujeres de estas para que los hombres, sean de la condición que sean, acudan a ellas aún a costa de todo lo demás: las mujeres no tendrán alma, pero los hombres que ya no son jóvenes tampoco quieren que la suya les esté jodiendo a base de preguntas ahora que todavía no son viejos. Y después de todo se van a comer el mismo churro ahí que en la churrería, sólo que en lugar de vulgares churreras o encabronados churreros se los servirán un par de buenas y jóvenes tetas del otro lado del Atlántico.

No sé él conmigo, pero yo, fijándome en su mono reflectante, enseguida me di cuenta de quién era. Y le he ignorado todas las veces, que no hay como levantarse cuando todos los gatos empiezan a dejar de ser pardos para insistir en seguir viéndolos negros.

Acababa de abrir al bar esta mañana, mis churros ya liberados de sus inevitables saunas que tanto daño les hacen (es lo primero que hago), colocados en bandejas para para que respiren un tanto antes de morir en la boca de cualquiera, todavía a medio colocar el chiringuito, cuando ha entrado al bar.

- Hola, Kufisto
- Hola -no recordaba su nombre
- Dame una copa de dyc con un cubito de hielo.

Estaba igual que hace veinte años, o diez, o cinco, o medio. Igual. El otro día me enseñaron un vídeo de 1996 y podía reconocer a los que entonces no conocía y ahora sí conozco. Es inquietante lo poco que cambian las caras. Al menos para mi, que voy por aquí la mayor parte del tiempo esperando ver sólo gatos pardos o nuevos.

Hemos charlado un rato. Me ha hablado de lo que está haciendo sin mirarme ni una sola vez a los ojos. Ha pasado el ciego y le he puesto lo suyo. Se ha abstenido de bromear como siempre al darse cuenta de que no estábamos solos.

- Bueno, Kufisto, me voy al curro
- Pues nada, al tema -seguía sin recordar su nombre
- ¿Qué te debo?
- Dame uno ochenta nada más
- No, no...cóbrame lo que tengas que cobrar
- Pues dos euros

Me ha pagado.

- Bueno, ya me pasaré más por aquí
- Claro, no tengo pérdida


Y ya solos, el ciego ha empezado con su ritual de dar por culo.


Benditos sean los que no pueden ver porque ellos son el reino.






domingo, 7 de mayo de 2017

DÍA DE LA MADRE

Zapeé toda la TDT y al final dudé entre poner el final de Rocky y el inicio de Rocky II o una serie que no conocía sobre niños asesinos. Elegí esta última. Vino mi madre de la cocina donde estaba colocando la compra y me preguntó qué hacer con unas tiras de tocino que le habían regalado en la carnicería. Le dije que mañana nos las comeríamos en el bar. Después se cambió y se sentó en el sillón. Esta vez no dijo nada de cambiar de canal. Pero no pasaron quince minutos cuando dije que me iba a la cama aprovechando que había dejado de wasapear para atender una llamada. "Vete a la de abajo si quieres...por la humedad y eso" Le dije que no y me encajoné en esa que fue mi cama hasta hace poco menos que treinta años. Cogí la segunda parte del Quijote que me había traído la noche anterior y leí algunos capítulos rumiando si no sería mejor hacerle caso y cambiar de habitación. Llevo dos meses durmiendo allí un par de noches por semana y ya me había acostumbrado a la cama, pero ahora dicen que tiene humedad por culpa del water de al lado y ya se sabe que basta conque quien te quiere te diga si no sería mejor otra cosa para que tú te preguntes si tendrá razón, aunque luego hagas lo que siempre has hecho, es decir, lo contrario.

Me quedé allí. Y pensando que cada día que pasa más salva Sancho al Qujiote me dormí a la media hora con el puño pegado a la pared, como en mi casa desde hace más o menos los mismos dos meses, desde que una mañana en la que me levante aún más tronchado de lo que venía siendo habitual dije que era la última vez que dormía en el gran colchón, en mi gran colchón, en mi primera cama propia, en lo primero que pensé cuando firmé mi condena, "una cama grande" Doce años después también me he quedado sin esta y ahora vuelvo a dormir en una pequeña. Mía también, pero junto a la pared.

Desperté como si no fuera domingo y apenas intenté seguir durmiendo. Meé, me vestí, le di dos besos a mi madre que adormilada estaba con la radio puesta y me fui cagándome en el malnacido que poco menos estaba llamando paletos a los votantes de Le Pen.

Llegué al bar después de comprar la maldita prensa y puse a la Velvet. Iba a ser un día duro y no había que perder ni un minuto. Me lié a limpiar, a colocar, a fregar; en estas llegó el merchero con su bicicletilla y le dije que se pasara dentro de una hora. Terminé y me fui a duchar no sin antes echar una buena cagada. Desayuné y volví a salir pitando. Cuando llegué, Jose ya estaba allí, puntual. Le di la llave del otro local y cantando sus cosas empezó a sacar el mobiliario y a colocar y limpiar la terraza. Puse en el Spotify una carpeta variada de mi elección y me lié a arreglar el pescado para las paellas del mediodía. Apenas eran las nueve, no más, pero el pescado no es la carne, que hasta un porro no necesita más que echarla al fuego y mirarla de vez en cuando, no...el pescado es una cosa delicada, querido, y lo delicado necesita interés y atención, que esto no es un artículo de Carlos Herrera.

Y a eso de la una y media, cuando estaba bregando con la segunda paella, la de encargo, y todo lo demás apareció mi hermano.

- Esto me lo ha dao mama para nosotros -dijo sacando una bandeja con el tocino ya hecho.

Y se me llevaron los demonios. O los malos encantadores.

Cogí el teléfono y marqué su número. Le dije mil barbaridades en medio minuto y le colgué cuando ella decía que creía que la llamaba para felicitarle por su día. Al instante, como un trueno en la cabeza, me vino una sensación de amargura que apenas pude dominar. Terminé el jodido arroz mientras afuera, en la barra, en el salón, seguían habiendo los mismos cuatro gatos que había tenido en toda la mañana de mierda. Los mismos no, eran otros, y además con uno especialmente imbécil, pero tanta prisa, tanta trabajo para eso, para ver como el primer arroz languidecía de asco después de tanto interés...Joder.

Me acordé de Nietzsche, de Zaratustra, del superhombre...

Cogí el teléfono y marqué su número para pedirle perdón. Y no lo cogió.

Llegó el del encargo, uno que desde hace tiempo miro como si no llevara otra cosa que un verde gabán. Con todo su buen humor, con toda su buena bonhomía, con su camisa de 120 pavos y su gran, perpetua, pero no dolorosa sonrisa me habló de su experiencia de ayer en un restaurante por el cual los hombres son capaces de quedarse tiesos para que un punky consiga que su puta se abra de piernas después de hacerle fotos a los trece platos (menú normal) que colgará en su Facebook antes de probarlos. Pero este no es de esos; maneja, pero no para tanto. Era una invitación para él y su mujer. Cosas de tener negocios y no nogocios. Y para sorpresa de ambos me ha dicho que fue algo indescriptible. que de verdad merece la fama que tiene, que eso no se puede explicar con palabras, ni siquiera con fotos, y que, por supuesto, al salir no se fueron a comer una hamburguesa al McDonalds. Yo lo oía y me alegraba por él, pero no se me iba mi madre de la cabeza.

Al final cogió su paella y se fue.

Y yo cogí mi coche y me fui para la casa de mi madre.

La vi por el espejo del pasillo antes de verla. Parecía como si hubiera estado llorando. Entré al salón con las manos juntas pidiéndole perdón con una sonrisa que me salió sin pensarla, como lo de las manos. Ella rompió a llorar y la besé y la cogí de las manos.

- ¡Pero como eres así, Kufisto, como eres así...!
- Perdona, perdona...
- Es que una hace las cosas con todo el cariño, sabiendo lo liado que ibas a estar hoy, para que no te entretuvieras, para quitarte trabajo, para que sólo tuvieras que echarle las verduras que tanto te gustan ahora...-lloraba como pueda llorar una madre en su día por su amargado hijo
- Perdona, perdona...
- Estás amargado, Kufisto, estás amargado...
- No, no, no lo estoy
- Sí lo estás, Kufisto, sí lo estás...
- Perdóname, perdóname
- Tu padre siempre me lo decía, que sufro tanto porque me doy tanto...-decía llorando mientras señalaba la frontera foto de mi padre.
- Lo siento, lo siento de verdad

Volví al bar. Nos comimos el tocino. Estaba delicioso con sus ajos y su pimentón. También cayó el puto brócoli. También.

Mi hermano se fue y yo empecé a darle al tema un rato después. No quería pasarme. No estaba en condiciones de pasarme.


Pero ahora que estoy aquí sí que lo estoy.





jueves, 4 de mayo de 2017

GLORY DAYS

Era la cuarta o quinta vez que volvía a contarme la misma historia en los apenas veinte minutos que habían pasado desde su caótica llegada al bar; y esto contando con sus dos visitas al servicio aunque, me temo, no para mear. Y viendo que iba a iniciar la sexta me acerqué a él para hablar algo más que un ¿sí?, ajá o joder con la esperanza de que así, interactuando, entraría un tanto en razón y dejaría un rato tranquila la copa que de tanto menearla para arriba y abajo pareciera como si la desdichada fuera a potar de un momento a otro.

Error.

Fue tenerme a mano y empezar con los tocamientos que tanto me gustan. No bastaba el tono, cercano al umbral que tengo permitido en el limitador de sonido del bar; no era suficiente con sus espasmódicas contorsiones mientras deshilaba su obsesionada historia de las cinco de la tarde, tal y como si estuviera comunicándose con un sordo de solemnidad; no valía que estuviésemos solos y careciera de excusa posible para escapar, no...Tenía que tocarme para convencerme de su indiscutible integridad y eterna lealtad y amistad hacia todos nosotros, los hermanos que llevamos el bar.

Me fijé en sus ojos, en las pupilas que brillaban dilatadas a todo lo que daban; en su lampiña y abotargada cara, tan roja como si toda la sangre de su cuerpo se le hubiera subido a la cabeza para procesar la farlopa que le iba entrando; en el sudor que casi podías oírlo gritar por su liberación cual aliados en el campo de fútbol de Colombes...Lo dejé por imposible al segundo o tercer intento. Y dándome por vencido me retiré discretamente para lavar todas las veces que hicieran falta las tres o cuatro tazas de café que había servido en otra inolvidable tarde.

Una llamada vino a salvarme en su teléfono. Y poco después llegó su amigo, el que parece que duerme en el hotel Overlook. Y ya a su bola de rugby, de la barra al water, del water a la barra y de la barra a la calle y vuelta a empezar, me entretuve mirando en Internet la historia de uno que había ido a que le hicieran un beso negro y acabó por cagarse y salir corriendo.

En esas estaba cuando pasó un hombre que me recuerda a una bombilla de los años 70. Se acopló en la entrada, justo donde el par de dos andaban comentando entre carcajadas un vídeo de hace veinte años y al que por cojones tuve que echarle alguna mirada. Pidió un vino blanco y le dije que si lo quería del tiempo. Lo había reconocido de otras veces y esas son cosas que se te quedan en la memoria. "Sí" dijo un tanto sorprendido con esa sonrisa que no se le cae de la boca. Alto, calvo, con gafas, bigotillo, delgado en extremo y con aspecto de ser tan ofensivo como el juego de cocina de Pin y Pon.

No había abierto la botella de vino cuando Obsesiones se puso a enseñarle el vídeo que estaban viendo en su teléfono. Y después, no recuerdo porqué, empezaron a hablar del "hambre que había antiguamente" Y así, contándose las miserias que unos oyeron y otro viviera de refilón, pasaron los últimos minutos de otra gran tarde en el bar.

Cuando llegué a casa estuve a punto de quedarme en ella de tan reventado como estaba; pero esa clase de cansancio no se cura así: hay que salir, hay que salir a que te dé el aire, otro aire.

Nada más salir me encontré a una que estaba hablando con otra y que no me quiso ver. Recordé lo simpática que se me pone cuando va por el bar y lo olvidé poniéndome la música que no me pensaba poner. Neil Young empezó a cantar aquella canción.


Y fue como si mi sangre creyera que los riñones se me habían subido a la cabeza.







martes, 2 de mayo de 2017

L.A. WOMAN

A pesar de todos los preparativos de la noche anterior me levanté más temprano que de costumbre. Puede que me durmiera antes de lo habitual, pero uno recuerda la hora en la que se despierta, no a la que se duerme. Por un rato intenté seguir durmiendo, pero los pensamientos, las imágenes, enseguida inundaron mi cabeza, como hacen siempre que despierto sin reloj. Y viendo que ya era imposible lo di por acabado. Subí la persiana de la habitación y la del pasillo y todavía era casi de noche. Me vestí y salí a andar con idea de dar un largo paseo. No había alcanzado su cuarta parte cuando a la altura del cementerio miré por si estaba abierto. Lo estaba. Pasé y me recibió un gran gato blanco que, imperial cual esfinge, ni se movió cuando pasé a su lado. El naciente sol estaba a poco de ocultarse tras unas nubecillas que asemejaban un colchón de plumas y fue como si el animal también supiera que muy pronto se iba a quedar sin ese calor. A veces un poco más vale por la cercanía de un extraño cuando se ha dormido entre los muertos.

Ya dentro, nada más pasar, encontré a un grupo de ellos que merodeaban alrededor de un contenedor caído lleno de flores muertas. Eran diez o doce, puede que quince, algo siempre sorprendente menos allí, en el cementerio. Sin acercarme a su territorio ni pararme demasiado les dije algunas cosas. Reí y maullaron. Seguí adelante oyendo sus maullidos.

Llegué a la tumba de mi padre y vi su lápida por primera vez. Era normal, sencilla, sin foto, tal y como me había dicho mi madre durante todo este tiempo. Conté las tumbas que le seguían: una, dos, tres...cinco. No había flores. Mi madre me dijo que las quitó a las dos semanas. Nunca ha podido con eso, con la suciedad, con la putrefacción, con todo lo que no está como debe de estar. Si por ella fuera, abriría la tumba para limpiársela a su hombre. Siempre nos ha dicho que la incineremos cuando muera. Miré la losa de mármol. Ahí estaba su nombre, el de su familia y las fechas de su viaje por la vida. También estaban unas piedrecillas como amontonadas. Dudé en contarlas. Dudé en quitarlas. Y al final las cogí, me fui y las tiré en un contenedor.

No habían pasado ni diez minutos cuando al salir vi a una vieja dándoles de comer a los gatos que me habían hecho sonreír. La mayoría de ellos, ocho o diez, estaban tragando como posesos en unos recipientes de plástico dispuestos sobre una tumba olvidada desde hace mucho tiempo.

Salí y en lugar de seguir para adelante me fui para casa. De paso me desvié hacia mi peluquería y vi que no tenía puesto el horario en la puerta. Un poco más allá vi a un viejo bastardo sacando a la calle los taburetes de su bar. Más adelante, de frente, vi a uno casi que se arrastraba con sus dos muletas. Al acercarme lo reconocí, me sorprendí y le saludé. Era alguien que hasta hace poco todavía galleaba. Era alguien que hasta hace poco era alguien en este país de mierda. Era alguien que cogió el tren cuando había que cogerlo, no como mi padre que siguió en el suyo hasta el final de su vida. Por educación le pregunté. Él me respondió y lo noté asustado, muy lejos de aquella cierta altanería con la que hasta hace cuatro días me pedía que le echara más a los whiskys facturados a cuenta de su liberado trabajo. Y ya en casa desayuné algo, cogí el coche y me fui para el bar a hacer la recaudación de las máquinas.

No sacamos ni para una entrada de Camilo Sesto . "Esta máquina no funciona" me dijo el recaudador, un buen hombre que todavía tiene a su mujer como nosotros tuvimos a nuestro padre. Se fue y miré la del tabaco. Conté la pasta e hice el listado con lo que faltaba. Llamé a la chica y le dije que me lo preparara en veinte minutos. Me fui a casa, pillé las loterías de la semana anterior y ya andando hice la ronda. Nada por aquí, nada por allá. Me quedé con dos cincuenta y fui al estanco. Una chica publicitaria de no sé qué marca me recibió. Le dije que no fumaba casi sin mirarla y la del estanco me dio lo que le había dicho con un plus de 2´45. Recordé que me quedaban 2´50 después de loterías y salí de allí con 5 céntimos en el bolsillo. Regresé al bar y cargué la máquina conforme iba cogiendo los paquetes del bolsón. Olvidé coger mis 2´45.

Otra vez en casa no supe qué hacer. Puse el brasero, me tumbé y cogí la segunda parte del Quijote. Al rato me entró el sueño y estaba a punto de dormirme cuando sentí mucho calor. Lo apagué y miré por la ventana: todo era azul, ya no había nubes. Pero yo ya sólo quería dormir. Y tampoco pude esta vez. Volví a coger el Quijote y volví a pensar en hacer otra cosa, pero ninguna pudo más que nada.

Y a eso de las dos pensé que lo mejor era darse una buena ducha, afeitarse e ir con cierto adelanto sobre el horario previsto a la semanal comida en casa de mi madre.

Fabada.

- Estás serio, Kufisto...-dijo mi madre a los postres
- No, qué va -respondí como mejor me salió

- ¡Qué gusto que estéis todos aquí! -dijo en un momento dirigiéndose a hijos y nueras- He pasado un par de días que no he hecho más que llorar a la hora de la comida...

Pasé de decirle lo que poco antes le había dicho a uno de mis hermanos acerca de esas piedras de la lápida mientras cobrábamos el dinero de la semana.

Sacaron unas fresas con nata, las comieron y me fui.

Otra vez intenté dormir y otra vez no pude.

Salí a andar con el mismo pensamiento de vuelta grande de la mañana, pero menos. A los diez minutos me dije que mejor en casa. Fui a la tienda de los frutos secos y cambié las nueces de macadamia por las nacionales. En la frutería del moro me esperaba la mora.

Mide metro y medio y pesará tres cajas y media de naranjas; luce gafas grandes y bigote no demasiado pequeño; boca ancha, labios gordos, dientes dodecafónicos; habla por todo un salón de peluquería, pero se tapa el pelo con un trapo de esos; dos tetas como dos repollos que siempre miro sin disimulo; ella se ríe todavía más y su panza se mueve al hacerlo.

- ¡HOLA, KUFISTOOO!
- Hola, encanto...Dame una bolsa de las grandes
- ¡TOMA, KUFISTOOO!

Conozco a sus padres, a su hermano mayor, al pequeño y a un tío suyo que sabía más que los ratones infrarrojos y que dejó la frutería para irse a poner ladrillos en Francia. 

Estaba cogiendo las naranjas de la caja de abajo sin sacarla del todo cuando me ha gritado desde la puerta:

- ¡¡¡ESA FUERZA, KUFISTOOO!!!
- Me cago en la puta...LA SACO FUERA CONTIGO ENCIMA
- Jijiji...

También he comprado plátanos y kiwis griegos, de esos gordos que parecen cojones en su escroto. Esperaba llegar a los 7 euros de compra para pillar la media docena de huevos locos de regalo. 

- Vamos, Fátima, deja el telefonito; levántate y pésame
- Jijiji

Siete con treinta.

- Jajaja...Me debes una caja de huevos.
- Jijiji
- Dámelos blancos.
- ¡¿PERO ERES RACISTA O QUÉ?!
- Sí
- Jijiji

- ¿ALGO MÁS?

He sentido como se me hinchaba el tema.

- Dame un poco de ese perejil que guardas para los buenos clientes
- ¿Y tú eres un buen cliente?
- Sabes que lo soy
- Jijiji

- Que pases buena noche, Kufistooo

Y dos minutos más tarde estaba abriendo la puerta de mi casa con sus tetazas en mi cabeza.


Pensé en echarme una copa. Bebí dos tragos y la tiré. Volví a salir y volví a volver. Estaba vez no tiré nada.


Y salí para pillar más y escribir algo.





viernes, 28 de abril de 2017

LAS GAFAS EN EL CRISTAL




Llegó poco después de abrir el bar, justo cuando se iba el ciego. Le sujetó la puerta, "salga, salga", y pasó adentro. Nos dimos los buenos días y le puse una copa de anís. Estábamos solos y no tardamos mucho en iniciar una conversación a cuenta de la decadencia del anís. Enseguida me di cuenta de que era un tipo duro. No conozco a ningún bebedor de anís que no lo sea. Me habló de los licores caseros de su tierra, Cantabria, y me enseñó algunas fotos de las montañas de su pueblo que guardaba en su viejo teléfono. Eran preciosas, tan contundentes como una copa de anís a las ocho de la mañana. Me fijé en sus manos, sin ser pequeñas no tanto como para esos enormes y curtidos dedos pelados de uñas. La cabeza mediana, avellanada; el pelo escaso, negro y recio; la oscurecida piel como estirada sobre la calavera, como tensa, de hombre de pocos techos fluorescentes. Hablaba mucho y rápido, pero se le entendía perfectamente, sin cansancio. Estaba contándome sus innumerables problemas de salud cuando llegó el loco por su café con leche y dos porras de todos los días desde que cerraron el bar de al lado hace dos o tres semanas. Ya había estado antes, cuando acababa de abrir y todavía estaba colocando el mobiliario mientras bromeaba con el ciego que hoy también había llegado antes que yo. "Ah, bueno, ahora vengo, entonces..." dijo saliendo disparado sin esperar respuesta. Ahora ya estaba todo en su sitio y pidió lo suyo, devorándolo. Fue a pagar y se le cayeron algunas monedas sin que pareciera darse cuenta. El tipo duro se lo advirtió y él las recogió obedientemente. Me despedí de él llamándole por su nombre, tal y como ayer le preguntara el suyo después de que él no me lo dijera tras haberle dicho el mío contestando a su pregunta. "Carlos" dijo sorprendido, como si eso no hubiera sido necesario. Volvimos a quedarnos solos el tipo duro y yo y entre risas continuó contándome sus gravísimos problemas de salud haciendo alguna que otra pausa para salir a fumar a la calle. Y después se fue a la revisión concertada para uno de ellos.

Tardó poco en volver. Los análisis habían salido bien. Le habían dicho lo que dicen siempre, ya tengas lo que tengas: que no bebas, ni fumes, ni comas grasas. Y él me lo contaba a mi riéndose, sujetando su cerveza y picando distraídamente las cuatro patatas al alioli que le había puesto de pincho. Aún hubo tiempo para que me explicara como pescar truchas, como pegarles una buena corrida de hostias en comunidad a los turistas que van a Cantabria para acampar donde no se debe acampar y algunas otras buenas cosas más. Y después, sin que ninguno hubiéramos tenido interés por el nombre del otro, tuvo que irse para coger el tren hasta su cercano pueblo, que bien seguro no es el suyo.

A eso del mediodía, poco antes de mi breve relevo, justo cuando había acabado de cambiar el escenario de los desayunos por el de los pinchos, llegó una pareja de viejos que suelen venir por el bar cuando a la mujer le toca la revisión. Él es un tipo monótono, simplón, con aspecto de llevar el radar social activado a todo lo que dé. Uno de su mismo pueblo, un colega de profesión ya prejubilado a la fuerza por el mercado-galera, uno que siendo bueno es un chiste en sí mismo, me dijo una vez que se encontraron en mi bar, ya cuando la pareja se había ido, que ese viejo era "un cabrón hijo de la gran puta" No pude dejar de reírme al oírlo, tan acostumbrado como estaba a su educadísima ecuanimidad camareril, que eso es muy de nosotros, al menos de aquellos a los que de pequeños nos enseñaron eso de "ver, oír y callar", o ya no digo de quienes son padres de adolescentes y no les queda otra que lazarillear, aunque en lugar del hambre sean esclavos de sus hijos.

- De verdad, Kufisto, no le he dicho nada porque estamos en tu casa...¡Pero menudo cabrón! ¡Y ahora me ve aquí y como si fuéramos amigos! Pero qué hijo de puta...No le he soltado dos hostias...Perdóname, perdóname...

El caso ha sido que aquel se pasó a mear. Y entonces, mientras andaba aclarando unos vasos antes de dejarlos en el cajetín del lavavajillas, levanté la mirada y vi como su mujer me miraba sonriendo, los labios bien rojos, mientras echaba un traguito del zumito de naranja que le había exprimido en el exprimidor que acababa de limpiar y guardar. Y se me puso morcillona.

El marido salió, pagó, dignamente me dejó la propineja que suele dejar y se fueron.

- Hasta luego, Kufisto -dijo ella haciéndose la remolona, ya con el otro fuera
- Hasta luego, guapa -dije yo.

Llegué a casa y me di una rápida ducha. Fui al moro, cogí lo mío y me vendió algo que guardaba para otro. De paso paré en el chino y enganché la botella de vinagre con la que en mi paranoia alimentaria desinfecto las verduras que como a diario. "Homble loco -pensará-, sólo compla vinagle" Ya en el bar las cañas no se dieron mal. Y a eso de las tres, viendo el inicio de "Scary Movie 3", devoré sobre la última mesa del salón un buen y salutífero bol, tan grande que pude ver sin mirarlas las caras de estupefacción de la parejita que todavía no se había ido.

Luego, poco. El ciego volvió otra vez y no tenía muchas ganas de cachondeo. Se fue y vino el otro de todas las tardes, que no es ciego y con quien sin embargo me entiendo mucho menos. Más tarde, nadie. Y salí de la barra para sentarme frente al ventanal.


Las nubes lo tapaban todo. El viento meneaba lo que podía menear. Unos coches iban para arriba y otros para abajo. Algunos transeúntes con paraguas y otros sin ellos. Unos andando abrigados y otros corriendo en pantalones cortos. Poco a poco cayeron algunas gotas de lluvia sobre mi cristalera, como errores de un bolígrafo de uno a quien alguien no hiciera más que darle golpes en el codo.


Pensé en echarme una copa.


Pero decidí que lo mejor era esperar a cuando llegara a casa.











miércoles, 26 de abril de 2017

SEÑALES

El día se va yendo con otra amenaza fantasma, gracias a la vitamina C. Bueno, puede que se hubiese ido igual sin ella, eso ya no lo sabré y ya no recuerdo bien si alguna vez lo supe; son tantos los bálsamos que buscan quienes no nacieron de pie que uno no sabe si alguna vez valieron para algo o si lo hicieron un tanto fue porque creyeron en ellos durante algún tiempo.

Ayer salí en camiseta a andar y en mitad del camino sentí un poco de frío. Hasta ese momento había sido un paseo estimulante, fortificador, pero bastó poco (nada para muchos y demasiado para muchos más) para hacerme dudar si sería conveniente seguir o volverme a casa por el camino más corto. A punto estaba de tomar este, cuando un camión esperó a que cruzara el paso de cebra que tenía delante, impidiéndome cambiar de dirección. Hubiese bastado con esperar y dejarle pasar a él, pero quien ve señales hasta en los desiertos es alguien muy dado a respetarlas, como si tu camino fuera cosa de accidentes más que de ninguna otra. Seguí adelante. Más tarde, ya cerca de la recta final y sin obstáculo que lo impidiera, acorté el trayecto por una de sus salidas de emergencia.

Dormí bien, o eso pensé al despertar, por primera vez en un par de semanas, aunque pronto me di cuenta de que estaba como resfriado. El buen sueño sólo había sido eso, un sueño. Cogí mis cosas, llené una botella de agua con una buena cucharada de vitaminas y me fui para el bar cuando todavía era más de noche que de costumbre.

El primero en llegar fue ese pobre viejo que viene cuando tiene que traer a su mujer al médico. Hoy no venía solo. Le acompañaba un mostrenco de unos 40 años de aspecto muy descuidado que enseguida supe era su hijo tras las explicaciones que me diera la última vez que estuvo por aquí, cuando casi se fue borracho a las 9 de la mañana después de cinco o seis copas de licor de hierbas. El buen hombre no dejó de contarme su historia entre trago y trago. Un hombre normal no necesita mil mañanas para contarla. Se casó a sangre y fuego con una de su clase y penando mucho tuvieron y criaron cinco o seis hijos. La mujer llevaba no sé cuantos años enferma y ahora le habían diagnosticado un tumor en la mama que no le había impedido seguir fumando como una carretera. Él se había quitado hacía veinte años pero no había podido convencerla, se ponía echa una furia, dejaba de ser ella para transformarse en una especie de demonio contra el que no se podía hacer más que acatar sus órdenes. Y así, de esta manera, sin exorcista alguno a mano ni santo o virgen lo suficientemente potente, no le quedaban más cojones que seguir comprándole tabaco a la mujer de su vida que desde hacía tanto tiempo no era más que piel, huesos y todos aquellos recuerdos. También me contó que uno de sus hijos, sin duda el de hoy, todavía vivía con ellos sin hacer otra cosa que fumar y vaguear por la casa. Al final, puede que un poco antes, se me echó a llorar. Y después, ya liberado por su hija en la guardia de la enferma, se fue para irse en el coche a su pueblo a descansar. Hoy sólo se ha tomado una. Hoy la operaban. Pero, ¿de qué sirven los cuidados de los otros cuando uno no sabe cuidarse? ¿de qué vale cuidarse cuando quien quieres no quiere cuidarse? Hoy lo he visto más triste que nunca. Ha sido como si ya no supiera qué querer. El límite de la gente llega cuando ya no pueden mirar atrás de tanto como les duele el cuello.

El chaval que vino después ya venía por aquí incluso antes de que yo estuviera. Por aquel entonces eran una cuadrilla enorme de chicos y chicas de apenas 20 años que estaban juntos y revueltos, todavía buscándose los unos a las otros, aunque ya bastante enfilados, pues todos ellos eran lo que sin ninguna duda podemos decir buenos chicos, salvo uno que en el pecado llevó, llevará, la penitencia. Pasaron los años y hubo alguna pareja rota, no muchas más, y vinieron los casamientos y los niños, que ya se sabe que eso es lo normal entre la gente normal. Con la nueva situación, como es lógico, dejaron de visitarnos tan a menudo, pero de vez en cuando siguen encontrando un hueco para salir y tomar algo, si ya no todos juntos sí casi todos, cosa admirable para alguien como yo, tan acostumbrado a la amistad de bar que apenas recuerdo si alguna vez hubo alguna fuera de allí.

Me ha extrañado verle y se lo he dicho.

- ¿Como tú por aquí a estas horas?
- De hospitales...

Enseguida he pensado en sus padres o algo así. No me había dado tiempo a mirarle bien.

-...mi mujer...La han operado de un tumor en el útero...Se lo han quitado entero para mayor seguridad...Tuvo unas molestias, un dolorcillo, y le encontraron un quiste hace un mes, lo analizaron y vieron que era maligno, así que en una semana ha ido todo para adelante...Seis horas de operación y otras seis de post operatorio...

Me miraba sin parpadear, muy serio, con los ojos bien abiertos. Yo apenas lo reconocía. Él sabía que nosotros acabamos de enterrar a nuestro padre por una historia de esas.

- ¿De qué era el de tu padre? -me ha preguntado
- De pulmón. Luego tuvo metástasis al riñón y ese fue el que se lo llevó...Bueno, al menos habéis tenido hijos antes -dije sabiendo que es padre aunque no de cuantos.
- ¡No, no...eso es igual! Lo importante es ella...lo importante es ella...Que se ponga bien y ya está.
- ¿Cuantos años tiene?
- Treinta y seis...
- Es joven y fuerte, se recuperará.
- Sí, claro...
- Mi padre me lo decía cuando iba a la quimio y todo eso...La cantidad de gente. Y cada vez más joven...
- Sí...
- Para estas cosas lo mejor es la operación, extirparlo, así se evita lo otro...
- Claro, claro...Por eso han dicho de que lo mejor era quitar todo el útero, para no tener sustos después...
- Claro, claro...

A mediodía fui a hacer unos recados y aproveché para descansar un rato en casa. Tumbado en el sofá sentí como si aquella amenaza fantasma fuera siendo más real. La combatí con una buena ducha y otra botella de vitamina C para el camino que todavía faltaba. Y como por arte de magia, al rato, desapareció. ¿La ducha? ¿la vitamina? ¿todo lo demás?

Por la tarde, ya después de comer y de dar sus cuatro cafés, rodeado por los fantasmas de siempre, me senté ante el ventanal para ver lo que pasaba. Y fue como ver una película de Ingmar Bergman en un cine vacío de Suecia.

Un pajarillo hacía por levantar su vuelo tirado en la calzada. Salí y vi que tenía un ala rota. Luchando por su vida, revolcándose como podía, agitando nerviosamente su única ala buena, hacía lo imposible para seguir adelante. Lo cogí y con cuidado lo puse sobre la mediana, en la hierba, junto a un árbol. Allí habrá muerto mejor.


La tarde, tan gris y plomiza como cuentan en los libros que otros escribieron, me esperaba también a mi cuando salí del trabajo.


Y no había hecho más que empezar a andarla, esta vez bien abrigado, cuando regresé y me puse a escribir.


Demasiadas señales para quienes nacimos de culo.

domingo, 23 de abril de 2017

UN HOMBRE ACABADO

Ayer por la tarde, de camino a casa después de terminar mi turno en el bar, lanzado a escribir la historia y ya medio pedo, vi a su sobrino en compañía de dos elementos, dos tirados de la calle que pasan los días bebiendo en la plaza del pueblo del dinero que sacan limosneando por ahí. El chico iba medio sujetando a uno de estos, al que iba en el medio, que era como si llevara una borrachera de espanto y no pudiese ni caminar. Me chocó, pero ya no me sorprendió como cuando lo viera por primera vez el otro día en el lugar de concentración de todos esos. Y no es que yo esperara algo bueno de él, no: desde que le conocí supe que o mucho cambiaba o sólo podría acabar mal. A su tío, el protagonista de esta historia, le llevaban los demonios cada vez que lo veía entrar al bar para sacarle algo de dinero a su tía. Ya entonces, con apenas 15 o 16 años, había dejado de estudiar y no quería trabajar. Y visto lo visto, sigue en el mismo plan. Hay gente que se acostumbra a vivir así desde el principio y ya no puede hacerlo de otra manera. Pegando sablazos, viviendo del cuento, trapicheando lo que sea, con unos y con otros, pero ya hecho un desgraciao para siempre. Metí primera y dejé atrás el paso de cebra por el que acababan de cruzar, pensando en quien tuviera la desdicha de tener que aguantarlos aunque sólo fuera un rato.

Esta mañana desperté realmente malo, enfermo después del atracón de whisky, tabaco y pizza, cosas todas que evito porque me sientan mal y sin embargo vuelvo a ellas; mejor dicho, a las dos primeras, porque lo de la pizza de anoche sí que fue algo inaudito de verdad. Pero estaba tan borracho que algo había que comer para seguir bebiendo. Y no se me ocurrió nada mejor que lo peor. Con todo, aún con el tremendo malestar que tenía, me he comido un trocito al ir a la cocina. Y ya tan malo como podía estarlo he decidido que lo mejor era una buena ducha si quería empezar a funcionar. Yo el único milagro que conozco es este, el de la ducha: por muy mal que estés, cansado o enfermo, resacoso o triste, date una buena ducha y todo irá a mejor.

Ya en el bar no me ha dado tiempo a nada. Hoy iba con la hora más que justa y no podía ni confiar en que Jose "el de los catorce" hiciera acto de aparición con su bicicletilla para echarme una mano con el mobiliario y colocarme la terraza a cambio de un paquete de tabaco. Todo he tenido que hacerlo yo y todo lo he ido haciendo con la extraña concentración que caracteriza a quien se fustiga a sí mismo por sus errores pidiendo una ración extra de mierda. Y en esas andaba, liado de acá para allá, cuando ha llegado el actor principal del día de hoy.

Yo sabía que estaba jodido, pero no tanto. Nada más verme se me ha echado encima para darme el pésame por la muerte de mi padre. Entre sollozos, lágrimas, me ha dicho una y otra vez que no se enteró hasta hace unos días, que mi padre era un gran hombre, "uno de los de antes" y que esta puta vida era una puta mierda y que siempre se iban los mejores y todo eso. Poco a poco, con cierta delicadeza, he podido desembarazarme de él y ya un tanto más tranquilo cada uno ha seguido su marcha, yo trabajando en lo mío y él en lo suyo bebiendo cerveza: eran las once y media de la mañana y yo tenía la sensación de que no era la primera que se tomaba. De vez en cuando lo miraba desde la cocina y no hacía más que certificar que de verdad ese tío estaba bien jodido.

Tendrá unos cincuenta y pocos años. Su mujer se separó de él hará cosa de un par, hundiéndole en una depresión de caballo que lo tiene medicado, según me ha dicho luego. Tiene una hija que muy pronto será mayor de edad y que ha decidido irse a vivir con él porque desde la separación no aguanta a la madre, que ha rehecho su vida con otro tío. En fin, y para no cansar: el divorcio fue de los que se dicen traumáticos, dejándolo a él más acabado que la Falange.

Resulta tremendo ver llorar a un tío mayor que tú. Tremendo, casi que doloroso. Y no es que hayamos tenido una relación de amistad o parecido, no...Era un cliente habitual desde hace muchos años y charlábamos un poco de rocanrol, fútbol y poco más. Su mujer tenía un buen cuerpo, se cuidaba bastante, y seguramente fuera una más que buena folladora. Era simpática pero falsa, eso se notaba a la legua. Siempre parecía estar flirteando contigo, hablando como con segundas intenciones, permanentemente sonriente...No recuerdo verla seria nada más que ya muy al final de su relación, cuando tuve que asistir a algunos buenos encontronazos del par de dos. Por cierto que era ella la que trabajaba y llevaba el dinero a casa; el se quedó en el paro unos años atrás y no había vuelto a trabajar sino muy esporádicamente. Yo, todos, suponíamos que debía darle bien lo suyo a semejante jaca, porque sino no se explicaba: sabido es por todos que estando bien descansado es como mejor se folla.

El dolor ajeno es algo que visto en primera persona no se lo desearías ni a tu peor enemigo. Yo recuerdo haber pensado alguna que este tío era medio tonto, que era increíble, injusto, que alguien así pudiera llevar la vida que llevaba: sin trabajar, follándose a una buena hembra y siendo padre de una adorable criatura. No es que me cayera mal, tampoco bien, pero yo me veía a mi (por entonces un poco menos hundido de lo que ahora lo está él) y se me llevaban los demonios. Hoy, al acordarme de esto, no he sentido ningún placer en ver como ha cambiado su cuento. Ninguno. Y esto es una buena lección.

Cuando alguien está en ese estado en tu bar uno no sabe lo que hacer. No puedes echarlo porque lo conoces; no puedes ignorarlo porque puedes herirle; no puedes ayudarle porque estás trabajando; no puedes decirle que no le pones de beber porque se enfadará; no puedes...A veces ser camarero es algo tan difícil como desactivar bombas a contrarreloj.

Hemos tenido una buena mañana. El furibundo viento de estos días se ha aplacado y la gente se ha animado a salir a tomar el aperitivo. La mayoría de mis clientes se han quedado en la terraza, claro, con lo que la lamentable figura de este hombre destrozado no ha hecho más mella que en mis deseos de que se fuera, pues uno nunca sabe en tales circunstancias. Y así han pasado las horas hasta que a las cuatro y media, por fin, se ha ido después de siete u ocho cervezas, nada de comer y algunas confesiones una vez acabado el jaleo en el bar acerca de donde venía, a quien había casi pegado, la cantidad de pastillas que debe tomarse al día y los efectos que le causa el no hacerlo y un persistente deseo de morirse, cosa que hará una vez su hija cumpla los 18 años de edad.

- Deberías irte a descansar un rato antes del fútbol, Ángel, que sino vas a llegar reventado para verlo,..

Una cerveza más y media hora después se ha dado cuenta de que yo tenía razón.

Ha salido a la calle, ha cogido su coche y se ha marchado.


Viendo lo que es el mal sabes que desearlo, aunque sea en un momento de debilidad, es una bajeza.


Eso es lo que es.


Y si no podemos ser buenos, al menos no queramos ser malos.


Aunque de hijoputas esté el mundo lleno.

sábado, 22 de abril de 2017

DENTRO DE ALGÚN TIEMPO

- ¿Qué te pasa? -me preguntó mi tío desde su eterno taburete junto al frigorífico congelador.
- Ná, que estoy resfriao -respondí mientras me hacía el café de entrada al bar.

Echó una buena calada a su Marlboro y dijo con toda aquella pachorra que siempre le caracterizó:

- Para eso lo mejor es un DYC con cocacola y una aspirina.

Y eso hice. Y después tiré toda aquella tarde de verano, con sus treinta mesas de terraza y sus ciento veinte sillas, sus "chico" por aquí y "chico" por allá, sus montados de lomo medio hechos (pero no crudos) con tomate restregao (no en rodajas) y sus claras muy claras, pero tampoco mucho; sus agónicos vasos de agua y sus calamares bien pasaos, abrasaos, que ya no había dientes para morderlos; sus fantas de naranja del tiempo que siempre estaban abajo de las torres de cajas o sus cafés nunca demasiado calientes, tanto que apenas podías dar crédito a que quien lo sorbía no hubiera emergido del mismo infierno; sus "no me gusta esa tapa, ponme otra", como si fueran de pago, como si no fuera lo que era, un detalle de la casa, de gratis, que aún hoy, veinte años después, siguen sin cobrarse para escándalo de cocineros majaretas que jamás han sabido lo que es hacer el cabrón en la jungla, porque eso ha sido siempre lo que esto es, la jungla, la puta jungla sin río que la remonte ni comprensivo coronel que te espere para bendecirte, sin más premio que tu puto catre en tu puta casa, la de mis padres por aquel entonces...Luego recogíamos, cenábamos bien, echábamos un pito y yo me iba a tomar algo más por ahí con la gente que me iba encontrando, gente como yo, gente que salía de sus bares para ir a otros donde beber y tranquilizarse un poco para poder dormir. Estábamos ahí, bebiendo, hablando de Tritemio, mirando nuestras copas, las tetas de la camarera del jefe, y al final nos íbamos bien ciegos en nuestros respectivos coches hasta nuestros respectivos colchones.

- ¿Como es que tienes abierto el ventanal de la cocina? -le dije anoche a mi madre. Es un pedazo de puerta corredera acristalada que tendrá unos seis metros cuadrados
- Para ventilar...
-  ¿Para ventilar qué? ¿Pero lo cerrarás ahora, no?

Ya no recuerdo lo que dijo, pero ayer me tocaba hacer la guardia en su casa por la reciente muerte de nuestro padre y tuve que volver a dormir en la camita donde dormía hace 30 años. Ya no hay literas, pero no deja de recordarme aquellas inocentes noches de "¿habéis rezao el padrenuestro?" y sus síes correspondientes mientras guerreábamos hasta quedarnos exhaustos.

Llevo un par de semanas largas que no consigo estar bien; por unas cosas u otras siempre hay algo que lo impide, ya sea el colchón viejo, el suplente, la bici de los cojones, el saco de boxeo, el pedo necesario para escribir o la complicada conjunción de Saturno con Urano, siempre tan jodida, pero el caso es que no arranco. Pero esta mañana, cuando he despertado a mi hora sin que hoy, sábado, todavía lo fuera, he sentido un frío que no era normal. Me he levantado a mear con la alegría de dos horas de bonus cuando al volver a la habitación, por curiosidad, he ido a la cocina a ver como estaba el ventanal de la cocina: abierto de par en par. Con dos cojones. Cuatro, cinco grados, entrando a saco, a todo lo que daban en estos días de insufrible viento, durante ocho horas.

Y ya no he podido más que darme por jodido media hora después.

- Será que no te dije que cerraras el ventanal -le he dicho antes de darle el beso de despedida. Ya estaba con la radio puesta.
- ¿Qué puerta? -ha dicho desde su valiumnuestro.
- La de la cocina.
- Anda yá. Si eso es para ventilar.
- Para ventilar qué, joder.

A mi casa. Una buena cucharada de vitamina C en un litro de agua, tal y como dijo el señor Pauling, dos veces premio Nobel, el único de la historia y tal...

Lo tengo controlado desde el último bote. Son de 250 gramos y fui echando palillos a un plato cada día para saber cuanto me metía: unos diez gramos. No sé lo que es resfriarse en serio desde hace dos años, salvo una vez que no me quedaron más cojones por un enorme descuido mío. Han habido días que me he levantado regular y ha sigo tirar de eso y olvidarme a la tarde. Pero hoy no. Y eso contando con otros cinco gramos que me habré bebido de la segunda botella hasta que ya he decidido hacerle caso a aquel consejo de mi tío pero sin la aspirina, que en gloria esté aún siendo tan bribón como fue.


Y el día se va entre tintineantes bengalas que ya no sé si son de las mías o de las de otros.


Tan grandes, tan enormes, que dan para desear cada vez más aquella posibilidad de esa isla que  Houellebecq nos enseñara hace algún tiempo.





miércoles, 19 de abril de 2017

BESTIA DE CARGA

Había pasado otra desesperante mañana de ruina y hastío vital en el maldito bar cuando entraron el travelo y su chulo, un rumanoide de tamaño medio para sus parámetros. Yo estaba acabando de darle fondo a la ensalada que durante media hora larga había estado manipulando para comerla junto a mi hermano, cuando al salir de la cocina con el trapo que hace de mantel sobre la barra me encontré al par de dos justo al lado de nuestro sitio, como si no hubiera habido barra o salón de sobra donde ponerse, pero ya se sabe que los extremos se tocan aunque exista un vacío interestelar entre ellos. Y no para bien, al contrario que nos han ido enseñando. Después de todo, yo no he sido un imán ni cuando fui joven: "que corra el aire" Y mejor cuanto más corra.

No me cagué en Dios porque eso es cosa de chicos y de hombres de poco seso, aunque ya creas lo mismo en él que en un telediario. De todas formas no lo dudé ni un momento, como diría la tía de ese chisme que hace el vacío en las bolsas donde guardar los alimentos sobrantes para conservarlos frescos en uno de los promocionales de EHS que, religiosamente, pongo en la tele desde que abro a las siete y media hasta que empiezo a poner música a eso de las once, cuando ya dan paso al fútbol o a una especie de Días de cine que es oírlo y alterárseme los nervios. Una vez pasó uno, un tío con pintas de borracho desocupado de bar de al lado que había tenido que cerrar, y mientras trasegaba su reglamentaria copa de anís mirando los fantasmas que había en derredor me dijo que si podía poner otra cosa.

- No

Tardó cero coma en irse y no volver más.

Otras veces, en otras circunstancias, con otros clientes, no tengo ningún problema en coger mi hato e irme al otro extremo de la barra. Pero esta no iba a ser una de ellas. Extendí el puto paño en mi sitio, pasé a la cocina, cogí el perol y lo estampé contra la barra.

- ¡A comer! -le voceé a mi hermano. Y, obediente como suele serlo con su hermano mayor siendo él el pequeño, se sentó a mi lado cuando oyó el tono en que lo decía.

El rumano, a un codo de distancia mía, se entretenía silencioso con su móvil; el otro, la otra, no paraba de hablar gilipolleces por el suyo como si alguna cámara de Telecinco andara cerca. Yo empecé a tirarle a saco a la comida como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida, que, básicamente, era lo que había estado haciendo en el continuo del espacio-tiempo de mi memoria en ese momento. En estas estaba, tragando como un sentenciado a muerte dentro de 40 años, cuando el rumano preguntó si dábamos comidas.

- No

Bueno, técnicamente no damos comidas pero hay tapas con las que los clientes adecuados pueden comer si yo quiero.

No dijo nada y siguió a lo suyo. La otra, el otro, seguía a su marcha como si no estuviera allí, como si mi bar fuera su bar, como si mi bar fuera el bar de otro, como si mi bar fuera un condón de un mediado paquete de condones, como si mi bar fuera una llamada oculta.

Se fueron. Terminamos de comer entre las inocentes risas de mi hermano. Luego se fue él también y ya me quedé yo solo. Y empezó a correr el aire.

Salí afuera. El viento soplaba como tuvo que soplar aquella vez que tiró aquel muro que mató a un primito mío cuando él y y yo eramos chicos. Pasé adentro y saqué un paquete de tabaco. Me serví una cerveza y me hice un pito. A veces hay que hacerlo aunque ya no lo hagas. O ya no como antes.

Y entonces vi la llamada de anoche, cuando demasiado reventado para dormir en la cama suplente tuve que levantarme y ver la segunda parte del partido del Madrid, "hola, don Kufisto, somos del banco..." Una mujer. Mi cuenta. Números rojos. Recargo bestial por un miserable descubierto. "No tenéis vergüenza. Adiós, buenas noches" Gol de Cristiano. Mi esperanza por un cigarrillo, como si no supiera lo que viene después...

Expulsión del bravo Vidal y prórroga. Fin. Game over. Como aquella vez con el Atleti. Como aquellas veces con el Atleti, Es el Madrid. El Madrid nunca pierde. El Madrid gana hasta cuando pierde.

Me fui a la cama cuando marcaron el tercero. Ya había que ver lo mismo que aquella vez en Lisboa, cuando mi padre
 me llamó después del gol de Sergio Ramos. "¿Lo estás viendo?", "¡sí, joder, lo estoy viendo, me cago en la puta...!" Él del Bilbao, yo de la Real, pero también del Atleti, del Bayern, del Barcelona, de Coldplay  antes que del Real Madrid de Florentino...Era la una y media cuando dejé de mirar el suicida enroque de Fischer frente a Gligoric en la ronda final de Portoroz.


Todavía no había alcanzado a fumar la mitad del cigarrillo cuando han llegado dos chicas, dos clientas, dos mozas viejas como yo. Ayer por la tarde me las topé mientras andaba cerca de Urgencias. Yo iba escuchando a Bach, mirando a uno que nerviosamente estaba hablando por teléfono con un cigarrillo en la mano. Justo al cruzarnos me di cuenta de que bajo sus gorras y gafas eran ellas las que venían de frente. Quizá me saludaron, puede que no, pero yo seguí adelante con la duda. Y hoy, cuando las he visto pasar, se lo he dicho. Y sí, eran ellas.

Dar explicaciones es perder dos tiempos; y si en el ajedrez es dramático perder uno con según quien, en la vida se pierden mil si hacen falta cuando uno es de la Real y el otro no es del Madrid. Y estas buenas muchachas no lo podrían ser aunque quisieran.

- Kufisto, te doy el pésame por tu padre...Me enteré el otro día...
- ¿Eráis vosotras las de ayer, no?
- Sí

Y hemos hablado un rato de los cánceres que han matado a quienes nos dieron la vida.

Siempre viene bien hablar con alguien que no nació del Real Madrid.


















sábado, 15 de abril de 2017

LA CARA MALA DEL COLCHÓN

El viejo llegó y me dijo que quería un café con leche. Dejé de mirar el panorama y pasamos para adentro. Me preguntó por el resultado del Madrid y le dije que no lo sabía. Miró la tele y vio que el fútbol era el de unos chiquillos que en silencio estaban echando por Gol Televisión. Enseguida me explicó todo el desarrollo del torneo. Luego me dijo que había hecho la mili con un tío mío, tal y como hizo la penúltima vez hará unos meses.

- Tendrá 75 años -ha dicho
- Tendría -he respondido

O no me ha oído o no ha entendido mi indirecta. Siempre me pasa cuando hablo como si estuviera escribiendo. Además que ya le dije que había muerto tal y como le he dicho las otras veces. Ha empezado a contarme algunas historias ya contadas y yo he vuelto a acordarme del maldito colchón que me tiene destrozado desde que desperté a eso de las seis. Poco después llegó gente joven, puse algunas copas y el viejo decidió irse sin despedirse, o yo no lo oí. Los chicos hablaban del partido. El Madrid había vuelto a ganar en el último suspiro. Se salieron con sus copas para sentarse en la terraza donde sus chicas les esperaban y yo volví a la puerta. Y allí continué mirando el panorama de mis últimos minutos por hoy en el bar.

Sábado de Gloria. Ayer me topé con los aledaños de una procesión mientras terminaba mi paseo y fue como ver la promo de un episodio de Cuéntame como pasó. Cené un plato de potaje en casa de mi madre y con la última cucharada me fui para mi casa. Al rato me llamó para decirme que había estado viendo la procesión con mis tíos. Y ya en la cama, reventado, ni me dio tiempo a abrir el libro de Fischer, siquiera el de los mormones que me regalaron el otro día y que tanto me aburriera a las dos páginas.

Hoy estoy más cansado que ayer. Hoy necesito el respiro de unos tragos y unos cuantos cigarrillos. Escribir algo, leer alguna buena partida de Bobby y dormir en la otra cara del colchón.

Esta mañana se le cayó la caja de aguacates a la chica de la frutería. Le ayudé a recogerla. Me gustaría verla sin el disfraz de la empresa. No tiene que estar mal. Supongo que a ella también le gustaría verme sin cara de estar desentrañando una película de Terrence Malick. A veces me veo escogiendo los limones como si alguno llevara dentro el aleph.

El monedero de la máquina del tabaco iba tan mal que he tenido que llamar al dueño para decirle que o me lo cambiaba o no vendía más tabaco. Han tardado unos minutos en venir y segundos en solucionarlo; tan pocos que me ha parecido algo casi mágico. Estar dos días como estos haciendo de estanqueros es algo que podría hacerle perder los nervios a un eurodiputado.

Un tipo que no cabía en el asiento de su coche no hacía más que ir arriba y abajo de la avenida a no más de diez kilómetros por hora por el carril rápido. ¿Qué clase de tío es capaz de hacer eso? Joder, parecía una puta célula maligna deseando que otras se estamparan a ella.

Un chaval que nunca me habla más allá de para pedirme sus consumiciones me dijo ayer que tenía problemas cuando se pasaba con el alcohol. Estaba con su chica, con la familia y los amigos, todos ya medio borrachos. Me dijo que una vez se puso tan ciego que mi hermano tuvo que llevarlo a casa en su coche.

- Mi padre estaba en el hospital y yo...
- Ya, te entiendo -le dije

Hay gente que por alguna razón ves que quieren conocerte, que te miran como si tú supieras más que ellos, que esa fama que arrastras debe ser por algún motivo, que quizás tú tengas algunas respuestas al porqué ellos también empiezan a preguntarse cosas ahora que ya van dejando atrás la brutal juventud...Y tú, que prácticamente has sido y eres como el Hagen wagneriano, ves que ese es un mal lugar y momento para hablarles de la cueva de Montesinos, y que seguramente tampoco los haya fuera de allí, pues más sabe el viejo por diablo que por viejo, y que cuando el alcohol se va el interés salta por el vomitorio, y que la piedra que arrastra el agua sólo sabe que es una piedra cuando la escupen a la orilla.


- ¿Pero vosotros teníais un bar en otro sitio, no? -me preguntó el viejo
- Sí -le respondí tal y como había hecho la penúltima vez hará unos meses-, pero nos fuimos de allí hace veinte años.
- Claro...Yo conozco a tu padre -volvió a decirme como tantas otras veces.


Y por primera vez no le he dicho que ha muerto.


Fischer-Stein, Sousse 1967, Apertura Española, partida 60 de Mis 60 memorables partidas


Y a ver qué tal en la otra cara del colchón.






jueves, 13 de abril de 2017

EL LIBRO DEL MORMÓN

La verdad es que estaba siendo un paseo bastante extraño.

No es que hubiese ido viendo dragones ni nada de eso, no...Era la misma gente de siempre, o casi, pero yo los veía de otra forma, más profundamente, como si realmente fuesen reales, otros diferentes a mi, personas en tránsito por este mundo haciendo las cosas que se supone deben de hacerse: emparejarse, tener hijos, pasear con ellos por los calles en un día de fiesta, quizá alguna pareja amiga con los suyos, hablar de cosas intrascendentes, ver telediarios y todo eso.

Tanto estaba siendo la cosa que me he olvidado de lo que iba escuchando por los auriculares. Billie Holiday. Normalmente la salto, me trae recuerdos muy amargos, pero esta tarde la he dejado estar. Su voz es tan triste, tan dulcemente triste, que sólo la he escuchado cuando peor estuve. 

Iba oyendo una de sus interpretaciones cuando a lo lejos he visto como se acercaban un par de chavales de esos que van vestidos como Michael Douglas en Un día de furia, siempre me lo recuerdan, aparte de la chapita negra con su nombre que llevan colgada en la pechera izquierda. Nada más verlos, no sé porqué, he pensado que iban a pararse a hablar conmigo. Y así ha sido.

Me ha abordado el yanqui, un chaval que ya a primera vista parecía lo que ha sido, un buen chico: alto, rubio, muy blanco, risueño, picado de granos, puede que ni 20 años...(¿no son estos los que andan evangelizando por el mundo durante un par de años y luego hacen gratis sus carreras universitarias?). El otro era sudamericano, bajito, morenete, un tanto más reconcentrado, bastante serio, enseguida me he dado cuenta de que era el líder. Hemos empezado a hablar después de presentarnos, ya sabéis, directamente al grano: Dios esto, Dios lo otro, ¿crees en Dios?...Hasta que han llegado a su fundador, a John Smith.

- Lo conozco -he dicho- He leído cosas sobre él.

 Bueno, yo me leí hasta el diccionario.

- ¿Ah, sí? -ha preguntado un tanto sorprendido el sudamericano, como quien está harto de hablar con gente que no tiene ni idea de lo que a él le gusta hablar.
- Pues sí...Sé que es del siglo XIX.

Y ha sido decirle esto y cambiársele la cara; como si por primera vez se hubiera encontrado con alguien que sabía que su profeta no vendía zapatillas; tal que si me vienen dos al bar y uno empieza a hablar de Viktor Korchnoi junto al grifo de la cerveza donde tiro las cañas.

Hemos charlado un rato más, siempre de Dios, nada de drogas, mujeres, whiskys, rocanrol, fútbol, motos y cuantoshijosputismos. 

En fin, que se han entusiasmado. El yanqui, como despedida, me ha dado su libro.

- No, por favor, no hace falta...
- Sí, Kufisto, quédeselo, por favor...
- Bueno, está bien.

El sudamericano me ha soltado una estampita de Jesús con un teléfono detrás y un horario de reuniones y todo eso. Lo he metido dentro del libro dándole las gracias.

Ya me iba cuando el yanqui me ha vuelto a preguntar:

- ¡Kufisto!, ¿le gustan los Yankees?
- No, no sé...Yo soy más de ajedrez...De Bobby Fischer, un compatriota tuyo.


De vuelta a casa iba pensando: "Joder, Jueves Santo, La Última Cena y todo eso, y yo con el libro de los mormones andando por las calles de un pueblo manchego..." Instintivamente lo he ido portando de tal manera que sólo las paredes viesen la portada. Me he acordado de aquellas revistas porno que me metía en los huevos cuando de chaval las compraba en los kioskos para irme volando a casa.


Y ya en la de ahora lo he dejado sobre la mesa, he cogido una camisa y me he ido a la de mi madre para cenar algo. Ella está hoy de estaciones. Alguna vez, hace muchos años, siendo niño, yo también las hacía con ellos. Y me parecía hasta divertido. 


Ha pasado tanto tiempo que si no fuera por los recuerdos diría que es mentira.


Como con casi todo.


Bueno, veamos qué se cuenta el señor John Smith...