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lunes, 17 de julio de 2017

QUEDANDO COMO UN GILIPOLLAS (VOL. XXXVI)

Una hora larga esta mañana y media corta esta tarde. Ese es el tiempo que le he dedicado a un (otro) fracasado intento por ajustar las zapatas de los frenos de la rueda delantera de la bici.

Había quedado con el de la tienda para el viernes pasado. Una "potencia" (así la llaman) al manillar o adiós cuello, desafortunado compañero de mi vida y sustento de mi débil cabeza. Lo olvidé. Fui el sábado y estaba cerrado. Y esta mañana también. Allí, en la acera de enfrente, me he puesto a la sombra para terquear un rato con la Mecánica más básica, siempre cuántica para alguien como yo. A eso de las once y media, ya con las rodillas casi destrozadas, sudando como si estuviera desactivando la bomba más gorda, he cogido el dos y a duras penas, vencido y derrotado, he ido hasta la gasolinera como si estuviera escalando el Tourmalet.

¿Por qué a la gasolinera y no a mi puta casa? No lo sé.

Primero le he pasado la manguera. La bici estaba llena de barro desde la última gloriosa salida (30 kilómetros por caminos) y hasta a mi me daba vergüenza verla.

- ¿Tienes algo para sujetarla? -le he preguntado al operario. El chico ha desplegado un hierrajo que tenía delante de mis grandes narices y ha sido tan amable de colocar en él la rueda trasera. Menos mal que soy cliente y me conoce.

Segundo problemón: donde echar la moneda. No encontraba la ranura. He estado a punto de volver a llamarle, pero gracias a Dios en el último momento he encontrado el botón correcto que daba acceso al monedero. Había cuatro botones. Le he dado al primero y casi me caigo. Una voz metálica, fría, femenina, indicaba algo que no podía entender bien, tal era el estruendo del chorro a presión. Finalmente, después de tres o cuatro minutos que se me han hecho eternos por aburridos, la cosa ha llegado a su fin con el agradecimiento de la robot y el mío. Después le he dado aire a mis flojas ruedas y a punto he estado de reventar la trasera; tanto que he tenido que quitarle un poco metiendo la llavecilla del buzón en el pitorro, cosa que me ha animado algo, lo suficiente como para echarme a un lado y volverlo a intentar con las zapatas. En esta ocasión he sacado en claro una rozadura en la cara interna de la rodilla derecha. Y ya, cagándome en todo, me he ido de allí para volver a mi casa, no sin antes parar otra vez para ajustar lo que buenamente pudiera, pues aquel Tourmalet se estaba convirtiendo en el puto K-2.

Y así, casi que con calambres en las piernas, conseguí llegar a casa.

La comida no lo fue. Cuando el telediario entra por su salón mis frenos saltan por la puerta de la calle. Me tumbé en el sofá de mi casa y esperé a dormir. Tampoco. Eran las cinco de la tarde. Bajé a la cochera, al trastero. Me fijé en una mesa que allí tengo y hasta hoy no había visto. Pensé que sería bueno para mis rodillas colocar encima la bici. Casi me estrello en el intento. Es tan pequeño el espacio que diez centímetros más hubiesen echado por tierra mi luminosa idea. Quizá a otro le sobraría un metro, pero tampoco soy bueno casando figuras geométricas o distribuyendo pesos. Nada otra vez. Cero. He llamado al tío de la tienda. Ahora sí estaba, ante mi estupefacción. Le estaba explicando mi problema lo peor que podía cuando se ha cortado la comunicación. He salido a la calle para recuperar la cobertura y algo de lucidez.

- Vente para acá -ha dicho. Y al colgar he tenido la sensación de que ha acabado la frase con el "anda" reservado a los zotes.

Para allá me he ido. El infierno. El bochorno. La condenación.

Al llegar estaba hablando con uno con pinta de pijo. Me he fijado en su bici de carreras, preciosa, moderna, ligera, bien montada. Después he reparado más en él y he creído reconocerle del bar. Un médico. Él ni siquiera me ha mirado y el de la tienda me ha dicho que esperara un momento. El pijo, el médico, el doctor, el padre, el amante, el cuentas saneadas, el ciclista anecdótico hablaba y hablaba sobre sus escapadas por la sierra de Madrid, subiendo puertos con su magnífica máquina, visitando lugares maravillosos y conociendo gente entrañable y campechana. He mirado mi Orbea de montaña, mi intermitente y traicionera compañera durante los últimos diez años, y la he agarrado bien del sillín ante el temor de que se fuera con él.

- Bueno, ¿qué te pasa? -me ha dicho al final el de la tienda viendo que el otro se iba a mirar coulottes.
- El otro día pinché...Bueno, no exactamente...Pinché pero...ya en casa, en el bar, es decir, que me di cuenta al día siguiente...Un amigo estaba por allí y se ofreció a reparármelo...en fin...Que al cogerla esta mañana he visto que las zapatas rozaban.

Ha enganchado la bici con una facilidad pasmosa. Ha metido el mismo cable que me ha traído de cabeza durante todo el día por algún sitio desconocido para mi y eso ha empezado a girar como dando un grito de alivio. "La rueda está al revés" ha dicho. La ha sacado y la ha vuelto a colocar. Todo en treinta segundos.

- Ya está.
- Gracias, gracias...¿qué te debo?
- Nada
- Joder, gracias...¿Entonces me paso el viernes para lo de la potencia?
- Sí, sí...Como te he dicho antes no tenían la tuya. Es antigua y por eso va a tardar un poco más, pero puede que el jueves ya esté aquí. Ya te llamo si eso.
- Bueno, pues adiós y gracias otra vez
- De nada, de nada...


En la puerta he pensado en los comentarios post-gañán que seguramente estarían produciéndose dentro.


Pero al dar un par de pedaladas se me ha olvidado todo y he sonreído calle abajo.


A veces tener una mala cabeza es bueno para su salud.

domingo, 2 de julio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (y V)

En una de aquellas revisiones detectaron que su tumor en el pulmón se había extendido a la cadera y al riñón. Volvieron las sesiones de radio y quimio, aunque esta vez no fueron tan dramáticas como la primera. Con todo, cada día se le veía con menos fuerza. Dejó de venir al bar por el mediodía para tomarse su vinito en el bar de sus chicos. Pasó a tomárselo en casa con su cuñado y uno de mis hermanos. Pero él no perdía el ánimo.

Una mañana la oncóloga le dijo que iban a cambiar el tratamiento por otro que prácticamente estaba en vías de experimentación. Le explicó que era algo que estaba dando buenos resultados y que él iba a ser uno de los primeros en recibirlo, aunque por lo costoso primero tenía que pedir autorización. Aquel día llegó todavía más animado a casa. Mi padre, que lo fue de cinco hijos, tenía una fe ciega en los médicos. En los curas perdió la que tuviera cuando siendo niño uno le preguntó en el confesionario que si se tocaba.

- Me fui corriendo y se lo dije a mi padre. ¿Qué clase de tío le pregunta eso a una criatura?

Durante toda su vida creyó firmemente en Dios sin necesidad de pisar una iglesia. En la mesita del salón, durante toda su enfermedad, no faltaron estampitas de cristos y vírgenes que las mujeres de la familia iban dejando con sus mejores intenciones. Él creía que después de la muerte había algo, no sabía qué, pero algo...Estaba seguro de ello. La nada no tenía nada que hacer con un hombre tan lleno de vida como lo fue mi padre.

Dieron el visto bueno al nuevo tratamiento. No era tan pesado como la quimio, que tenía que estar dos o tres horas enganchado al goteo: bastaban treinta minutos para volver a casa. Y ya allí, y tal y como le dijeron, tres días de un cierto malestar general. Pero esos tres días resultaron ser todos. Y después de una semana teníamos que ingresarlo.

El segundo de aquellos ingresos fue por orinar sangre: el riñón estaba empezando a fallar. Ahí fue cuando por primera vez en mi vida vi el miedo en sus ojos. Los doctores, con la ayuda de sus ganas de vivir, consiguieron estabilizar el mal y dos semanas más tarde volvía a estar en casa. Pero no se podía dejar aquello sin tratar y cuando recuperó algo de fuerzas le dieron la tercera sesión del nuevo tratamiento, con parecidos resultados.

Era un domingo. Salí del bar y me fui a verle como todos los días. Llegué y mi madre me dijo que estaba orinando con sangre y que si nos íbamos al hospital. Él no quería y llamamos a nuestro médico de confianza, ya uno más de la familia desde hace muchos años. Nos dijo que si la cosa era muy escandalosa fuéramos a Urgencias, pero que en caso contrario él lo vería al día siguiente en su consulta y haría lo que hiciera falta, como siempre. Mi padre no dejaba de beber agua a instancias de su mujer para volver a orinar y en una de esas se levantó para ir al water. Para allá se fueron los dos ante mi atenta mirada. Entonces mi madre me llamó.

- Ven, Kufisto.

Fui y eché un rápido vistazo.

- Ya no está como antes -dijo él
- Parece que no -dijo ella mirándola y remirándola.

Y decidimos esperar al día siguiente. En la tele empezaron a poner "Todos a la cárcel" y mi padre y yo nos reímos tanto que mi madre nos miraba como si estuviésemos locos. Esa fue la última película que vimos juntos.

El lunes lo ingresaron. Al tercer o cuarto día pareció como si la orina volviera a salir clara, tanto que poco faltó para que diéramos por hecha otra increíble recuperación. Pero luego, pronto, llegó el bajón. Yo salía del bar, me iba al hospital, le daba dos besos y miraba la bolsa. Roja. Me quedaba allí diez, quince minutos, y después me iba.

- Kufisto no puede con los hospitales...-decían

Kufisto no puede con los hospitales ni cuando es su padre el que está dentro.

La segunda semana...la segunda semana ya todo fue a peor. El miércoles ya tenía muy mala cara. Se me hizo un nudo en la garganta al verle. En aquel momento sentí que mi padre no iba a salir vivo de allí.

El viernes le administraron morfina para los dolores. Nos dijeron que eso ya iba a ser cosa de cuidados paliativos y que el lunes le iban a dar el alta, ya sin más tratamientos que drogas para hacerle menos penosa la muerte. Cuando llegué a eso de las seis todavía estaba colgado del chute que le habían metido al mediodía. Su hermana, mi tía, estaba junto a él, llorando. La besé y cogí una silla. Ella intentó despabilarlo.

- Andrés, Andrés...Está aquí tu hijo, Kufisto...¡Despierta, hombre! -le decía cogiéndole del brazo que había estado acariciando.

Él abría los ojos, gruñía algo y volvía a cerrarlos. No podía, no podía...Cogí la mano de mi tía y nos quedamos mirándolo.

Llegó mi madre. Intentó despertarlo. Él nos miraba por un momento como si no nos conociera y volvía a dormirse. Finalmente llamamos a una enfermera. "Es lo normal" dijo. Le cogió por los pies, tan hinchados que daba grima verlos, y lo llamó por su nombre:

- ¡Andrés, Andrés! ¡despierta!

Y por fin, a eso de las ocho, se despertó un tanto.

- ¡Qué, coño, qué! -dijo, tan mal hablado como siempre. Y nos reímos.

Le di dos besos. Poco a poco fue recuperando algo de consciencia. Le trajeron de cenar. A duras penas lograron que se sentara a un lado de la cama. Comió algo con la ayuda de mi madre y volvió a echarse. Se habló de algo. Él bromeaba con las enfermeras, que se reían, como nosotros. A eso de las ocho y media me levanté para despedirme. Le di dos besos y le acaricié la mejilla. Y ya me iba cuando dijo:

- ¿Habéis visto que planta tiene?


Sonó el teléfono. Todavía era de noche. Mi madre.

- Kufisto
- ¿Qué? -dije por decir algo
- Que ya ha pasado lo que tenía que pasar. Vente para acá.

Me duché y me afeité. Desayuné. Cogí el coche y me fui al hospital. Estaba amaneciendo. Llegué justo cuando lo hacía uno de mis hermanos con su mujer. Subimos arriba y ya estaban todos los demás. Nadie decía nada. En silencio nos besamos y esperamos a que terminaran de arreglarlo para llevarlo al mortuorio. un enfermero lo sacó en una camilla. Una sábana lo cubría por entero. Me puse tras él y después de mi toda la familia. Bajamos una rampa y cogimos un ascensor. Dos guardias jurados nos esperaban a la entrada de la sala. Lo metieron en ella y un rato después preguntaron si queríamos verle. Mi madre, sus cinco hijos, su hermana y su cuñado pasamos para adentro. Le descubrieron y las dos mujeres se abalanzaron para abrazarle. Yo me salí. Poco después llegó el chófer de la funeraria y mi tío y yo nos fuimos con él para elegir el ataúd entre los que había en una habitación contigua. No tardamos nada en elegir uno y marchamos hacia el tanatorio. Allí hablamos con el encargado para escoger la sala y la iglesia. Nos dijeron que nos pasáramos en una hora y me fui a casa de mis padres. Allí estuvimos esperando mientras empezaban a llegar los familiares más directos. Y pasada la hora nos fuimos para allá.

Llegó la noche y por fin nos quedamos solos, velándolo. De vez en cuando alguien se levantaba, descorría la cortinilla y le daba a la luz. Y allí se quedaba un rato.

Amaneció. Uno de la funeraria dijo que pasara quien quisiera darle el último adiós. Pasaron. Y después no montamos en el autobús hacia la iglesia, una relativamente nueva.

Estaba llena cuando llegamos. Sus hijos, los cinco, nos pusimos en uno de los bancos delanteros, con mi tío. El cura dio su discurso y al final sacó las hostias. Comulgué el primero sin saber por qué. Luego me enteré que eso es pecado mortal sin haberse confesado antes. Después vinieron los pésames y allí estuvimos dando la mano, algunos abrazos y unos cuantos besos. Salimos a la calle. La mañana, todavía invernal, era tan gris y fría como se supone que es la muerte. Subimos al autobús y nos condujeron al cementerio.


Empezó a chispear en cuanto nos bajamos. Unos operarios cogieron el ataúd y lo pusieron sobre un carrillo que seguimos hasta el final. Una tía mía me cogió del brazo y de salir el primero casi que pensé que no llegaba a ver como enterraban a mi padre. Al fin llegamos y pillamos un buen sitio, aunque por detrás. Y entonces pasaron unas maromas alrededor del ataúd y lo bajaron a la tumba.


Un chico joven empezó a poner losas y cemento por encima. Primero una tanda y luego otra, hasta dejarla a ras del suelo, que llenaron con coronas de flores.


Y después nos fuimos a casa de mi madre, hice la comida, comimos y me fui para mi piso.


Me tumbé en el sofá.


Mi padre había muerto.






domingo, 25 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (IV)

- Cuando sueño -me dijo una de aquellas tardes en las que la película no daba para seguir callados- me veo bien, normal, como siempre...Luego despierto y...
- Ya
- Es duro esto, Kufisto, es duro esto...No se te va de la cabeza
- La cabeza manda -dije yo por no hacer más pesado el silencio
- Ya...pero por mucho que mande, ahora no le hacen caso
- Sí
- Como vosotros cuando eráis pequeños
- Sí
- Ay lo que nos costó a tu madre y a mi
- Sí
- Y ninguno habéis salido malos, pero joder...Cinco hijos, cinco...Cuando no eras tú, era el otro, y cuando ya no eráis ninguno de los dos, los otros tres...Qué lucha, qué lucha...
- Sí
- ¿Tú te acuerdas del tío Victoriano, el viejo aquel que estaba por el bar, el de la garrota?
- Claro que me acuerdo, como no me voy a acordar de él -dije sabiendo lo que me iba a contar
- ¿Sabes lo que me dijo una vez?
- No -le mentí
- Yo entonces estaba...Joder...el bar iba como iba y en casa pues...la cosa no iba bien. Tu madre, la pobre...La muerte de su padre, de tu abuelo, ¿te acuerdas de él?, le afectó mucho, mucho...Por no hablar de cuando se murió tu primo Rubén y todo lo que vino después, que eso fue la puntilla...Y luego vosotros siempre dando guerra, y el dinero, el puto dinero, y que si mira el otro (su socio) y mira como estamos nosotros, y tal, y esto y lo otro...
- Sí...
- En fin...la vida.
- La puta vida
- La vida, Kufisto, la vida...Bueno, pues una mañana estaba yo ahí, en el bar, y llego Victoriano y viéndome se dio cuenta de que algo no iba bien, que ya sabes tú que yo nunca he sido de esos que se vienen abajo por cualquier tontería...
- No, claro que no, papa
- Y como me vería el hombre que me preguntó qué pasaba...Y mira que nunca he sido hombre de contarle mis problemas a nadie, pero Victoriano...Joder, ese hombre era un tío de los que se vestían por los pies...Tenías que haberlo conocido cuando era joven, tan alto como era, el pelo rubio, esa chulería sana, natural, ese saber estar...El cabrón hacía lo que quería...Pero eso sí, su familia y tal que no le faltara de nada, aunque luego pasara lo que pasó...Si es que fue muy golfo el jodío...
- Ya...A mi me contó algunas buenas historias, sí...
- Jajaja...Le gustaban mucho las cartas. Y las mujeres. Se pulió mucha pasta...
- Jajaja...sí -dije yo- Me acuerdo de la historia aquella con el barco negrero, esa de después de la Guerra que estuvo a punto de hacerle millonario...El barco se hundió cerca de la costa y él se echó al mar. "¿Y los negros?" le pregunté, "¿los negros? en el barco se quedaron"
- Joder
- Qué tío
- Era otra época, otros tiempos, en fin...Cada cual sabe lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer...¿Pero sabes lo que me dijo esa mañana? Yo empecé a decirle que si esto, que si lo otro, que si el dinero, que si la mujer, que si los chicos...Él me miraba como si no entendiera nada. Y cuando yo ya estaba cagándome en la hostia puta me dijo: "¿Los chicos? ¿Cuantos chicos tienes?", "Cinco, ¿o no lo sabe?", "Sí, claro que lo sé...¿y te ha salido alguno tonto?" "Pues no -dije yo- claro que no" "¡Y entonces de qué cojones te estás quejando! ¡Anda ya el dinero, y la mujer, y el negocio y la mala puta que parió al mundo!...Tienes cinco hijos sanos, ¿de qué te quejas?" Y oye, fue oír eso de la boca de ese hombre y todas mis preocupaciones se fueron a hacer leches. Y es que es la verdad, Kufisto, es la verdad...Si tus hijos están bien, todo lo demás es tontería. Todo.


Y hablando del pasado se nos fue la tarde y olvidó su Pasapalabra. Después llegó mi madre de hacer la compra y yo me fui a mi casa.


Y él se quedó con ella, cenaron, brindaron con una copa de vino blanco bien frío por un día más juntos y después se fueron a dormir.


Y a soñar.





viernes, 23 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (III)

En el ajedrez hay una máxima que dice que la amenaza es más fuerte que la ejecución. Esto que a primera vista puede parecer un sinsentido (como suele suceder con todas las primeras vistas), lo cobra cuando alcanzas el momento adecuado, el momento en el que empiezas a tener la experiencia suficiente como para entender las máximas del ajedrez y de la vida, aunque sea algo que sólo te sirva para sacar la tijera y podarte a ti mismo cual vid dejada de la mano de su agricultor, ese que viendo tu rara y problemática desmesura piensa que lo mejor es dejar que tu naturaleza siga su curso hasta que a fuerza de repetirlo vea que necesitas ayuda para pasarlo.

Desde el primer día que a mi padre finalmente le diagnosticaron que lo que tenía era cáncer de pulmón y no ninguna otra cosa no hubo tarde que no pasara al menos un par de horas con él. Salía de trabajar del bar a eso de las seis, me iba a dar un paseo para despejarme y después iba a su casa a ver una de vaqueros y Pasapalabra, programa que le gustaba mucho y en el que siempre estaba (estábamos) del lado enfrentado al cerebrito de turno. Recuerdo a un tío gris y flojo con gafas y a un chaval culopollo que decía que también era poeta. Este lo sacaba especialmente de quicio. Al final se llevó el bote y por fin dejamos de verlo después de otras ciento y pico derrotas.

Normalmente no hablábamos de nada. Estábamos ahí, sentados, él en su sillón y yo en el sofá. Me preguntaba por el bar, yo le decía que bien y veíamos la película, o si era más mala de lo normal poníamos al cocinero de Canal Sur que tampoco le gustaba demasiado por lo mucho que hablaba y porque siempre lo cortaban los de Membrilla TV cuando estaba a punto de rematar el plato ante su desesperación, porque si algo había que le gustara aparte de su familia era eso, la comida. Entonces, y para la mía, decía que pusiera Telecinco y su puto Pasapalabra. Con todo, conseguí que nos saltáramos todos los jueguitos previos al rosco final de esa cuadrilla de capullos.

Pero una tarde que estaban echando otra vez la del último tren a Gun Hill él empezó a hablar de cuando trabajábamos en el viejo bar. Y recordando todo aquello, toda esa gente, todas aquellas penurias que a punto estuvieron de destruir la familia...nos echamos a reír. Y reímos y reímos. Y reímos hasta llorar de la risa. Tanto que esa tarde no hubo más pasapalabras que las nuestras. Y cuando mi madre llegó de hacer la compra nos preguntó si nos pasaba algo. Y secándonos las lágrimas le dijimos que no, que todo estaba bien, que sólo era algo que...


Bajé para subir las bolsas que habían quedado abajo.


Y riendo llegué a mi casa.



domingo, 11 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (II)

De aquella larga estancia en el hospital no le quedó más secuela que la incómoda obligación de dormir con la mascarilla del oxígeno puesta, aparte de las horas que pasara en casa. Pronto se dio cuenta de que no era ninguna tontería y que por el contrario era una absoluta necesidad: cuando no lo hacía se dormía hasta de pie, por lo que sólo le costó lo justo hacer caso de los médicos. De su médico, más bien, un hombre joven y nervioso, de buena fama y muy buena gente, sobre el que desde el principio puso una fe ciega. Conociendo a mi padre, supongo que lo que le gustó de él fue su llaneza, su falta de atalayismo, algo que no podía aguantar y que junto al no saber estar y los mal paridos eran las únicas clases de personas de las que nada quería saber: a unos, aquellos, por sobrarles de todo y a otros, a estos, por faltarles de todo. Que tuvieran o no tuvieran era algo que carecía de importancia. El mundo tenía una reglas básicas y bastaba con respetarlas para llevar una vida feliz. Había que confiar; no ser un inocente, pero tampoco el descreído que todo lo sabe. Había que procurar vivir bien, pero no al precio de dejar de ser uno mismo a las primeras de cambio. Había que intentar hacer las cosas como es debido, pero no tanto como para que lo debido fuera el único modo de hacerlo. Quien tiene hijos, quien es padre, sabe que lo debido siempre está supeditado a lo necesario. El heroísmo del padre acabará siendo la desgracia del hijo. Y mi abuela, su madre que tanto quiso y tanto le marcara, una mujer muy sabia que como la inmensa mayoría de aquellas mujeres pasaron lo que no está en los escritos y que lo único que quería era la felicidad de los suyos y después la de todos, solía decir algo que ahora, con el paso de los años y la marcha de tantos, cada vez veo más claro:

- Tú, hijo mío, ni el primero ni el último, en el medio.

Oxígeno extra aparte y medicación incluida, pocas más fueron las indicaciones a seguir. Y ninguna tan grande que le quitarán sus inmensas ganas y alegría de vivir: fuera tabaco, poco alcohol y de baja graduación y bajar de peso, algo que siempre le costó y que sólo la enfermedad final fue capaz de empujarle a alcanzarlo:

- Mira, Kufisto -me dijo una tarde- Ahora que estoy tan malo es cuando por fin estoy en mi peso -Y nos reímos.

Pronto volvió al trabajo y las cosas regresaron a sus cauces habituales, es decir: problemas en el ruinoso negocio, problemas con los cabrones de los chicos y problemas con la mujer a causa del bar y de los hijos, aunque no tanto como para conseguir el desánimo de aquel hombre sencillo, que no simple.

- A mi no me quita la sonrisa ni Dios -decía de vez en cuando.

Con todo, raro era el año en el que al menos no pasaba un par de semanas en el hospital; ingresos casi siempre motivados por su excesivo peso y sobre el que tanto insistía su ya amigo el médico. El principal problema era la apnea del sueño que, agravada por el delicado estado de los pulmones, era algo para lo que los kilos de más resultan especialmente peligrosos, tal y como si necesitáramos volar para descansar y ese exceso de equipaje nos dejara en tierra dormidos, sí, pero como quien lo hace en el suelo del aeropuerto.

Le pusieron a régimen. Mi madre, muy seria, colgó la imponente hoja en la puerta del frigorífico. Y mi padre, viendo que eso sí que iba a quitarle la sonrisa, se echó a andar. Él, que desde que vino de la mili no había hecho más ejercicio que ver a su Bilbao, se puso un chandal, se calzó unas zapatillas y con sus Ray-Ban de sol que en realidad eran "para no ver a nadie" salió a andar por ahí, por calles, parques y arcenes con la esperanza puesta en que de esa forma aquella dura sentencia tendría sus circunstancias atenuantes. Y así fue. Y mal que bien la mayoría de las veces, bien que mal unas pocas, siempre bromeando e intentando hacerle trampas a la báscula bajo la estricta mirada de la enfermera en la que también tuvo que convertirse su santa mujer, consiguió que la planilla del frigorífico se pareciera a la de Botvinnik en su primer match con Tal, algo que suele venir bien. Por no hablar de cuando estaba trabajando en el bar, pero esto era algo con lo que contaba mi madre, nosotros sus hijos y hasta Agustín Rodríguez Sahagún, en el caso de habérselo explicado muy despacio y bien. "Decidme lo que come cuando estéis con él en el bar. Y lo que bebe" decía ella; "no me jodáis, no le digáis nada a vuestra madre. O poco" decía él.

Y así se fueron aquellos años, siempre más alegres cuando se recuerdan.


Después nos fuimos a otro bar (ya sin las tan malas "medias") y mi padre se jubiló, aunque nunca del todo, según se contará.


viernes, 9 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (I)

A fines de agosto de 2015 mi padre empezó a escupir sangre. Aquel fin de semana no dijo nada a nadie, pero cuando al levantarse el lunes vio que seguía igual le dijo a su mujer que tenían que ir al hospital. Primero lo tuvieron en observación en los boxes de Urgencias y ya por la tarde le dieron habitación en planta, como tantas otras veces durante los últimos veinte años, desde que justo en el día después de que su PP por fin ganara unas elecciones tuvimos que ir deprisa y corriendo al hospital porque, como entonces me dijera nuestro médico privado haciendo un discreto aparte conmigo, mi padre se estaba muriendo: "coge a tu padre y vete a toda leche al hospital" Luego, con otras palabras, se lo dijo a él; y cuando yo ya estaba al volante de su BX como si fuera a hacer la carrera de mi vida me dijo:

- Tranquilo. Y primero paras en casa para recoger a tu madre
- Pero es que...
- He dicho que primero paras en casa para recoger a mama

Paré en casa, la recogimos y nos fuimos para el hospital.

El día anterior, la mañana del domingo, mi padre ya tenía muy mala cara cuando a eso del mediodía llegué al bar para echarle una mano. Recuerdo que un familiar, un tío lejano, una vez que mi padre se pasó al baño, me dijo que si "¿no ves la cara de MUERTO que tiene tu padre?" Yo le dije que sí, pero que no quería ir al médico.

- ¡Joder, pues cógelo tú y llévalo, hostia! ¿no ves que no puede estar aquí?

Ciertamente llevaba un tiempo fatigándose sobremanera; tanto que, según él mismo reconocería después, tenía que pararse dos o tres veces en el trayecto que había del bar a casa, no más de doscientos metros. Pero mi padre no era hombre de quejarse. Después de todo, ¿cual puede serlo siéndolo de cinco hijos todavía jóvenes? Yo por entonces tenía 23 años y el pequeño, 10. Los dos mayores ya habíamos dejado de estudiar desde hacía tiempo pasándolo entre jugar a trabajar y hacer el imbécil por ahí, con el tercero ya a las puertas de lo mismo, mientras los pequeños, viendo el ejemplo de sus mayores, hacían lo que podían y más.

Aquella vez se libró de la muerte por un par de horas: un pulmón a rebosar de sangre y el otro más allá de la mitad.

Hace tiempo de esto. No recuerdo si llegaron a dos los meses que estuvo ingresado, pero sí que fue el suficiente como para que yo, viendo moribundo a Dios, me quitara de encima al ejército de pájaros que anidaban en mi cabeza. Y he de reconocer, pasados los años y todo lo que vino después, que mi "tío", su primo hermano, su socio, su cruz, en el tiempo que mi padre estuvo ausente se comportó conmigo con un cariño que jamás olvidaré.

Durante aquella primera convalecencia todo cambió en nuestra casa. Todos, los cinco, empezamos a ayudar a nuestra madre en todas aquellas cosas que dábamos por supuestas en casa: hacer las camas, hacer la comida, hacer la limpieza, hacer el orden...Ella no se separaba de él ni por un momento. Ella, la maltratada niña que con trece años mandó a esparragar a ese tío chulo de 19 las primeras veces que osó acercarse a la dura, durísima, órbita de ese naciente sol en el que se estaba convirtiendo, ahora, treinta años después, no dejaría a su valiente planeta errante ni aunque en ello fuera la resurrección de su padre que tanto quiso y que tan pronto murió.

Y ante la estupefacción de casi todos, nuestro padre salió adelante. Y con su eterno buen humor, enseguida se reincorporó al bar.

Dejó de fumar. Tampoco era hombre de muchos cigarrillos. Dejó de beber alcoholes duros, aunque eso ya hacía años, cuando ante el escándalo de su padre lo fue por quinta vez y siguió adelante como si nada hubiera pasado, como si todo lo demás de la vida, las discusiones con unos y con otros, los problemas económicos (él, que era tan malo para todas esas mierdas siendo tan bueno para dibujarlas), las movidas políticas que tres cojones le importaban mientras todavía quedara un poco de buen sentido para llevar las cosas por sus cauces, ya fueran rojos o azules, que todos eran padres y él lo fue de cinco hijos...

- Mira, Kufisto -me dijo una de esas tardes que pasábamos juntos viendo una de vaqueros durante la enfermedad que al final pudo con él- No hay cosa más bonita que tener a tu hijo en tu pecho. Todo lo demás...ná. Recuerdo tenerte a ti, a todos, a tus hermanos...Yo venía del bar, comía con tu madre e iba a echarme la siesta. Entonces te cogía a ti, o a Marcos, que vosotros fuisteis del tirón, jajaja...Y te ponía sobre mi panza...Y tu piel era tan fina, eras tan...no sé decirlo, de verdad, no soy tan inteligente como tú...pero era tan bonito...Hay que ser padre para entender lo que se hace por un hijo.



miércoles, 7 de junio de 2017

DYLAN LIVE!

- Me tienes hasta los cojones con el puto Bob Dylan, Kufisto. Pero hasta los cojones
- Joder, es verdad. ¡Dos putos años con el voz de gato este a todos horas!
- No sé, tío, en serio, ¿no podrías poner otra cosa? No sé, cualquier cosa...¡a Demis Roussos aunque sea, me cago en Dios!
- Es que cuando le da por algo...Acordaros con los Zeppelin, ¡¡¡CUATRO AÑOS, CUATRO JODIDOS AÑOS SIN PONER OTRA COSA!!! Que Dios me perdone pero llegué a odiarlos
- Pues anda que cuando le dio por Amy Winehouse...
- Sí, esa ya fue para mear y no echar gota
- Míralo, ¡y se ríe!
- Qué desgraciao
- A ver si vas ya al puto concierto y nos dejas en paz
- ¿Cuando es?
- La semana que viene. Se va a verlo con su abuela, tócate los cojones
- No, creo que dijo con su tía la jipi; pero vamos, que ya le vale. Para una vez que se va a ver algo y no se le ocurre otra que irse con una vieja
- Jajaja...¡Y todavía se ríe el cabrón!
- ¿Y el aire acondicionao, qué? ¿cuando coño lo vas a arreglar? Porque esto es un infierno. En pleno verano y sin aire acondicionao.
- La semana que viene, dirá. Así lleva dos meses el muy cabrón
- Dios, me voy a volver loco...Anda, ponnos otra ronda. Pero por favor, ¡¡¡QUITA ESO!!! De verdad, tío, quítalo.

Lo quité.


Habíamos quedado a las dos de la tarde en Sol, junto al Ayuntamiento. Estuve esperando un rato y viendo que mi tía no llegaba me metí a un bar. Pedí una caña y me la bebí de un trago. Hacía año y medio que había dejado de beber al quitarme de fumar, aunque alguna vez, ya cuando tuve controlado el tema del tabaco, sí que me echaba alguna cerveza, quitando la Nochevieja en la que me puse a todo lo que daba a pelito, es decir, sin fumar, cosa que me maravilló y acabó de certificar que sí, que casi un año después podía decir bien alto que había conseguido dejar el tabaco, el verdadero acelerador de todas mi bombas.

Sonó el teléfono, me preguntó que donde estaba y le dije que iba enseguida. Apuré mi tercera caña, pedí una cuarta, y bebiéndomela de un trago salí de allí diez minutos después de haber entrado.

Sí, tenía edad para ser una abuela, incluso bisabuela dentro de algunas etnias, pero a mi me pareció tan guapa como aquella vez, treinta años atrás, en la que vino al pueblo para una boda vistiendo un vestido rojo que seguro causó que más de uno y más de dos durmieran aquella anoche en el sofá. Yo, al menos, me dormí soñando con ella, con mi madrina.

Es una mujer inteligente, de izquierdas, sensible y discreta, a la que le tocó vivir su juventud durante el desarrollismo franquista. Estudió, se echó un novio y cuando iban a casarse este se mató en un estúpido accidente de tráfico. Se sacó sus oposiciones y dejó el pueblo de La Mancha para irse a la gran ciudad de Madrid. Y ni se casó, ni tuvo hijos, ni conocimos ningún novio o nada parecido. A cambio, y cuando su trabajo se lo permitía, se dedicó a ver mundo; tanto que no hay continente que no haya visitado. Una vez, siendo yo todavía lo suficientemente joven como para desear ver algo, le pregunté por lo que más le había impresionado. Ella se quedó pensando un rato. Y al final dijo:

- Las Pirámides de Egipto

Si algo he querido ver desde que era pequeño, si alguna cosa todavía podría sacarme de mi guarida, son esas Pirámides.

Nos fuimos andando hacia el restaurante que ella había elegido para comer, tan lentamente que a pesar de su proverbial y sabia pachorrez me dio por pensar si no tendría algún tipo de lesión en los pies o algo. De camino nos encontramos con diferentes puestos ambulantes. Me paré en uno para admirar un tablero de ajedrez. Seguimos adelante y le pregunté por qué tal estaba haciéndolo Carmena. Ella me respondió que muy bien y que el reciente Gay Pride del fin de semana anterior había sido una gran fiesta para Madrid. Por fin llegamos al restaurante y le dije que pidiera ella por mi.

Era un sitio bonito, elegante pero típico, todo enmaderado y atendido por camareros españoles, muy profesionales todos ellos. Vino uno y nos preguntó por la comanda. Le dije a ella que pidiera por mi y pidió cordero, ensalada y cerveza para beber. Discretamente, nos preguntamos por la salud mientras esperábamos a que nos trajeran la comida y bebíamos nuestras cervezas. Yo pedí por más. Eran unos copones que daban gloria verlos.

Comimos. El cordero estaba de muerte. Justo enfrente de nosotros estaban diez o doce viejos de reunión de amigos, sin mujeres. Eso era un no parar de sacar platos y botellas de vino. Todavía se quedaban allí cuando nosotros nos fuimos después de tomar café, que hasta a eso me animé, cosa que no hago desde los veinte años, pero estaba tan a gusto, me lo estaba pasando tan bien, que me pedí un cortado con leche fría, tal y como lo bebía cuando lo bebía a semejanza de mi padre.

Al final pagó ella y nos fuimos. Me recordó que había sido yo quien había pagado las entradas. Y así fue, que por esas casualidades que tiene la vida fue que vino a venir al pueblo justo el fin de semana anterior a que se pusieran a la venta las entradas para el concierto.

- ¿Te quieres venir conmigo? -le pregunté en mi bar
- Pues sí, sino te parece mal
- ¡Qué me va a parecer, coño!

Salimos de allí y con la misma inaudita parsimonia con lo que habíamos llegado bajo un sol de justicia nos fuimos a tomar algo en algún local de las cercanías de un Palacio de Oriente que más parecían paredones. Entramos a uno tan desastrado que parecía en obras y no le convenció. Pasamos a otro y tampoco fue de su agrado, ni del mío, que por lo visto también eran de mi equipo, de los que piensan que el aire acondicionado es una cosa aún más relativa que el tiempo.

Acabamos en uno cualquiera. Yo ya estaba hasta los huevos y se lo dije. Allí tampoco tenían al diez el puto aire pero al menos se podía estar. Pedimos dos gin tonics y pronto, muy pronto, tuve al aburrido camarero de mesas a mi servicio. "No bebas tanto" dijo ella. "Qué coño -dije yo- voy a ver a BOB DYLAN" Pedí por otro y le conté que era escritor.

- ¿Ah, sí?
- Sí
- ¿Y qué escribes?
- Mierdas. Cosas que me pasan y tal...Pronto dejaré el puto bar y oirás hablar de mi, de Kufisto, ¡KUFISTO, JODER!
- Haz el favor...
- ¡¡¡KUFISTO, COÑO!!! Traéme otro gin tonic, simpático -le dije al ya sieso camarero que andaba un tanto preocupado por las cercanías.

Fuimos a la parada más cercana del bus y cogimos uno que nos dejara cerca del Barclays Card.

Las puertas se abrían a las ocho. Los Lobos, los teloneros, empezaban a las ocho y media, pero eso era algo que a mi me importaba una puta mierda. Tenía entradas reservadas y podía entrar a la hora que yo quisiera. Pasamos a un bar petado de gente y pedí un par de minis de cerveza. Me bebí el mío y casi que el de ella.

- Vamos para adentro, Kufisto, deja de beber
- Espera que pida una cerveza

La fila para entrar al concierto todavía era corta. Pasamos adentro y nos paramos en un puesto de merchandising. Me compré una camiseta y una gorra. Ella se guardó mi camisa en su bolso. Y entonces pasamos adentro.

Aquello era...joder, como un sueño. Teníamos asientos a diez metros del escenario. Pronto, muy pronto, el viejo Bob estaría ahí cantando sus canciones, mis canciones, las que tanto me gustan, las de los 90 para acá, no esas pesadas mierdas de los sesenta y setenta con su puta armónica...

Y Los Lobos empezaron a tocar...

Me flipé tanto con la caña que le daba el joven baterista a las canciones de esos muertos que di buena parte de todo lo que llevaba encima ante la estupefacción de unos cuantos. A mi me sudaba la polla. Eso era un concierto de rock y el puto batera se estaba comiendo vivos a casi todos.

Se fueron Los Lobos y pronto llegó Bob con su sombrero. Yo salté de mi silla y me puse a dar palmas, como todos.

Ahí estaba él: Bob Dylan. Y sin decir ni esta boca es mía empezó con uno de sus temas modernos.

Aquello sonaba como un infrarrojo de Orión en Gizah. ¡Qué sonido, qué banda, qué iluminación...! Era tan impresionante que entre medias de los tema tenía que salirme a pillar un mini de cubalibre.

- No bebas tanto -decía mi tía
- Calla, joder

Y cuando Bob hizo su descanso de la primera hora, estando yo ya más allá de los leones, algo hizo clock en mi cabeza y ya no recuerdo nada de lo que vino después.

- Kufisto
- Mmm...
- Kufisto
- ¿Eh?
- Que te tienes que ir para el pueblo -oí a mi tía
- ¿Qué?
- Sí, son las seis y media -dijo suavemente- Me dijiste que te levantara a esa hora
- Ah, sí, sí...

Me levanté, me vestí y no encontré mis gafas de sol.

- Me voy, Lola
- Venga, Kufisto. Ahora cuando salgas a la calle te vas a esta esquina que pasan los taxis y que te lleven a Atocha
- Gracias, gracias...

Salí a la puta calle. Un taxi me recogió en la esquina indicada.

- A Atocha
- A Atocha

En Atocha, medio muerto, cogí el tren. Estaba tan vacío como la cámara de una rey del año cuatro mil quinientos después de Jesús. Saqué el teléfono y miré por lo que había visto la noche anterior. Apenas recordaba una puta mierda. Y cuando vi el listado de canciones me dieron ganas de morirme.

Puse mi atención en el indicador de velocidad. 150, 149, 151...no variaba de ahí. Era tan constante que hasta dejé de torturar mi estupidez.

Llegué al pueblo y me fui a abrir el bar.

- ¡Qué tal el concierto?
- Maravilloso








martes, 6 de junio de 2017

COLOMBO ES MI PASTOR

- Ya, sí, pero (cuelga, coño, ¿qué cojones estás haciendo?)...creo que lo mejor sería hablar antes con mi mujer -le dije al de Gas Natural

No me lo creí ni yo.

- ¡Pero hombre, don Kufisto, dele ese sorpresa a su señora y verá que contenta se va a poner! -dijo una voz masculina, joven y decidida, al otro lado del teléfono- La oferta que le estoy haciendo es inmejorable y...

Apenas hacía diez minutos que me había despertado de la siesta. Sonó el muy descansado tono de llamada entrante en la voz de Robert Plant y vi que era un número de Madrid. Lo cogí sin saber muy bien porqué y ya estaba a punto de colgar tras mi segundo hola sin respuesta, temeroso de estar siendo objeto de una de esas estafas telefónicas que cuentan por Internet, cuando alguien me saludó en nombre de Gas Natural.

"Me cago en la puta...Esto es por lo del recibo impagado...Aviso de corte...Amenaza de tomar medidas judiciales...No tengo un duro, joder"

- Le llamaba, don Kufisto, para mejorarle las condiciones del contrato que mantiene con nosotros...
- Ah, sí, sí...

Y a partir de ahí, desconecté. Sólo cuando el fiero vendedor prácticamente ya daba por hecha su comisión y procedía a pedirme cosas para formalizar el tema volví a recuperar un poco del riego sanguíneo cerebral que se había ido entero a los huevos. Y entonces fue cuando me salió lo de "mi mujer" Al final quedamos en que hoy me llamaría y muy educadamente nos despedimos.

Me reí pensando en "mi mujer" Miré el suelo del salón, la mesa del ordenador y el sofá; recordé el lavabo, la heroica taza del water con su no menos mítica escobilla y el chisme ese que me compré para cagar en una postura más natural; pensé en la pequeña habitación donde ahora duermo tras dejar por imposible al gran y viejo colchón devorador de columnas vertebrales, llena de trastos y con un armario cuyas desvencijadas puertas caerán una noche sobre mi cabeza, en el pequeño colchón que no descarto sea la morada de pequeños vampiros no muertos durante los doce años que han estado a sus anchas sin más okupas que vitrinas jubiladas, libracos olvidados, películas de VHS nunca vistas ni por ver y demás joyas de mi corona. "Mi mujer..." Di gracias a Dios cuando al despertarnos de la borrachera se largó la última que estuvo por aquí, una tía loca que pasaba sus ratos libres denunciando a quienes no respetaban los pasos de cebra.

Pasé el resto de la tarde sin salir del piso y tres o cuatro veces pensé en ponerme a limpiarlo. Y mirando mi cuenta bancaria como quien mira una lavadora tirada en la cuneta me fui a acostar no sin antes dejarme un recado escrito en la cocina para no olvidar que hoy tenía que ir al banco.

Mi hermano llegó al bar a eso de las doce y media. Cogí el coche y tuve que conducirlo como si en lugar de volante tuviera una rueda de churros. Aparqué más allá de Júpiter, y gracias. Oí palmas antes de doblar la última esquina. Unos gitanitos estaban cantando a la puerta del banco. Pasaron unos cuantos y una pareja se quedó fuera para seguir metiéndose mano. Saqué mi móvil nuevo y busqué por la nota con el código de mi cuenta para hacer el ingreso por el cajero. Y no estaba. La había perdido con el cambio. Tampoco llevaba el DNI encima. Había que ir a casa. Me cagué en la puta y la pareja dejó de magrearse.

Veinte minutos más tarde, tardísimo, ya con el mil veces maldito número de preso en mis manos, me dispuse a liquidar el asunto en cuanto terminara la desconfiadísima petarda que tenía delante. Saqué el móvil para que viera que no la estaba mirando y eso la puso más nerviosa. Me acordé de esas que se paran en mitad de una rotonda para cederles el paso a los que tienen que ceder el paso. Pensé en decirle si necesitaba ayuda pero imaginé que eso en esas circunstancias, con los gitanitos todavía montando el espectáculo por la sala, era como darle en custodia una bomba a Mortadelo. Al final lo consiguió y por fin dejó la vía libre.

El cajero automático no tenía su día. Yo tampoco. A la segunda jugada que me hizo solté tal hostia sobre el apoyamanos que la que estaba esperando detrás se fue. El ordenador captó la indirecta, yo tecleé con más atención sus nuevos requerimientos y sin más novedades me largué de tal manera que hasta los felices palmeros cesaron en sus alegres cantos a la vida que se pegan.

Y a eso de las cinco, a la hora acordada, con eléctrica puntualidad, oí que me llamaban al teléfono.


Y Robert Plant cantó hasta donde pudo.


Mi mujer, claro está, había dicho NO.


Y como bien sabía mi compadre Colombo, ante eso no hay nada más que hablar.




domingo, 4 de junio de 2017

EL REFUGIO PERDIDO

Habib cerró los ojos y se olvidó de la inmunda cocina en la que estaba. Vio a su madre que le miraba; Habib dijo algo que no entendió y ella pareció no oírle; habló más alto y no obtuvo respuesta; gritó y nada cambió; desesperado, rompió a llorar. Y entonces sintió los labios de su madre sobre su frente y se tranquilizó.

Había despertado aquella calurosa mañana como si alguien hubiera pasado la noche torturándole. Se levantó tan dolorido que se miró para buscar marcas. No encontró ninguna y fue a lavarse. El espejo le devolvió su imagen y vio que tenía dos pequeños cortes en la frente, todavía frescos. No era algo habitual, pero ya le había pasado las suficientes veces como para echarse la culpa a sí mismo y a sus uñas. Se las miró. Muy fuerte debía de haberse rascado esa noche. Demasiado.

Habib trabajaba en la cocina de un restaurante regentado por un compatriota. Era este un hombre que había hecho fortuna en su nuevo país desde que llegara veinte años atrás. Zalamero y listo, con buena vista para reconocer a la gente adecuada, había conseguido en poco tiempo lo que muchos naturales no lograrían ni viviendo tres veces. Que sus métodos no fueran los más correctos era algo que carecía de importancia: los métodos sólo existen en los libros; en la vida de la mayoría de los hombres todo es excepcional. Tan sólo es necesario hablar el único lenguaje que entiende todo el mundo y hacerlo con quienes piensan que todos los demás sólo son dialectos que siempre acaban por desembocar en la abisal charca del oro.

Si hay algo peor que un espejo es la memoria; y Habib activaba la de su jefe: ver a ese muchacho tonto era algo que casi le sacaba de quicio, pero la vida es un negocio que se va pagando a base de favores y Habib era uno a alguien que podía quitarle todo lo que tenía cuando quisiera, que los tramposos son presas de sus propias trampas. Y después de todo, un refugiado también podía ser un buen negocio.

Solo en tierra extraña, entre gente que o lo miraba con desconfianza o como si fuera una nueva atracción en la feria, el joven y taciturno Habib había pasado los últimos seis meses como quien ve una partida de ajedrez en la que cada pieza tiene un color diferente. Era tal su aturdimiento que hasta los de su misma raza le rehuían. Sólo cuando llegaba a su habitación, reventado a órdenes, podía despejarse un tanto. Y entonces, tumbado en la cama, ponía toda su atención en la memoria de su madre.

- No quiero que también a ti te maten y tu padre no quiere irse de aquí -le había dicho su madre- Mañana te irás y nosotros nos quedaremos, pero no se lo digas a tu padre. Sé bueno y Dios será bueno contigo. Quizá volvamos a vernos. Te quiero, mi pequeño, te quiero mucho...

- Espabila, pringao, que aquí estamos para currar, no para hacer el vago -le soltó uno de las cocineros dándole un manotazo
- Tengo que salir un momento a la calle a tomar el aire. Estoy mareado -dijo Habib
- Tú sigue así, tú sigue así, que verás adonde vas a ir, so listo.
- Bueno, tengo derecho, ¿no? Todos salís a fumar cuando queréis y nadie dice nada.
- Esas tenemos, ¿eh?
- No, yo sólo digo que...
- Mierda. Y no me toques los cojones
- Voy a salir quince minutos, como vosotros. Y voy a salir AHORA

El cocinero lo miró y calló.

Habib salió a la calle. Hacía un calor insoportable. Había gente sentada en la terraza, que ajardinada y con sombrillas vaporizadoras resaltaba como un espejismo en el desierto. Bebían, comían, hablaban y reían. Muy pronto se fueron aquellos quince minutos. Cerró los ojos antes de volver al trabajo y siguió viéndolos beber, comer, hablar y reír. Asustado, volvió a abrirlos. Un sudor frío, helado, resbaló sobre las heridas de su frente como si fuera de ácido. Otra vez los cerró. Otra vez siguió viendo lo mismo que con los ojos abiertos. Sintió como si una descarga eléctrica bajara por todo su cuerpo. Pasó adentro. Cogió un cuchillo y lo hundió en el estómago del cocinero. Salió a la calle y fue hacia el oasis. Pronto llegó la policía.


Y Habib sonrió cuando al cerrar los ojos volvió a ver a su querida madre.





viernes, 2 de junio de 2017

COCHES CHOCONES

Salí a sentarme en la terraza del bar. Estaba solo y hacía más calor dentro que fuera, a pesar de que eran las cuatro de la tarde. Oí un ruido y miré arriba. Un operario estaba instalando una ventana en el tercer piso de la esquina. Oí un bastón golpearla y bajé la mirada. Era el ciego que venía a verme. Llegó y le saludé justo antes de que se pusiera a vocear. Lo acoplé en mi mesa y pasé adentro para sacarle lo suyo.

- Qué calor -dijo
- Joder, sí -dije
- ¿Cuando vais a arreglar el aire? ¿en Navidad?
- Esperemos que antes, cacho cabrón
-Jajaja...

Me contó que apenas había podido dormir la siesta y que su padre estaba chorreando cuando le habían dado la vuelta entre él y su madre para asearle.

- Es muy caluroso de pecho -dijo- De cintura para abajo no, ahí esta fresco, pero para arriba...¡uf, como sudaba el pobrecillo! Y como no puede hablar...Mi madre se ha puesto a limpiarle todo el sudor y a cambiarle el pañal ¡Y eso que le han puesto un ventilador en el techo!

Estuvimos un rato bromeando, diciéndonos maldades, y media hora después se levantó y se fue para su casa.

No había acabado de verlo marchar cuando a mi lado pasó el viejo que camina solo. Llevo viéndolo desde hace años, tanto al amanecer como a estas horas. Es un hombre bajito, bien arreglado, con cierto gusto, como de manos de mujer. Una mañana que se me olvidó algo en casa lo vi sentado en la gran terraza de un bar que hay más abajo, solo. Una tarde pasó al bar y me dio un paraguas que mi hermano le había dejado el día anterior cuando pasó a refugiarse de la lluvia. Me sentí extraño al hablar con él después de haberlo observado durante tanto tiempo. Fue como ver un cuadro de Picasso y comprenderlo. Pero cada vez anda peor. Hoy no le he perdido ojo y le he visto parar dos veces para sentarse en sendos escaparates; apenas un minuto, pero ha tenido que sentarse. Me he preguntado porqué no usará bastón. Y me he dicho que quizá este hombre sea de esos que cuando ven que no pueden andar sin ayuda prefieren no andar.

Por la acera de enfrente vi subir a una pareja con un chico que andaba demasiado mal como para ser sólo eso. Me acorde de los chavales que esta mañana había visto ir calle abajo en compañía de dos cuidadoras del Centro de Día. Reconocí a dos: un chico que viene los domingos con sus padres, sus tíos y sus primos y a un chaval de más o menos mi edad al que veo casi a diario, siempre con su anciano padre, un hombre todavía fuerte pero con un rostro que revela una tensión que hace daño. Antes de ayer los vi en compañía de una chica jovencita, tatuada y con piercings, que supongo sería su nieta o su sobrina. El chico iba un tanto rezagado, canturreando algo, y ella se volvió y como de broma le pregunto qué cantaba; él se río y cantó más fuerte; su padre, unos diez metros más adelante, caminaba cabizbajo, como bamboleándose, con las manos en la espalda.

Llegó el gitano. Era la cuarta o quinta vez del día, puede que la sexta o séptima. En la tercera le invité a un café. Le conozco desde siempre, desde que siendo niño iba con sus padres a la terraza del viejo bar. Él era pastor evangélico, un hombre muy serio y formal que sin embargo era incapaz de echar el café en el vaso con hielo sin derramar la mitad. Creo recordar que al final se lo echaba yo. Por entonces yo era un chico y me gustaba atenderlos aunque fueran tan baratos. Siempre me ha gustado la gente seria. A veces mi tío se cagaba en Dios por su poco gasto, pero este no era de aquellos que no saben cuando ha llegado el momento de irse, que los había que ni quitándoles la mesa. Luego murió y su enlutada viuda ya sólo salía muy de vez en cuando en compañía de su único hijo. Era una mujer de mirada dulce que siempre me miraba sonriendo.

César acabo casándose con una gitana gorda, rubia y fea. Poco antes de hacerlo se pasó por el bar y estuvo contándomelo. Me preguntó como hacérselo en la noche de bodas y yo lo miré sin llegar a saber si estaba de cachondeo. Le dije que le echara dos cojones y un palo y él se río y ahí quedó la cosa.

Ahora la tiene en el hospital. Cosa de los pulmones. Dice que es grave.

- ¿Fuma?
- No, rey, no...Fumo yo...y ella respira mi humo...
- Ná, hombre
- Sí, sí, Kufisto, sí...

- ¿Qué pasa, amigo mío? -dijo la última vez de las ocho o nueve que hoy ha rondado por aquí.
- Pues nada, a verlas venir
- Eres bueno, Kufisto, eres bueno...Siempre me has caído bien
- Bueno...mediano
- No, no, eres bueno

Le di un pito y un vaso de agua con hielo. Puede que valga por un par de calcetines cuando su mujer se recupere.

Estábamos ahí, en la puerta, viendo pasar coches y mujeres, cuando llegó la pareja sin el chico que antes había visto ir subiendo la calle tan mal. Justo en ese momento, César recibió una llamada de teléfono de una tal Eva y diciendo que estaba tomándose un café con su amigo Kufisto se marchó.

- Díganme
- Una botella de agua -dijo ella, cansada.

Se la puse

- ¿No la tiene más grande?
- No. Es de medio litro
- Pues deme dos

Se las puse.

- ¿Qué le debo?
- Nada. Déjelo.
- ¿Pero por qué?
- Les invito. Hoy he sido padre.
- ¡Ah, pues felicidades y muchas gracias!
- Nada, a ustedes.

Se fueron. Salí a la puerta y encendí otro cigarrillo. Seguía haciendo calor pero no tenía ganas de beber. Vi venir a un viejo, fuerte y decidido. Pasó para adentro. Dejé el pito y entré al bar.

- Joder qué calor -dijo
- Sí
- Ponme un Ballantine´s con naranja

Se lo puse.

- Oye, cóbrate que me salgo afuera
- Claro


Y fui a sentarme ante el ventanal.


Los vencejos volaban como si fuera imposible chocar.





lunes, 29 de mayo de 2017

MAÑANA BANCARIA

Había olvidado tirar el tabaco cuando salí de casa de camino al banco y ya llegando, palpándome otra vez los bolsillos para saber que todo seguía allí, me di cuenta de que todavía lo llevaba encima. La calle peatonal estaba muy transitada y me pareció mal tirarlo al suelo. Doblé la esquina final y vi un buzón de esos para publicidad. Y allí me deshice de él.

Nada más pasar me encontré a un empleado joven enseñándole a un abuelo como sacar su turno en la máquina. Me puse detrás y esperé. Él chico me reconoció.

- Hombre, Kufisto, ¿qué tal?
- Pues mira, a ingresar
- ¿Y porqué no lo haces en el cajero de la entrada? ¿te lo explico?
- No, si sé hacerlo, pero también tengo que hacer una consulta acerca de un cargo...
- Ah, bueno, pues nada...¿quieres que te saque el turno?

Miré la máquina y no la reconocí desde la última vez, hará apenas cuatro o cinco meses. Dije que sí, me pidió el número del dni y poco después yo también tenía mi boleto: B011. Pasé adentro, vi quedarse vacío un gran sillón rojo y me senté echando a un lado el paraguas del que acababa de levantarse. Un viejo estaba sentado en el de al lado.

- Una hora llevo ya aquí -dijo
- ¿Qué? -respondí quitándome los auriculares
- Que llevo una hora esperando
- Vaya...

Empezó a quejarse de su suerte y del desaguisado que están haciendo con las oficinas bancarias. Yo le daba la razón, apostillando algo de vez en cuando, aunque sin mucho entusiasmo. Miré la gran pantalla de enfrente y vi una sucesión de letras y números con sus correspondientes destinos, también alfanuméricos. Pensé que los míos no quedaban tan lejos y seguí oyendo las quejas del viejo. Poco después salió premiado su boleto y se levantó disparado sin despedirse. Ya se iba el del paraguas cuando le pregunté si era suyo. Se lo di, me dio las gracias, saqué el móvil, me puse los auriculares y empecé una partida de ajedrez con un tío de Arabia Saudí que tenía menos puntos que yo.

La partida derivó a un medio juego donde él consiguió ventaja que podría considerarse como decisiva, pero decidí seguir un rato más. Después, con una serie de trucos tácticos, le di la vuelta a la situación hasta conseguir posición ganadora, tan grande que cualquier ajedrecista con sentido del honor no tendría más remedio que dar por finiquitada la partida. Pero el moro no. Y justo en ese momento, tras cincuenta minutos de espera y con minuto y medio en mi reloj virtual, apareció mi número en la pantalla. Me levanté como un resorte, cogí la gorra, la botella de agua y el ticket y fui hacía la caja sin dejar de mirar el teléfono.

- Buenos días -le dije al calvo
- Buenos días -respondió sin mirarme mientras ordenaba algunas cosas

Y viendo que aún tenía algo de margen me centré en la partida. Tres o cuatro rápidos movimientos después, el puto moro, por fin, ya sólo con su mierda de rey contra mi caballo y mis dos peones ligados e inalcanzables, me dio la partida.

- Dígame -dijo el calvo.

Lo vi aún más enfermizo que de costumbre: delgadísimo, ojeroso, mal afeitado...O estaba de resaca o estaba hasta los cojones.

- Sí...Un ingreso y una pregunta -dije
- Vamos primero con el ingreso -dijo

Se quedó con casi todo el dinero que tengo. Con un poco de suerte será suficiente para mantener verdes mis números hasta la semana que viene.

Le hice la pregunta. Miró en su ordenador. "Sí, ya, la nueva comisión mensual..." Una supuesta carta de hace tres meses. Un cambio en las condiciones del mantenimiento de la cuenta.

- Vaya a una de las mesas y allí le dirán como cambiar su tipo de cuenta para no pagar tanto por el mantenimiento.
- Muy bien.

Cogí otro boleto de la máquina, esta vez sin ayuda de nadie. Pronto quedó libre otro gran sillón y volví a sentarme. Una mujer bastante fea era mi acompañante en esta ocasión. No dijo nada y me puse los auriculares. En la gran pantalla iban y venían diferentes promos del banco. Gente mayor, jóvenes, mujeres, niños, niñas, gays, algún hombre...Estaban escogidos de tan neutra manera, resultaban tan inofensivos, que hasta un misántropo como yo no podía sentirse incómodo viéndolos. Incluso ese de las dos petardas compitiendo por pagar la primera el mismo vestido resultaba simpático. Por un momento tuve la sensación de estar en el cine. Por un momento pensé que no se estaba mal allí y que quizá hubiera quien pasara la mañana por gusto en semejantes sitios: se estaba tranquilo, fresquito, apenas había ruido y la seguridad podía respirarse en el ambiente. Y los sillones eran bastante cómodos.

- ¿Todavía estás aquí, Kufisto? -me dijo aquel empleado joven sacándome de mi plácido letargo.
- Ehhh, no, no...Esta ya es para otra movida.
- Ah, bueno, pues nada

Miré el reloj. Ya había pasado casi una hora y media desde mi llegada. Me entraron ganas de mear. Me acordé del tabaco tirado. Llegó un ciego y una vieja le llamó por su nombre. Como de broma le preguntó si sabía quien era. Como de mala leche le respondió que sí. La gente no se da cuenta de lo rematadamente estúpida que es a veces. O puede que el exceso de tranquilidad y seguridad, la calma aburrida, sea perjudicial para las neuronas no acostumbradas a ello. A mi me pasa cuando juego el Gambito de Dama.

Un padre llevaba a su hijo en hombros. Eran la imagen de un servicio bancario para los niños, para que fueran "aprendiendo el valor de las cosas" Rubios, guapos, rientes, llenos de vida, ilusión y futuro...Estaba escuchando a los AC/DC y me sentí tan ridículo que tuve que quitarme los auriculares. Un tío joven, fuerte y sano, sonreía mientras hablaba por teléfono con su asesor bancario, "para que sus inversiones estén en las mejores manos"

"Oh, Dios, qué he hecho con mi vida..."

Vi mi número en la pantalla. Pasé al despacho que estaba justo al lado.

El hombre que me recibió tenía pinta de jefe. Ya lo conocía de alguna que otra vez, pero creo que él no tenía memoria de mi. Tenía aspecto de ir a misa, de opusino, eso es lo primero que me vino a la cabeza. Me preguntó por mi asunto y se lo expliqué tan mal como supe.

- ¿Pero no le han dicho en la caja que es necesario tal y tal para hacer el cambio?
- Pues no, no me han dicho nada de eso...Me han dicho que bastaba con mi posición actual.
- ¿Quien ha sido? ¿el joven?
- No...(coño, yo qué sé como se llama el calvo)...era otro...uno calvo -e hice un gesto como llevándome la mano a mi cabeza a medio pelar. Ridículo, ridículo...

El calvo.

- Un momento, por favor.

Y se levantó y supongo que se fue a cantarle las cuarenta al calvo.

Regresó. De muy buenas maneras, con un sosiego y un tono que te llevaría a darle la razón aunque te estuviera llamando gilipollas, me explicó que de ningún modo podría hacer ningún cambio sin variar las condiciones de la cuenta. Yo asentía y comprendía. Tenía razón. Era lógico. Se trataba de una estafa correcta. Me explicó los pasos a seguir ante mi más absoluta estupefacción. Me sentí como mi abuela viendo a Fraga en el debate sobre el Estado de la Nación, "qué bien habla", decía la pobre...

No hice más preguntas que una muy simple, y eso por no quedar como un completo idiota y no dejarlo a él con la triste sensación de haber estado hablando con un tonto sin dinero.

Nos despedimos. Me dieron ganas de pedirle el número de teléfono del Opus más cercano, o una invitación para ir juntos a misa, o una entrevista...


Salí a la calle. El tabaco todavía estaba donde lo había tirado. Lo recogí. Fui al moro y le compré media sandía.


Y al llegar a casa eché una meada de caballo percherón.


Y me rulé un buen pitaco.




sábado, 27 de mayo de 2017

DISTORSIÓN

- ¡Pon a los Social Distortion, Kufisto!

Los vencejos volaban en círculo sobre el edificio de enfrente. Lo hacían a tal velocidad, con tal frenesí, que dejé de mirar a los coches que iban pasando abajo y arriba de la calle.

- Es la primavera -me dijo uno el otro día mientras nos fumábamos un pito en la puerta del bar- Están compitiendo por dejar su semilla.
- Sí, claro -dije yo- Estos bichos están para eso, para perpetuar la especie, morir para siempre y poco más. A veces tienen quien los mire, pero no creo que eso les importe mucho. ¿O a ti te importa algo cuando estás haciéndote una paja ante el ordenador?
- Jajaja
- Los animales son como los niños cuando empiezan a ser conscientes de sí mismos: pasan de ser para todos a serlo sólo para sus padres.

Tiré el pito y dejé a los vencejos de hoy haciendo lo único que saben hacer. Pasé para adentro y le di fuerza a los fuegos: los buenos arroces tienen que nacer en el infierno para que después salgan buenos.

Como tantas otras veces, lo bueno se echó a perder bajo el yugo del ruido de la plaza del pueblo. No importa que el engaño y el compadreo sea allí la ley, que bajo el estruendo y la propaganda pública todo lo demás, lo esencial, no valga para nada aún vendiéndotelo como si fuera de oro, que comas cosas extrañas porque hoy hay que comerlas...Nada de eso importa: si la luz está enmudecida, mejor en las ruidosas tinieblas.

Al final, ya con mi arroz otra vez en la basura, muchos vinieron quejándose entre risas de la estafa mientras me pedían sus cubalibres.


Y en el sindiós de las prisas, tirando unas cervezas, pensé que podría estar vaciando mis barriles hasta el fin de mis días con tal de que de vez en cuando me dejaran un rato para ir a mi water.


- ¡Pon a los Social Distortion, Kufisto!


Pues tomad, joder.











viernes, 19 de mayo de 2017

JUEGO DE ESPEJOS

La muchacha pasó por la puerta del bar queriendo ser la mujer que apenas habrá empezado a ser. Yo estaba ahí, intentando olvidarme del último idiota de la tarde, cuando un frenazo en la calzada de enfrente le dio el último empujón. Ella cruzó el paso de cebra, luego el otro y ya, mirándome de reojo con nerviosa sonrisa, se fue calle abajo mirándose en los escaparates de las tiendas que iba dejando atrás, aunque yo sólo la vi hacerlo en el que tengo justo al lado, tan alejado de todo aquello que pueda interesarle a una muchacha de su edad.

Poco antes, en mi anterior salida, había visto llegar a uno de mis hermanos en su coche. Mientras aparcaba, el ciego se despidió para irse a casa. Le encendí el último cigarrillo con un mechero que simulé ir peor que el suyo y dando bastonazos a la pared se fue alejando calle abajo.

- ¿Has visto el bulto que tiene en la espalda? -le dije a mi hermano
- ¿Qué?
- Sí, fíjate en el lado derecho, arriba -se nota incluso a quince metros
- Hostia

Pasamos adentro y él volvió a salir para verlo otra vez.

- Joder...¿y eso?
- No sé...Ayer amaneció así y lo llevaron al ambulatorio. Les dijeron que era un lipoma, algo de grasa, y que se lo tendrían que sajar o algo así, pero que fueran hoy al hospital para vérselo mejor.
- ¿Y qué?
- Pues que hoy ya no saben lo que es. Tienen que hacerle una ecografía.

- Mira mi bulto, Kufisto -me había dicho ayer nada más abrir el bar, así como de cachondeo, como siempre estamos.
- No tenía que hacer otra cosa a estas horas
- Jajaja...

Le puse su café y empezamos con nuestras gilipolleces.

Pero después, en una de las veces que salí de la barra para ir colocando lo que todos los días hay que recolocar, le vi esa especie de joroba que había parido de la noche a la mañana.

- ¡Hostia puta, Paco! ¿pero qué cojones es esto?
- Toca, toca...

Lo toqué un poco, con mucho cuidado y bastante asco. Era enorme, del tamaño de qué sé yo...¿la vieja Biblia de estudiante que tengo aquí al lado mientras escribo esto?

- La madre que me parió...¿te duele?
- Un poco -dijo casi que tan despreocupadamente como siempre lo dice todo- Ahora vamos a ir al médico. Dame una coca cola light.
- Me cago en la hostia puta, Paco...
-  Ya...¿no tendrás un mechero por ahí?

Y ahí quedo la cosa, que luego seguimos igual que si no hubiera vieja Biblia de estudiante que cargar a la espalda: él saliendo a fumar a la calle como si estuviera escribiendo su historia de todos los días en su cabeza mientras que yo me reservaba para quizá hacer luego lo mismo en mi ordenador.

Pero hoy...hoy ya no estaba igual cuando vino al bar antes de ir al hospital, aunque bromeáramos tan a lo bestia como cualquier otro día.

Al mediodía, en su segundo asalto reglamentario, ya me dijo que ahora no sabían lo que era. El bulto de grasa se había transformado en otro sospechoso.

Y esta tarde, durante el tercero y último, me ha mirado a los ojos mientras hablábamos de otras cosas. Me he fijado en sus pupilas, tan pequeñas como si estuviéramos en mitad del desierto, y por un momento casi he creído que me estaba viendo. Claro que nunca hemos tenido necesidad de mirarnos a los ojos, algo que casi siempre es lo mejor que se puede hacer cuando hace mucho tiempo que se dejó de soñar despierto.

Mi hermano se fue con un colega justo cuando el idiota del Mercedes entró al bar después de aparcar ostentosamente en zona prohibida. Pasó con un chiquillo, no respondió a mi saludo y me pidió una copa de Castellana poco menos que entre dientes.

- ¿Castellana?
- Sí
- ¿Con hielo?
- No

Se la puse. Soltó una moneda de dos euros. Tanto cocherito leré y sacas dos euros para pagar una copa en un garito que no conoces. Pero eso es lo que vale aquí. Los cogí y nada devolví.

- ¿Eso es? -dijo
- Eso es -dije

E hizo un gesto como si le hubiera parecido caro. Me fui al ordenador.

El chiquillo, un niño exteriormente tan pijo como certificado lo era su puto y supuesto padre, parecía un tanto enfurruñado, como si hasta él mismo se diera cuenta con sus tres días que el Superman que le había tocado en suerte no llegaba ni a medios cuando bebía. Con todo, le sacó algunas sonrisas. Tu padre es tu padre aún cuando parece que ha dejado de serlo. Y poco después se fue un poco más educadamente de como llegó, aunque no mucho.

Era una muchacha bien educada, sin duda. Esto es algo que sólo un infernal desierto te impediría ver. Sólo es que las demás lo hacen, y aunque a ella no le dejen salir a la calle como si llevara un letrero en el cuello con su número y el precio, al menos sí puede hacerlo con unos vaqueros ajustados y una bonita blusa.

Y eso es suficiente para provocar frenazos, olvidar idiotas, romper espejos convexos y ver tu hermoso rostro sobre las últimas promociones para aquellos a los que le falta un pedazo de su cuerpo.


Que las almas son para el invierno.



miércoles, 17 de mayo de 2017

DREAM ON

El chico de la gorra ladeada caminaba como lo habría visto hacer en la canción de Youtube que iba cantando; la chica, una lolita de película americana, reía tras él. Nos cruzamos y en el último instante él me miró sin dejar de cantar algo de "mi magdalena", o puede que fuera "mi mantequilla" o lo que sea que ahora se vaya cantando por la calle. La chica ni me vio bajo el burka de su casi total desnudez. Yo venía de comprar la miel equivocada por la pertinaz ausencia de la buena y ellos salían de pillar su venenosa merienda del super de al lado de casa. Abrí la puerta pensando en la traducción de lo que decía el top de la chica. Pero ya no me acuerdo.

Me fui a la cama cuando todavía estaba anocheciendo. Tardé en dormirme. Tuve que coger el nuevo teléfono varias veces. En una de ellas leí la entrevista a uno que decía alimentarse del sol desde hace treinta años. En otra miré la ficha en inglés de un ajedrecista húngaro de los años cincuenta. A eso de las cinco desperté empapado en sudor. Había soñado algo que estuvo cegándome durante un buen rato, hasta que me di cuenta de su irrealidad. Y a eso de las seis, una hora antes de la prevista y sin haber dejado de pensar ni un minuto en el sueño, me levanté de la cama.

Apenas eran las siete cuando llegué al bar. Saqué la terraza y puse la tele. Y mirándola de reojo mientras colocaba las sillas del salón vi que estaban pasando la escena final de El tercer hombre con los comentarios en off de uno que iba explicándola. Y me quedé petrificado.

Joseph Cotten tiró aquel cigarrillo y yo cambié rápido a la Teletienda de todos los días.

Había hecho buen acopio de todo lo necesario para una buena mañana de desayunos. Ayer estuvieron bastante bien y hoy esperaba que fueran todavía mejor. Dos montañas de churros ("cóbrale sólo 6 euros", le había dicho a la chica el serio churrero, uno de los míos), un bolsón de hermosas naranjas del moro amigo y un par de kilos de tomates; aparte de la mantequilla, mermelada y paté que todavía quedaban. Llegó el espídico panadero con la bolsa de todos los días y tuvo que volver a la furgoneta a por más. Y ya con todo en su sitio esperé a verlas venir con la compañía de la maravillosa nueva sartén de COBRE de Juan Sánchez como banda sonora original en mi canal de televisión sino amigo, al menos no enemigo mortal. Y todo para que el primero en pasar fuera el penúltimo que hubiese querido ver entrar.

A eso de las diez y media, ya con la mañana casi vencida y mis armas casi intactas, vi como un grupito miraba desde afuera sin decidirse. Pasó uno de ellos, un tío feo de cuarentaitantos años que se fue derecho a la vitrina que custodian mis churros, señalándola mientras decía algo que no logré entender y que me hizo certificar que era tonto. Enseguida pasaron tres viejos y una mujer de su edad. Se sentaron en la mesa bajo el televisor no sin que antes el pobre hombre dijera en su idioma que antes lo haría en una cama de pinchos morunos, pues justo al lado está el futbolín y se ve que sus ejes le recordaban serpientes pitón o algo así, que no había manera de convencerlo a pesar de que le ofrecían la silla más alejada y que ni a Cristo bendito se le ocurriría jugar una partida a esas horas, y menos estando solos como estábamos. Yo los miraba pensando porqué no le hacían caso y elegían otra mesa, pero en fin, ¿qué puedo hacer, joder? Al final se sentaron donde decía la mayoría y pidieron menos buñuelos (como los llamaba la más vieja) de lo que el chico me dio a entender con su ansia primera. Claro que lo comprendí un tanto cuando al dejar los desayunos vi el pedazo de bocadillo que iba a zamparse en mi casa habiendo salido de la cocina de su madre. No dije nada. ¿Qué vas a decir? Tampoco pidió nada de beber, ni agua. Su anciana madre le decía que bebiera algo, que eso no podía ser bueno, pero por alguna razón él llevaba un tiempo siendo remiso a beber agua, como si hubiera leído algo por Internet, "¿y un zumo de naranja?" le insistían. Nada. Cero. A pelito.

El chico pasó un par de veces al water sin pedirme indicación alguna ni dudar ni cero coma sobre su ubicación, con gran satisfacción de sus familiares y no menor preocupación mía. Ya se iban cuando pasó por tercera vez. Estuvimos esperándolo un buen rato mientras ellos no le perdían ripio al maldito Juan Sánchez y su novedosa sartén de cobre al tiempo que una de las viejas comentaba lo bueno que le había salido el chisme ese que te colocas bajo la rodilla y te quita hasta el cáncer. "Ahora sí -pensé-, ahora sí que me va a dejar el pestazo...el inodoro zurrapastroso, el suelo meao...puede que las paredes llenas de mierda con sus huellas digitales, quizá una desquiciada pero clarividente advertencia tipo Los crímenes de Oxford...Ahora tendré que coger la chacha, el cubo, la lejía, el amoníaco...joder"

Salió.

- Bueno, buenos días y gracias.
- No, gracias a vosotros. Adiós.

Y pasé al water y no olía más que a jabón. La higiene es importante y beber agua cuando nadie te ve, más.


Lo que sea por la idea. Sea la que sea.


Aunque a Dulcinea ya sólo la sueñes moribunda.


Yo sigo en Montesinos y hoy con Aerosmith:






domingo, 14 de mayo de 2017

EL PASEO DE MAÑANA

Yo no sabía lo malos que eran los mercheros hasta que lo leí en Internet. "Los gitanos les temen" decían. Me acordé de Jose, el afilaor, el único merchero que conozco, y pensé que si este era tan malo no podía haber nadie bueno. Ni siquiera nosotros.

- Pero vamos a ver -le dije un día de hace muchos años-, ¿tú qué cojones eres? ¿gitano, quinqui o qué?
- ¡Yo soy MERCHERO! -respondió con cierto notorio orgullo aún bajo su tartamudeo- Los gitanos, ni verlos. Todas las ayudas pá ellos, pá ellos...¡y a nosotros NÁ!
- Jajaja

Jose tiene una madre de 97 años a la que va a ver todas las tardes a la residencia. La llevaron allí hace un par de años, una vez que la hija que la cuidaba en un pueblo de Murcia vio que ya no podía seguir haciéndolo. Es el único de sus hijos que va a verla. Parió dieciocho, sobrevivieron catorce, ya han muerto cuatro o seis y al resto les da miedo verla de lo vieja que está. Pero a Jose no. El otro día me enseño una foto en su telefonillo. Se la veía sentada, mirando la ventana por la que entraba la luz del sol:

- Mira mi madre, Kufistín.
- Ah, pues se le ve muy bien, Jose
- Sí...Está muy vieja pero todavía me conoce
- Bueno, venga, vamos a limpiar la terraza
- Venga, vamos

Jose tendrá cincuenta y tantos años, aunque casi aparenta los de su señora madre; sólo de piel, claro, que parece una puta momia del siglo XXIII, pero aparte de eso tiene una vitalidad que ya quisieran muchos de los que se dejan los ojos en Internet buscando remedios para sus flojas genéticas. Apenas pesará sesenta kilos; se desplaza en una bicicletilla con cajón adjunto para las mierdas que va sacando de los contenedores pero con la que le ves subir cantando por la misma avenida en la que los maillotados domingueros van dejándose el bofe entre espasmos sobre sus pobres bicis de 3000 pavos; no tiene más vicio que el tabaco, ese sí, no tiene remedio. Casi todos sus hermanos tuvieron problemas con el alcohol, alguno murió por él, pero en todos los años que le conozco (que ya son más de treinta) jamás le he visto tocarlo: "Me ponía mu malo, Kufistín, me ponía mu malo, ¡me volvía loco!" me dijo una vez. Tiene una mujer muy simpática a la que siendo niña el borracho de su padre le saltó un ojo de una hostia. No puede tener hijos por no sé qué movida que Jose me contó como cuentan las cosas los inocentes, como si realmente nadie hubiera tenido la culpa, como si fuera verdad que las cosas que pasaron, pasadas están. Al poco de morirse mi padre, hará un mes, me los encontré una tarde mientras paseaba con mi habitual disfraz de los paseos, ese con el que puedo hacerme el loco a voluntad bajo la gorra, las gafas de sol y mi música. Pero no es el caso con Jose. Y vino ella, me dio dos besos y después de darme el pésame casi llorando me dijo algo que nunca olvidaré:

- Estamos aquí para lo que haga falta, Kufisto.

Ni Bach es capaz de eso.

Andaba limpiando el bar esta mañana cuando le he oído llegar con sus frenos y sus cantares. La Velvet ya estaba haciéndolo para mi por todas las fiestas de mañana y le he dicho que aliviara de mobiliario el salón y sacara a la calle lo que anoche, como todos los sábados, se guardó para hacer sitio en el local que tenemos al lado. Yo fregaba el suelo y él sacaba sillas y mesas para limpiarlas como si fueran suyas, o mejor, de un viejo amigo.

- Ya está, Kufistín.
- Pues venga

Le di su tabaco y su dinero, me dio las gracias y lo oí marchar cantando hacia sus cosas igual que había venido.


Después vino mucha gente que no me dieron más que su dinero.


Claro que aquí, en Internet, siempre estaré en modo paseo.






viernes, 12 de mayo de 2017

UNA TORMENTA CASI PERFECTA

Me extrañó verle tan temprano en el bar. Bueno, realmente me extrañó hasta verle.

- Hola, Kufisto
- Hola
- Oye...no te habrás encontrado un teléfono por ahí...no lo encuentro ni en el coche y como anoche estuve por aquí...

Le miré. Estaba claro que esta madrugada estuvo por aquí.

- Pues no, no...-respondí mirando el botellero, que es donde se dejan las cosas que olvidan sus borrachos.
- Jodeeerrr...Dame un zumo de naranja

Se lo exprimí. Tardó cero coma en bebérselo.

- Oye, voy a llamarte a ver si es que mi hermano lo guardó en algún cajón o algo -le dije viendo su cara de preocupación ante la pérdida de su medio de trabajo, pues este es de los que morirán de cáncer de oreja antes que de hígado, que ya es difícil.
- ¡Joder, es verdad, claro, claro...!
- A ver, dime tu número.

Estaba marcándolo cuando vi que lo tenía grabado. Tengo la tarjeta de memoria llena de números muertos.

Hicimos el silencio bajo el gorigori habitual de La Tienda en Casa y nada interrumpió las excelencias del maravilloso método Reduform para bajar de peso: "y recuerde, si combina el uso de Reduform con dieta y ejercicio los efectos serán hasta cinco veces más rápidos", dice la voz en OFF casi a paso de FF después de mostrar a diez o doce actores atómicos jurando que no tuvieron nada que hacer más que ponerse esa puta faja.

- Oye -dijo como si una cerilla se hubiera encendido en su cerebro- ¿y si lo tengo en el coche? ¡sigue llamando a ver si está allí!

Y salió tan disparado que olvidó pagar.

Pasaron dos minutos. Sonó Honest with me

- Dime
- ¿Quien eres?
- ¿Como que quien soy?
- Joder, sí, ¿quien eres? acabo de ver tu número aquí
- Kufisto, coño. acabo de llamarte
- Ah, joder, perdona, perdona...
- Vale, vale...

Y por segunda vez en el día que acababa de empezar olvidó pagar.

Entró el ciego.

- Hooola, Kufisto
- Hooola, Paco...¿cafelito?
- ¡Sí!
- Qué tal
- ¡Bien! ¡Dime el numerito de anoche!
- No
- ¡¿Por qué?!
- Porque no me sale de los huevos
- Jujuju...
- Y que sepas que hoy llegarán los doscientos Reduforms que pedí a tu nombre
- Jujuju...¿Y cuanto es la cuenta?
- Pues doscientos por sesenta...12000 euros
- Pues claro
- Luego nos vamos el lunes al mercadillo y los vendemos al doble
- Pues claro
- La mitad pá ti y la mitad pá mi
- Pues claro
- Tu voceando y yo vendiendo
- Claro...dame un vaso de agua, anda
- No
- ¡¿Por qué?!
- ¡PORQUE ESTÁS GORDO Y HOY TE TOCA PESAJE EN LA FARMACIA!
- Jujuju...
- Jajaja...ten, anda, 95202
- ¡Reintegro!
- Cabrón
- Jujuju...

Llamé a mi madre. Ayer les prometí a los loqueros que hoy haría arroz y anoche quedé con ella en que mi hermano y su hijo se traería al mediodía media bandeja de tocino.

- Oye
- ¿Qué?
- Echa la bandeja entera
- Vaaale

Me sorprendió verlos a la hora de su segundo desayuno reglamentario. Casi todos pidieron sanas tostadas de media barra de pan y piramidales cafés con leche, ya fueran enteros o descafeinados. Una vino a decirme a mi barra que la suya mejor de esto antes que de lo anterior que había pedido un par de minutos atrás. Otras dos siguieron sus misteriosos pasos. Uno de los únicos dos hombres, el menos raro, se acercó para rogarme que aguara fría pero levemente su té. El otro, el más raro, un cincuentón desgreñado, permanecía allí sentado mirando en silencio su té rojo con hielo como si Freud estuviera derritiéndose una vez más ante sus ojos.

A eso de las tres y cuarto, ya viendo que mis indecisos loqueros no iban a venir por segunda vez, me comí el último plato que quedaba del tocinesco arroz. Y sí, estaba tan bueno como habían dicho todos los que habían comido de él.

Llegaron dos mujeronas y me puse a hablar, a beber, a fumar y a reír con ellas. La tarde estaba que no sabía si seguir como la mañana o soltar el petardazo. Por tres veces había colocado la terraza y por tres veces había tenido que atortugarla tal y como los mayores que ahora están muertos me enseñaron hace muchos años.

A eso de las cinco fue como si Drácula se acercara en un tren para el pueblo. Todo se oscureció tan de repente que a los tres nos vinieron a la cabeza otros catastróficos oscurecimientos del pasado. Salimos para afuera y apilamos mesas y sillas tal que si fueran piedras antes de la llegada de Asterión, que estamos en La Mancha y aquí ni hay mar donde esconderse ni quedan Borges que lo cuenten.


Y empezó a llover como si Jesús se hubiera olvidado de lo acordado después de la última noche.


Lástima que sólo fueron cinco minutos.




miércoles, 10 de mayo de 2017

UNA VISITA MUY POCO ESPERADA

Es un tipo de esos que no te extrañaría demasiado verlo salir cualquier día de estos abriendo el telemaratón diario de La Sexta bajo un rótulo bien grande y acusador. Yo lo conocí hará ya unos veinte años, que en mi vida hay un antes y después de 2001 y con esa raya controlo un tanto los sucesos del pasado porque de otra forma todo sería como un presente continuo en el que poco daría cinco, diez o veinticinco años. Antes de aquella hubo otras, un par de ellas más, pero esas son historias que en su día se contarán. Incluso una posterior que pensé definitiva y ahora no pinta más que tantos otros cuadros del pasado difuminados hasta el extremo del práctico olvido. El paso del tiempo es como el del ciego que ni quiere aprender a serlo ni espera volver a ver.

Mi amistad con este del que os hablo, si es que se puede llamar amistad a lo que pasa después de los veinte años, fue como tantas otras en la vida de un camarero, es decir, amistades de barra, para entendernos. Terminaba de trabajar, él todavía andaba por ahí, y nos íbamos a echar la madrugada con quien fuésemos encontrando. Bebíamos bastante, reíamos algo, echábamos unos dardos o billares y luego se hacía lo que se podía, que tampoco era mucho en este lugar, en aquellos sitios y con esa gente de última hora. Al final cada mochuelo a su olivo, puede que algún abrazo de eterna amistad que ya entonces sonaban ridículos aún estando borrachos, y a casa a dormirla.

De todas aquellas noches (que tampoco recuerdo fueran tantas) hubo una en la que terminamos bebiéndonos una botella de vino a la puerta de la oficina de empleo. Estaba lloviendo y ya no quedaba ningún garito abierto. Pillé una botella del bar y nos fuimos andando, pasándonosla, hasta que arreció la lluvia y nos metimos allí. Y entonces él se puso a hablar de lo puta que era su mujer y de lo harto que estaba de ella. Yo la conocía, también a su hijito, algunas veces iban todos juntos a sentarse en la terraza del bar como cualquier otra "familia feliz", como si también ellos pudieran aparentarlo, como si ese sitio decadente pero de buena fama también lo tuviera para ellos siendo como eran gente de otras mesas menos ilustres y más alborotadas. Ella era una mujer bastante ajada para la edad que le presuponía, poco más de treinta, como su marido. Recuerdo sus ojos, grandes y oscuros, su tez pálida y su larga y lacia melena. Jamás la vi sonreír fuera de algún tímido intento cuando con toda mi buena voluntad iba a tomarles nota. Enseguida te dabas cuentas de que aquella pareja no funcionaba. Un camarero ve eso al toque; pero esto es lo normal fuera de los bares de copas, aunque no siempre de manera tan flagrante.

El caso es que estábamos allí sentados, a salvo de la lluvia, bebiendo vino a morro, fumándonos un canuto y él se puso a hablar de su mujer...Yo apenas decía nada, ¡qué iba a decir!; tenía veintipocos años y estaba como estoy ahora con cuarenta y tantos, sin pareja estable que dicen; hacía poco que había terminado una fantasmal relación que da para otro cuento y andaba dedicado por entero al trabajo y a escribir cosas que supongo gracias a Dios y ciertamente a la inexistencia de Internet nadie más leyó: había algunas con las que lloraba de la risa al día siguiente al ver lo malas que eran. Una hubo, apenas de cinco o seis líneas, que escribí todo fumado en una maravillosa tarde primaveral bajo los efectos de la lectura del Fausto de Goethe que era para mearse encima. Quizá la tenga todavía por ahí. Si algún día la encuentro la pondré como saludo de esta página.

Pero cuando este se puso aquella noche a hablar así de su mujer, de esa forma...no sé, me dio mal rollo aún yendo con el trozo que llevaba a cuestas.

Me fui de aquel bar para irme a otro y le perdí la pista casi que por completo. En alguna rarísima ocasión se pasó un tanto pasado por este. Muy de vez en cuando nos cruzábamos por la calle e intercambiábamos un breve saludo de reconocimiento, aunque no tan corto como para no darme cuenta de que se había quedado solo sin él decírmelo.

Y hará cosa de dos, tres o cuatro meses que me lo encuentro casi todas las mañanas fumando en la puerta de un bar que está junto a la churrería donde los pillo para el mío, en uno regentado por un par de chicas que tienen nada de regentas y mucho de poco cuento decimonónico, que no hay como mujeres de estas para que los hombres, sean de la condición que sean, acudan a ellas aún a costa de todo lo demás: las mujeres no tendrán alma, pero los hombres que ya no son jóvenes tampoco quieren que la suya les esté jodiendo a base de preguntas ahora que todavía no son viejos. Y después de todo se van a comer el mismo churro ahí que en la churrería, sólo que en lugar de vulgares churreras o encabronados churreros se los servirán un par de buenas y jóvenes tetas del otro lado del Atlántico.

No sé él conmigo, pero yo, fijándome en su mono reflectante, enseguida me di cuenta de quién era. Y le he ignorado todas las veces, que no hay como levantarse cuando todos los gatos empiezan a dejar de ser pardos para insistir en seguir viéndolos negros.

Acababa de abrir al bar esta mañana, mis churros ya liberados de sus inevitables saunas que tanto daño les hacen (es lo primero que hago), colocados en bandejas para para que respiren un tanto antes de morir en la boca de cualquiera, todavía a medio colocar el chiringuito, cuando ha entrado al bar.

- Hola, Kufisto
- Hola -no recordaba su nombre
- Dame una copa de dyc con un cubito de hielo.

Estaba igual que hace veinte años, o diez, o cinco, o medio. Igual. El otro día me enseñaron un vídeo de 1996 y podía reconocer a los que entonces no conocía y ahora sí conozco. Es inquietante lo poco que cambian las caras. Al menos para mi, que voy por aquí la mayor parte del tiempo esperando ver sólo gatos pardos o nuevos.

Hemos charlado un rato. Me ha hablado de lo que está haciendo sin mirarme ni una sola vez a los ojos. Ha pasado el ciego y le he puesto lo suyo. Se ha abstenido de bromear como siempre al darse cuenta de que no estábamos solos.

- Bueno, Kufisto, me voy al curro
- Pues nada, al tema -seguía sin recordar su nombre
- ¿Qué te debo?
- Dame uno ochenta nada más
- No, no...cóbrame lo que tengas que cobrar
- Pues dos euros

Me ha pagado.

- Bueno, ya me pasaré más por aquí
- Claro, no tengo pérdida


Y ya solos, el ciego ha empezado con su ritual de dar por culo.


Benditos sean los que no pueden ver porque ellos son el reino.






domingo, 7 de mayo de 2017

DÍA DE LA MADRE

Zapeé toda la TDT y al final dudé entre poner el final de Rocky y el inicio de Rocky II o una serie que no conocía sobre niños asesinos. Elegí esta última. Vino mi madre de la cocina donde estaba colocando la compra y me preguntó qué hacer con unas tiras de tocino que le habían regalado en la carnicería. Le dije que mañana nos las comeríamos en el bar. Después se cambió y se sentó en el sillón. Esta vez no dijo nada de cambiar de canal. Pero no pasaron quince minutos cuando dije que me iba a la cama aprovechando que había dejado de wasapear para atender una llamada. "Vete a la de abajo si quieres...por la humedad y eso" Le dije que no y me encajoné en esa que fue mi cama hasta hace poco menos que treinta años. Cogí la segunda parte del Quijote que me había traído la noche anterior y leí algunos capítulos rumiando si no sería mejor hacerle caso y cambiar de habitación. Llevo dos meses durmiendo allí un par de noches por semana y ya me había acostumbrado a la cama, pero ahora dicen que tiene humedad por culpa del water de al lado y ya se sabe que basta conque quien te quiere te diga si no sería mejor otra cosa para que tú te preguntes si tendrá razón, aunque luego hagas lo que siempre has hecho, es decir, lo contrario.

Me quedé allí. Y pensando que cada día que pasa más salva Sancho al Qujiote me dormí a la media hora con el puño pegado a la pared, como en mi casa desde hace más o menos los mismos dos meses, desde que una mañana en la que me levante aún más tronchado de lo que venía siendo habitual dije que era la última vez que dormía en el gran colchón, en mi gran colchón, en mi primera cama propia, en lo primero que pensé cuando firmé mi condena, "una cama grande" Doce años después también me he quedado sin esta y ahora vuelvo a dormir en una pequeña. Mía también, pero junto a la pared.

Desperté como si no fuera domingo y apenas intenté seguir durmiendo. Meé, me vestí, le di dos besos a mi madre que adormilada estaba con la radio puesta y me fui cagándome en el malnacido que poco menos estaba llamando paletos a los votantes de Le Pen.

Llegué al bar después de comprar la maldita prensa y puse a la Velvet. Iba a ser un día duro y no había que perder ni un minuto. Me lié a limpiar, a colocar, a fregar; en estas llegó el merchero con su bicicletilla y le dije que se pasara dentro de una hora. Terminé y me fui a duchar no sin antes echar una buena cagada. Desayuné y volví a salir pitando. Cuando llegué, Jose ya estaba allí, puntual. Le di la llave del otro local y cantando sus cosas empezó a sacar el mobiliario y a colocar y limpiar la terraza. Puse en el Spotify una carpeta variada de mi elección y me lié a arreglar el pescado para las paellas del mediodía. Apenas eran las nueve, no más, pero el pescado no es la carne, que hasta un porro no necesita más que echarla al fuego y mirarla de vez en cuando, no...el pescado es una cosa delicada, querido, y lo delicado necesita interés y atención, que esto no es un artículo de Carlos Herrera.

Y a eso de la una y media, cuando estaba bregando con la segunda paella, la de encargo, y todo lo demás apareció mi hermano.

- Esto me lo ha dao mama para nosotros -dijo sacando una bandeja con el tocino ya hecho.

Y se me llevaron los demonios. O los malos encantadores.

Cogí el teléfono y marqué su número. Le dije mil barbaridades en medio minuto y le colgué cuando ella decía que creía que la llamaba para felicitarle por su día. Al instante, como un trueno en la cabeza, me vino una sensación de amargura que apenas pude dominar. Terminé el jodido arroz mientras afuera, en la barra, en el salón, seguían habiendo los mismos cuatro gatos que había tenido en toda la mañana de mierda. Los mismos no, eran otros, y además con uno especialmente imbécil, pero tanta prisa, tanta trabajo para eso, para ver como el primer arroz languidecía de asco después de tanto interés...Joder.

Me acordé de Nietzsche, de Zaratustra, del superhombre...

Cogí el teléfono y marqué su número para pedirle perdón. Y no lo cogió.

Llegó el del encargo, uno que desde hace tiempo miro como si no llevara otra cosa que un verde gabán. Con todo su buen humor, con toda su buena bonhomía, con su camisa de 120 pavos y su gran, perpetua, pero no dolorosa sonrisa me habló de su experiencia de ayer en un restaurante por el cual los hombres son capaces de quedarse tiesos para que un punky consiga que su puta se abra de piernas después de hacerle fotos a los trece platos (menú normal) que colgará en su Facebook antes de probarlos. Pero este no es de esos; maneja, pero no para tanto. Era una invitación para él y su mujer. Cosas de tener negocios y no nogocios. Y para sorpresa de ambos me ha dicho que fue algo indescriptible. que de verdad merece la fama que tiene, que eso no se puede explicar con palabras, ni siquiera con fotos, y que, por supuesto, al salir no se fueron a comer una hamburguesa al McDonalds. Yo lo oía y me alegraba por él, pero no se me iba mi madre de la cabeza.

Al final cogió su paella y se fue.

Y yo cogí mi coche y me fui para la casa de mi madre.

La vi por el espejo del pasillo antes de verla. Parecía como si hubiera estado llorando. Entré al salón con las manos juntas pidiéndole perdón con una sonrisa que me salió sin pensarla, como lo de las manos. Ella rompió a llorar y la besé y la cogí de las manos.

- ¡Pero como eres así, Kufisto, como eres así...!
- Perdona, perdona...
- Es que una hace las cosas con todo el cariño, sabiendo lo liado que ibas a estar hoy, para que no te entretuvieras, para quitarte trabajo, para que sólo tuvieras que echarle las verduras que tanto te gustan ahora...-lloraba como pueda llorar una madre en su día por su amargado hijo
- Perdona, perdona...
- Estás amargado, Kufisto, estás amargado...
- No, no, no lo estoy
- Sí lo estás, Kufisto, sí lo estás...
- Perdóname, perdóname
- Tu padre siempre me lo decía, que sufro tanto porque me doy tanto...-decía llorando mientras señalaba la frontera foto de mi padre.
- Lo siento, lo siento de verdad

Volví al bar. Nos comimos el tocino. Estaba delicioso con sus ajos y su pimentón. También cayó el puto brócoli. También.

Mi hermano se fue y yo empecé a darle al tema un rato después. No quería pasarme. No estaba en condiciones de pasarme.


Pero ahora que estoy aquí sí que lo estoy.