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sábado, 13 de diciembre de 2014

VISLUMBRANDO A LLOYD




"A ver como se lo digo..." pensé mientras le cambiaba su billete en monedas con las que jugar al futbolín.

- Tienes que darle fuerte al chisme (no dije pitorro) para que salgan las pelotas, ¿vale?. Hasta el fondo.
- Vale. Hasta el fondo. Te llamo si tengo problemas -respondió sonriéndome otra vez; como antes, cuando salió a fumar mientras yo estaba fumando con un amigo.

- Me pones un Barceló con cocacola cuando pases, ¿vale? -me dijo yéndose un poco más allá.
- Vale - respondí sorprendido de que una muchacha como esa me hablara con una sonrisa como aquella.

La miramos caminar hacia el futbolín.

- Joder -dijo mi amigo
- Sí -dije yo- Y pensar que podría ser su padre...
- Jajaja...Pero te arreglaba el cuerpo esta noche
- Sí que me lo arreglaba, sí...Y la cabeza
- Jajaja

No hacía una hora, poco antes de la llegada de mi viejo colega, a eso de las cinco, cuando andaba poniendo las primeras copas de la tarde, que me había invadido una sensación de tristeza tal que durante un instante (sólo eso) tuve ganas de coger la puerta e irme a casa sin decirle nada a nadie.

"Oh, Dios...todavía me quedan dos horas..." pensé mirando al reloj de la pared que estaba a mi espalda. A un lado, las botellas; y enfrente la televisión no hacía sino mostrar silenciosamente mucho de lo que me saca de quicio. Ya había quitado a Dylan para poner la emisora indie. Hoy es día de cenas de empresa. Y de comidas. Y, después de todo, las chicas sólo quieren pasárselo bien.

Un grupo de diez, mitad y mitad, acababan de abrir el melón. Uno de ellos, un buen chico, el que fijo había llevado a todos allí, me enseñó una foto con su entrada para ver a los Kiss en Madrid.

- Ya sé que no te van, a mi tampoco, pero oye...Tiene que estar bien
- ¿Cuando es? 
- En junio
- Joder. ¿Y ya están a la venta?
- Vaya...

Para la mierda siempre hay tiempo. Siempre hay tiempo de sobra para la mierda.

"Oh, Dios...tengo que echarme una copa"

Me la bebí mientras ellas chillaban y aporreaban a los muñecos del futbolín como si fueran chulazos de una despedida de soltera.

- Ponme de todo lo que tengas en el gintonic, jajaja -me había dicho la más pequeña, casi una enana, que no podía dejar de hablar y reír.
- A una le eché un ajo una vez y le gustó.
- No, ajo no, jajaja...

¿Cuanto ríe la gente? Aún antes de estos, los primeros después de las cañas, vinieron tres, dos chicas y un chico. A una la conozco desde hace tiempo; prácticamente la he visto convertirse de niña en putón. Siempre está riendo: "¿Qué quieres?", "Jajaja, un café", "¿Como lo quieres?", "Jajaja, cortado, jajaja" Está con uno más viejo que yo, uno que pasó un tiempecillo en chirona cuando éramos chavales. Drogas. Hace 20 años largos de aquello. Él me mira como si no quisiera verme. Yo lo miro porque está en mi casa. Y ella ríe y ríe. Y la otra te mira como si no fueras más que otra triste polla de 19 centímetros. Estupendo.

- Jajaja...¿recuerdas aquella noche que nos caímos con la moto? -le he dicho a mi viejo amigo, ya un tanto animado por la tercera copa
- ¿Qué?
- Sí, joder...Hará veintipico años de aquello...

Al final lo recordaba él mejor que yo.


Llevábamos un buen rato callados, bebiendo en silencio, mirando lo menos incómodo, cuando he visto a aquella muchacha salir del water. 


Me ha mirado sin sonreír y se ha sentado con su cuadrilla.


Y poco antes de irme la he visto en los brazos del más imbécil.



miércoles, 3 de diciembre de 2014

LA RESPUESTA ESTÁ EN EL VIENTO




- ¿Dylan? ¡Dylan era la hostia...! ¿Tú lo has visto cantar siendo un crío, en las universidades, con el público absorto con lo que decía un chaval de 18 años?...En Youtube hay vídeos de eso
- Ya -dije yo- pero a mi el que me gusta es el que viene a partir de Love and Theft 
- Sí, bueno...pero aquello que te digo era tremendo.

Hoy me he enterado de que nació en 1950; no Dylan, sino mi amigo al que le gustaba Dylan.

Aquella tarde fue la primera vez que hablamos de algo. Lo conocía como a tantos otros que vienen por el bar: hola, holauncafé, comoloquieres, solo. No le echaba azúcar. Siempre me encontraba el sobre entero cuando recogía su servicio. Supongo que dejaría de ponérselo a la cuarta o quinta vez. O quizá no. O quizá siempre se lo puse. Resulta complicado dejar de poner el sobre del azúcar en el platillo del café.

Una tarde de hace un par de años lo vi bajar por la otra acera; hacía un mes que no venía por nuestro bar. Me extrañó. Apuré mi cigarrillo y por un momento pensé si le habría dicho alguna vez algo que le molestara.

Volvió al cabo de unos días.

- ¡Hombre!
- Kufistooo...

Había estado ingresado en el Hospital. Dos semanas, "cosa de los pulmones" o algo así, creo recordar...No tengo buena memoria para lo malo. Se quitó de fumar.

Otra un poco más tarde se salió conmigo para continuar nuestra conversación musical en la puerta del bar. Y mientras me fumaba un pito no sé porqué le pregunté a qué se dedicaba.

- ¿Y tú qué haces?
- Soy pintor
- ¿Pintor de pintor?
- Pintor. Pinto cuadros.

Y se sonrió.

Estuve a punto de decirle que yo era escritor; escritor de escritor. Pero no llegué a hacerlo. Nunca.

Esa misma noche miré en Internet por su obra: había expuesto en Madrid, Barcelona, Marbella...De esta última había un vídeo colgado en Youtube: ahí estaba él, rodeado de gente guapa, de mujeres estupendamente operadas; una madura princesa alemana (Marbella debe de tener el récord de princesas sin Reino), absolutamente follable, cortaba riente una especie de banda de esas que cortan los Reyes cuando inauguran algo. Un tipo joven, con aspecto de contertulio de Parada, absolutamente amariconao, la abrazaba amorosamente por lo bien que lo había hecho. Después salían más tías buenas, todas operadas, o lo parecían; gente de dinero, de pasta...Estaba hasta el Kashogi, ese cabrón.

- ¡Hostia! -le dije al otro día- ¿este es el de la Melody?
- Sí, ese es.
- Joder...¿Y te tiraste a alguna de esas perras?
- No, jajaja...
- ¿Vendiste algo?
- Sí...

Poco después me invitó a ir a su estudio, muy cercano al bar: "Pásate una tarde y lo ves" me dijo. "Claro" respondí. Jamás fui.

Recuerdo que otra tarde, una de esas en que ya éramos amigos, un tanto cansado por no preguntarle sobre su oficio, lo hice de Picasso, otro que no entiendo.

- ¿Y qué te parece?
- Oh, un genio. Un genio total
- ¿Y eso?
- Porque fue un tío que creó algo nuevo.
- Pero yo no sé...Yo veo a Velázquez y lo entiendo. O a Rembrandt, que una vez lo vi en el Museo del Prado...Pero Picasso...no sé
- Para pintar como Picasso -dijo él- hay que saber pintar como Velázquez. ¿Has visto sus cuadros de juventud, cuando todavía estaba en Málaga, o en Barcelona?
- No
- Pues ahí ya lo tenía, ya pintaba como él.
- ¿Y Dalí?
- Jajaja...ese fue un bluff, un producto de mercadotecnia...Si te fijas bien en sus cuadros ves que están llenos de fallos. No tenía técnica ninguna. Sólo fue que se vendó bien.

También le gustaba mucho la música; la música moderna: el jazz, sones iberoamericanos, el rap más actual cantado en español, los Beatles, Dylan, bandas de hoy en día...estaba puesto en el tema "Pon esto, Kufisto" Y lo ponía en el Spotify y me quedaba a cuadros cuando oía esas constantes rimas (certeras, sí, pero agotadoras) celebradas por un tío de sesenta años.


Ayer terminé mi turno con la reserva en sus mínimos. La noche anterior (mi día libre) me chispé tontamente en casa a base de vino y de whisky, la peor de las mezclas, aunque no tanto como cuando te la preparas tú y no los demás: uno no sabe lo que es beber hasta que empieza a hacerlo en casa. Me duché, me afeité, me desayuné y un rato después no había más que un cierto cansancio. Ni rastro de ganas por bombardear el mundo entero con todos sus hijos de puta dentro.

En ningún sitio como en casa.

Pero vamos, que a eso de las siete de la tarde ya estaba bastante cansaete...Llegó mi hermano, fuíme y comí algo de lo que no había comido durante todo el día.

Y entonces, por puro aburrimiento, por no ponerme El Resplandor por tercera vez en cuatro días, por no dormirme antes de tiempo, por no despertar en mitad de la noche, puse una peli-documental sobre Bach que un amigo me había aconsejado en la Red.

No me gusta Bach. No me gusta lo suficiente.

Con todo, hice el esfuerzo. Y ellos no hacían más que cantar, y venga cantar, y más cantar, y cantar y cantar...A mi me gusta la música.

Por tres veces estuve a punto de quitarla, pero me detuvo mi abotargamiento y las narices de su mujer: siempre me han gustado las mujeres de narices prominentes,

Y en el mismo momento en el que empezaron a salir los títulos de crédito del tostón sonó el himno soviético en mi teléfono, tan raro que casi me había olvidado de él:

- Kufisto -dijo mi hermano con voz que me mosqueó- ¿te has enterao?
- ¿De qué?
- Se ha muerto Gio...Se ahorcó el domingo...Lo han enterrado esta mañana...
- ¿Qué?
- Sí...
- ¡Pero si estuvo aquí por la mañana!
- Y por la noche también...


- ¿Como va eso, Kufisto?
- Bien, joder, bien...Prueba el guiso que acabo de hacer
- Venga


¿Dylan? ¡Dylan era la hostia!


Lo siento, Gio.


Lo siento mucho.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

UN RELÁMPAGO EN EL CAMINO




Eran hojas, todavía verdes, lo que refulgía sobre la húmeda tierra. El sol de la mañana estaba en ese punto de su camino donde hace ver cristales en lugar de hojas al adormecido caminante, todavía triste por los escurridizos sueños de la noche pasada.

Las hojas, pegadas a la tierra mojada por el agua de la lluvia pasada, recuperaban el color de su naturaleza a medida que el extrañado caminante se acercaba. Eran hojas muertas y no un mar de botellas rotas lo que había vislumbrado tiempo atrás.

El cabizbajo caminante, resguardándose aún más del molesto viento que sólo para él parecía estar, pasó a través de ellas sin cuidado de no pisarlas. Allí, entre ellas, vio como dejaban de brillar a su paso. Miró al sol del cielo por primera vez en lo que iba de día; y pensó que en otros lugares, demasiado lejanos para el espacio de un solitario caminante, aquella luz estaría en ese punto del tiempo donde todas las cosas son lo que parecen.

Nada ni nadie había borrado las huellas de ayer, muy marcadas, quizá demasiado, para el exceso de tinta simpática de quien camina sin buscar nada ni nadie.

A un lado del camino, puede que en el derecho, el caminante oyó cantar desde alguno de los árboles a un pájaro que no vio; y pensó que habría más, muchísimos más, que estarían callados; y también pensó que quizá, si hubiera ido a la búsqueda del que cantaba, seguramente habría espantado a quienes silenciosos estaban. Y yendo más allá se preguntó si aún dando con él hubiera podido asegurar que era ese y no otro aquel que oyó tiempo atrás.


Entonces el viento se hizo para todos y empujó hacia el cielo a miles de pájaros que chillando como locos volaban hacia ninguna parte bajo ese azul dorado que muy pronto estaría otra vez tan negro como el árbol abrasado por el rayo.


martes, 11 de noviembre de 2014

VACACIONES EN LA BIBLIOTECA DEL PUEBLO




Hoy ha amanecido malo y he decidido ir a la biblioteca en lugar de a pasear. Tampoco yo estaba muy bueno y no era cuestión de tentar la suerte al comienzo de mis vacaciones. En el coche, frente a la gran puerta de entrada, he apurado el primer cigarrillo del día al son de la segunda escucha del Bullet in the head. No muy fuerte, eso sí.

Una vez dentro he visto a un conocido drogólogo ya cerca de la cincuentena ejerciendo de bibliotecario. Él no me ha visto a mi y he dirigido mis pasos hacia la sala secundaria. Allí todavía no había nadie. He dejado mi cuaderno y mi botellita de agua en un sitio bien iluminado, junto a una de las ventanas; me he quitado el abrigo, lo he colgado en la silla correspondiente y he ido a buscar algo que leer en la otra sala. Al regresar, ya tenía compañía al otro lado de la mesa: unos asientos más allá emergía la ácida expresión facial de una cuarentina con aspecto de opositora.

No he tardado mucho en abandonar la casposa lectura religiosa por la de una biografía de Nietzsche. Y ha sido entonces cuando justo enfrente de mi se ha sentado una chica joven aunque ya un tanto ajada, con gafas de color y no del todo fea. Ha extraído de su mochila una especie de atrio de madera que me ha hecho recordar a Sánchez Dragó, un bidón de agua con la leyenda Tú puedes pintada sobre él y muchos otros enseres y abalorios a los que ya no he prestado atención habiendo visto lo visto. De hecho, me he levantado para ir al water; aunque a lo mejor ha sido más para dejarle el suficiente espacio vital y visual como para que no se sintiera del todo incómoda. Quizá ese fuera "su" sitio de todos los días y yo el tío raro y feo que empezaba a joderle su maravilloso día con mi presencia.

A la vuelta he pillado de una de las estanterías el tercer tomo de las partidas selectas de Botvinnik; lo recordaba de muchos años atrás, cuando el asiduo era yo y el bibliotecario era otro muy diferente al de ahora. Leyendo el magnífico prefacio estaba, absorto por la concisión de su vocabulario, pensando que un hombre escribe de ajedrez como juega al ajedrez, cuando ha emergido una gran voz entre el silencio que allí habitaba:

- ¿VAIS A ESTAR ASÍ TODA LA MAÑANA? -ha gritado la Opositora girándose hacia dos muchachos que tres o cuatro filas detrás habían cuchicheado quizá durante 20 segundos- ¡ALGUNAS VENIMOS AQUÍ A ESTUDIAR! -ha sentenciado desafiante bajo sus gafas de color.

Los chicos se han callado y yo he mirado el equipaje de la tronante: un bidón exactamente igual que la chica que yo tenía enfrente, con la misma leyenda, con ese jodido Tú puedes y un libraco lleno de post-it (creo que se llaman así) de diferentes colores pegados sobre sus páginas, muy subrayadas a rotulador, cada cual más chillón.

Poco después ha sonado la primera alarma de mi móvil, la he apagado al instante y he salido a fumarme medio cigarrillo refugiado en el coche. He vuelto a poner la misma canción y he regresado a mi sitio.

Recordando la única partida que Botvinnik jugó con Fischer hacia ella me han llevado mis dedos sin necesidad de pasar por el índice: sé el año y Botvinnik ya no jugaba mucho por entonces. La he encontrado sin ninguna dificultad. Qué gusto da leer cosas buenas.

Andaba por el eventual sacrificio de dama fischeriano ("no me lo esperaba", reconoce con justicia Botvinnik) cuando en mi teléfono ha saltado Bonham y su loca batería de Rock n´roll. Esa es mi segunda alarma. No me sirven de nada, yo me despierto mucho antes, pero no las quito por pereza y porque no me disgustan del todo. La he apagado al momento, sorprendido de que sonara a pesar de haberle quitado el volumen al móvil cuando se activó la primera. Nadie ha dicho nada. Ha sido cosa de poco y no tengo buena cara. Tampoco sé mucho de teléfonos.

Y viendo el final de aquella mítica partida, leyendo al viejo y enterrado Misha, su elegante sorna con la que nos habla de la reacción del joven y enterrado Fischer, no he podido dejar escapar una leve sonrisa un tanto sonora.

Al levantar la cabeza he visto fugazmente que la chica del otro lado no miraba a través de sus lentes, sino sobre ellas. Entonces ha enfocado los ojos hacia su bonito atrio de madera. He recogido mi cuaderno, mi teléfono, mi botella de agua vacía y los libros de los otros.


En la calle seguía lloviendo. En el coche seguía Bullet in the head.


Hacía frío en casa. He puesto el brasero del sofá. El gato ha venido enseguida. Hemos estado viendo lo que había afuera.


Las gotas de fina lluvia se deslizaban torpemente hacia el quicio de mi ventanal, como si les gustara quien estaba mirándolas.


Suerte tardó cero coma dos en quedarse profundamente frito. Lo sé aunque no lo vea. Uno sabe que el otro duerme por el ruido que hace al hacerlo, no porque lo vea con los ojos cerrados.


Hice lo que pude para no despertarle: estaba a punto de empezar las tercera partida del Campeonato del Mundo de Ajedrez.


Pero no fue suficiente.


Gruñó, pegó un salto y se fue a su habitación.


Al menos ganó Anand.


Todavía hay match.


Todavía hay match...




viernes, 17 de octubre de 2014

EL SALTAMONTES VALIENTE




El viejo saltamontes, grande y ya mucho más gris que verde, yacía sobre la estrecha acera mirando hacia arriba con sus grandes ojos negros, tanto como los de la moribunda mosca de aquella película.

Evité pisarlo en el último momento, en el mismo que le vi, extrañado porque no hiciera ni el amago de saltar un vulgar zapato, uno de tantos, uno que venía de hollar la tierra del cercano cementerio, sorprendentemente libre de gatos en busca de este sol que parece haber regresado a septiembre, como si no quisiera llevarnos hacia el difunto noviembre que a todos nos espera a la vuelta de la esquina de siempre, fría y oscura, vacía y silenciosa, decadente, mortecina a la espera de las luces de la Navidad, tan cálidas antes y tan asfixiantes ahora, cuando el fuego de tu alma cada vez tiene a menos dispuestos a echarle troncos para avivarlo, cuando tu hoguera sigue siendo la misma que te encontraste, ya con poca madera que quemar y a no mucho de transformarse en brasas, en cenizas, en humo y en polvo.

El viejo saltamontes, grande y ya mucho más gris que verde, había abandonado el campo a la espalda de la acera de enfrente, lleno de bichejos muertos por los primeros fríos pasados. Pero él no es tan pequeño: él necesita un poco más de tiempo frío para morir.


Y hoy, que ha salido un sol que ya habíamos enterrado, el viejo saltamontes, grande y ya mucho más gris que verde, ha decidido que era mejor irse de este mundo entre los vivos que entre los muertos.


A lo mejor ya lo está. O no. Quizá esté pensando que no todos somos tan malos como su instinto le decía, tan maximalista como todos los instintos que en el mundo han sido. Quizá, por fin, esté tranquilo y sereno, a la espera de un descuidado pisotón del que quizá se haya olvidado. Quizá su instinto ya esté muerto. Quizá ya es libre. Quizá dé gracias de todo corazón por haber dejado de necesitar montes que saltar y zapatos que evitar. Quizá, en estos últimos instantes de su vida, esté dando gracias a su dios por haberle permitido llegar hasta el otro lado de la calle para estar un ratito entre el mundo que siempre evitó.


No es tan malo.


Y yo no le he matado y me ha dado un poco de calor.


Ese pequeño y valiente saltamontes ha echado su leño en este sucedáneo de hoguera mía que ya languidecía asfixiada entre las brasas.


jueves, 25 de septiembre de 2014

EL MUNDO COMO MI REPRESENTACIÓN




"Citando a Schopenhauer en su libro El mundo como representación..."

Le di al botón y saltó el Hot Rats de Frank Zappa; creo que el quinto corte, ya no me acuerdo...Reconozco al primero, ese que parece la banda sonora de una porno-yanki de los ochenta; todos los demás me suenan a Radio Clásica cuando no está Mozart: no molestan. Arranqué el coche y puse rumbo a casa.

- Ya vasss - le había dicho a una cuarentona disfrazada de deportista que lleva seis meses sin fumar.
- Jajaja...No, vengo de hacer pilates
- ¿Y ahora vas para el gimnasio?
- Nooo, jajaja...Los lunes y los miércoles al gimnasio, y los martes y los jueves...
- Ahhh...a lo de Madel, ¿no?
- Sí, hay que quitar esto, jajaja -y se ha cogido con la mano libre las mollejas de su incipiente panza seca por los siglos de los siglos-
- Jajaja...Bueno...adiós
- Adiós, jajaja...

"Todavía tiene un polvo" pensé al oír el nombre de Schopenhauer, "pero si esta, que prácticamente era anoréxica, ha engordado al dejarlo...yo me pondría como una ballena azul varada"

Hice el segundo stop y pensé en lo que había hablado con Pepe, ese hombre que no sabe vivir sin una mujer a su lado.

- Yo es que no puedo vivir sin una mujer, Kufisto -me dijo una tarde, años ha, en la que extrañamente se le soltó la lengua, pues es lo más cerca que he estado de conocer a un enfermo de Asperger.

Diez años mayor que yo, igual de atractivo que una acelga revuelta en coliflor, se casó por segunda vez con una mujer de metro cincuenta, cien kilos de peso, mala salud y hermana de ex-presidiario.

- Ya, Pepe...
- No puedo vivir sin una mujer, Kufisto...
- Ya...

Fueron al bar después del casamiento civil, antes de la celebración...Ella se había vestido de blanco; era su primera vez y tenía quince años menos que él:

- ¡Qué guapa estás! -le dije besándola
- Jijiji...gracias, Kufisto

Hubiera tenido tiempo de meterme en la circulación de haber visto bien el intermitente de quien venía, pero estaba recordando los viejos tiempos acabados de rememorar con Pepe mientras bebíamos nuestras copas. Otras marcas de bebida, otra clase de garitos, otra clase de gente.

- Yo empecé a trabajar -me ha dicho- cuando abrieron el A..., en el 82, con 14 años. Entonces era lo mejor de la comarca.
- Sí...me acuerdo de después, de cuando yo empecé a salir...Aquello era lo mejor.
- Entonces se pagaba por entrar, sin consumición; las tías también.
- ¿Sí?
- Sí...pagaban menos, pero pagaban.

Hemos hablado de aquellos garitos, de aquellas bebidas, de aquellos licores, de aquellas combinaciones más muertas que el legado de Siegbert Tarrasch...

Un buen rato. Nadie nos ha escuchado.

Finalmente entré mi coche a derechas y enseguida me metí a izquierdas. Todo a izquierdas. Hasta mi cochera, que es a derechas.

Estaba abierta y recordé al guardia civil del café de la tarde, un tipo que ya sólo vive para su único hijo, a cero coma de entrar en la adolescencia:

- Este hijoputa -dijo refiriéndose al hijoputa que drogaba a las criaturas para abusar de ellas- este cabrón, este mierda...
- Ya...
- Esto es pá matarlo, de verdad, Kufisto...
- Sí

Luego me ha comentado que una niña de catorce años se había tirado por un acantilado al no poder soportar las putadas de sus compañeras de clase.

- No jodas

Le he cogido el periódico y he leído la noticia.

La cosa había pasado el año pasado, sólo que ahora salía la madre denunciando todo eso.

- Oh, Dios -he dicho de verdad

No puedo con eso. No puedo con quien se quita toda la vida; aunque aguanto a quien se quita la poca muerte.

- Oh, Dios, joder...catorce años...
- Las niñas son peores que los niños, Kufisto...Los chicos se enfadan y se pegan y al rato se ha olvidado, o casi; pero las niñas, estas niñas...
- Ya
- Mi hijo...
- Sí

Bajé la rampa de la cochera y vi que no podía entrar a ella: otro coche estaba interrumpiendo mi paso. Enseguida llegó su amo para quitarlo; un vecino tartaja que se machaca con la bici ahora que no tiene nada que hacer más que alimentar a una mujer y a un par de criaturas.

- Perdón, Kufisto, per-perdón...
- Nada, coño, nada...

Tuve que ir hasta el final y rodeé sus columnas a buena marcha, con seguridad, como me gusta hacerlo aunque falle a veces. Regresé y aparqué como quien ve una partida de Leko.

- ¿Como va eso? -le dije al bajarme del coche-
- Bien, Ku-Kufisto, bien...
- Venga, hasta mañana
- Hasta ma-ma-ñana, Kufis


Llamé al ascensor.


E intenté no olvidar la obra de Schopenhauer.


domingo, 10 de agosto de 2014

SICILIANA. CERRADA




Hay pocas cosas mejores que borrar en al amanecer dominical las huellas de una larga y productiva noche saturnina.

Llegas al bar después de comprar los periódicos en el kiosko de esa mujer agotada, aparcas en la sombra que alcanzará el mediodía y ves los restos de la fiesta en forma de colillas a medio aplastar, pajas multicoloreadas y algún que otro vaso de cristal escondido tras las plantas de los maceteros, los últimos superviviente de la recogevasos. O penúltimos, que siempre encuentro alguno cuando doblo la esquina para sacar la basura del final de la madrugada.

Abro la puerta, recojo el periódico local y obligatorio a mis pies, miro el piso y según la mierda que vea en él sé si la cosa ha ido de puta madre o bien; aunque ahora, en verano, no es tan determinante: el rastro está afuera. Y la acera de hoy tenía la mierda suficiente como para vislumbrar el oro de los manchegos, esos tipos que tienen que meterse bajo tierra para ver el agua: de ahí que nos inventemos a nuestras ninfas, casi siempre aldonzas. Y no estoy hablando de la belleza que, haberla, hayla.

He leído tanto que ya no sé si escribo yo o combino las cosas de lo leído. Yo, si soy algo, soy un combinador, un ordenador de todo lo asimilado; mal o bien, pero mezclador. Un coctelero, vamos, a pesar de pasar de ellos: "Eso, cuando llegue mi hermano" Yo, no. Esto con esto y eso con eso, lo normal, lo de siempre, que para mezclar ya tengo mi pobre cabeza. Y mis años.

Digo esto porque hace no tanto vi otro estudio "científico" donde se decía que la música no es que ablande a las fieras, no, sino que ordena hasta el agua: tú le pones Rage Against the Machine a una gota de agua en el microscopio y parece un cuadro de un burro; le pones a Mozart y adivinas a las Meninas Acuáticas. Y yo, mozartiano siempre y hasta su lejana muerte, es lo que hago después de bajar los toldos: Spotify, The best of..., aleatorio. Siendo todo bueno, ¿para qué ponerlo en el orden de otro? Cuando yo, tiempo ha, grababa mis cintas preferidas metía los títulos de las canciones que me gustaban en un vaso; después los removía con los ojos muy cerrados y las iba sacando: "¿Esta? pues esta" Y en ese orden las grababa. Y así hasta que me cansaba de la selección y hacía otra.

Siempre he tenido más gusto por lo que imagino que por lo que veo. ¿Error? Bueno, ya se verá. Yo ya no puedo ser de otra manera. ¿Alguna vez ha habido alguien que haya dejado de ser lo que ha ido siendo? La vida es una partida de ajedrez. Y ya puedes haber hecho la apertura conforme al libro que en el medio juego no hay más teoría. Y el final ya se sabe...mate. La clave de la vida, de tu vida, está cuando empiezas a combinar por ti mismo; tal que un Tal de la vida: "esta jugada es mala contra este jugador, pero está apurado de tiempo y va a meter la pata seguro..." Y metía la pata y ganaba. "La combinación de Tal era errónea" decían las ratas del ajedrez tres meses después, demostrando la falsedad de la belleza que él había creado en dos horas...Y fue campeón del mundo durante un año y hoy todos los aficionados del mundo le recuerdan más que a Botvinnik, ese tío que llevó la corona durante quince años y educó a toda la escuela soviética de ajedrez, Karpov y Kasparov incluidos.

La Belleza efímera, inconcebible, rota, tramposa, como todas...¿pero quien puede vivir como un robot? ¿quien como Dios? ¿acaso Él es más interesante que uno de nuestros iguales, que una de sus criaturas? ¿puedo yo abrir las aguas de un riachuelo ridículo para no empaparme los sudados calcetines mientras pongo otro nuevo rumbo hacia la montaña más alta que ven mis ojos alumbrados por un sol estremecedor? ¿es educado pedirle lumbre a quien está quemado? ¿es justo? ¿es noble jugar así, a ciegas, como si todos los demás fueran subnormales? Ah...No hay mayor desprecio que no recibir el suficiente aprecio.

No hay juego cuando todo está marcado desde el principio.

Mozart, Mozart...el Tal de la música, el dios de los aficionados: "Bach es Dios y Beethoven su Hijo" dicen los que saben.

¡Oh, Cthulhu...! Yo sólo sé que me gusta y me hace sonreír. No tengo ni puta idea, pero sé que quiero morir escuchando su música.

No así al bar, que hace dos semanas desde que cambiamos el ordenador y todavía no sé como controlarlo.

- ¿Y esta puta mierda de los cojones? -llevo diciéndome los dos últimos domingos: no sé si está apagado, encendido o qué pollas le pasa. Y como voy tan justo de tiempo no me entretengo mucho más en mi intento de desinfectar las malas vibraciones acústicas de la noche anterior. No por nada; nuestro bar tampoco es Sábado Sensacional, no, nada de eso...Música moderna, de ahora, para que bailen las chicas y tal, pero así en plan moderno, también hay maricones por ahí, o gays, como haya que llamarlos. Yo, a esas febriles horas del sábado noche, procuro estar durmiendo; con el teléfono encendido, claro. El hermano mayor...Como Fredo con Moe Green.

Encendí la tele de la barra para que hiciera ruido y emergió el último superviviente, un tipo que se come hasta los ojos de una vaca muerta.

Barrí los pocos restos que no había barrido uno de mis hermanos pequeños, fregué el suelo y coloqué todo el material sobrante de la noche. Después trasvasé la mayor parte del mobiliario de un sitio a otro, la parte más difícil, pero es la que sobra si tienes la clientela suficiente como para convertirse en una molestia. Extendí la pequeña terraza, me puse al arroz y, entre tanto, preparé algunos aperitivos dela vieja escuela con un pequeño toquecito.

Todo estaba en su sitio y a su hora.

Cuando volví a mirar la tele vi a un par de gilipollas en Sri Lanka diciendo lo malo que es estar en Sri Lanka.

Puse Radio3 para dar ambiente y pareció como si emitieran desde Sri Lanka.

En la radio de Spotyfi, en los tres o cuatro canales que controlo cuando por fin se despierta, no sonaba nada más que mierda.


De tal manera que dieron las tres como si hubieran sido las doce y me decidí a poner lo mío.


Led Zeppelin, BBC Sessions.


A tomar por culo.


- ¿Qué tienes puesto, Kufisto? -me preguntó una carruselera divorciada con premio ya a ocho años de caducidad y a las puertas del tren de la bruja
- Led Zeppelin

Andaban en mitad del Dazed and Confused, cuando Jimmy saca el arco de violín.

- Joder
- Espera, coño, que ahora empieza la tralla
- Pon la tele o algo...

La gente viva se agobia enseguida. La gente viva no puede comprender lo muerto.


Se fueron a follar. Volvieron.


Y ya se habían ido por segunda vez cuando entró una madre con su hijita, una cosita que todavía no tiene dos años, pero tan hermosa e inocente como para hacer el anti-kufisto con toda tu alma.


Le puse los dibujos animados de Clan Televisión para que se comiera su potito de la media tarde; no sé por donde iba el BBC de los cojones.


Tuvo tiempo para cagarse encima antes de mi marcha.


No le importó tanto como a su madre, esa mujer fuerte, esa hembraza, ese dibujo de Crumb.


- Dime adiós, preciosa.
- Adós.


Y el círculo se ha cerrado.


Otra vez.


Un día más.


Suficiente.




viernes, 8 de agosto de 2014

MATE PASTOR




- Jajaja - me reí.

Un tipo acababa de contar en un foro que iba a empezar a hacer la dieta del nigga:

Blabla...comer pollo frito...blabla...fumar yerba...blabla...hip-hop...blabla...14 o 16 horas diarias durmiendo...

Jajaja...Quince horas diarias de buen dormir. Nadie duerme tanto si lo hace mal. Quince horas...Me acordé de aquel informe científico, otro, ese que dice que pones a un negro solo en una habitación sin estímulos y se duerme en cero coma dos.

Jajaja...

Coño.

Cuando desperté por segunda vez, la definitiva, el sueño de la primera todavía seguía allí: apenas había dormido cinco horas juntando los dos asaltos. Había sido tan fuerte que no pude olvidarlo ni volviéndome a dormir.

Y eso que fue un pimpán, despertarme y dormirme otra vez...pero se quedó conmigo. Aún dos horas después, ya con una de paseo muy matutino, no se me iba de la puta cabeza. Quité al mierda de Radio Clásica y su francofilia de hoy y puse el BBC de los Zeppelin a toda hostia. Inmigrant song, tan cruda como una naranja metálica, consiguió disipar la nube que, todavía, tiene poder para asfixiarme desde el reciente actimel hasta el viejo diente de ajo que, por cierto, hoy no me he comido.

Quince minutos después llegué a casa con Good times, bad times en modo aleatorio.

Siempre me gustó así: a lo que salga de lo que me guste.

Me cambié las ropas exteriores, me rocié con desodorante y, con todo el tiempo que me ha faltado desde marzo, más o menos, me fui al bar no sin antes parar en la frutería del moro.

- ¿Tienes los limones gordos?
- NO, AMIGO...¡NO HAY, NO HAY...!

Ya van dos semanas que me asegura tenerlos para el finde y no los tiene.

- MUUU CAROS, MUUU CAROS, AMIGO...
- Me da igual, traémelos. Una caja.

Y no la trae.

- ¡NO HAY, NO HAY!

Hijoputa.

Bah, que ten den por culo.

- Te dejo esto aquí mientras hago la compra -le dije una tarde de descanso.
- ¿Y esto? -me preguntó al ir a pagar las bolsas con sus tomates, sus manzanas, sus limones y sus naranjas sobre el cuchitril que tiene por mostrador.
- Miel. Miel de la buena.

No hacía ni quince minutos que la había comprado en la tienda pija, una que lleva una obesa que parece asustarse cada vez que entro, aunque ya menos. Cosas de comprar las cosas cuando vienes de andar las montañas del pueblo. Y ahora que lo pienso...ná, ni yendo de frac. En la mirada no llevo más que cinco horas de regular sueño. Y eso con suerte.

- Ahhh...-dijo el moro
- Es cara, pero es buena -dije yo
- ¿Cuanto?
- Doce euros. El kilo.
- ¿Donde la ha comprado? -preguntó admirando esa obra de arte que contenía a ese don de Dios.
- Allí, en una tienda al lao del Cristo de...
- Ahhh...En mi país, la miel, trenta euro kilo.
- ¿Quieres que te traiga uno la próxima vez?
- Sí. Por favor -y pensé que si la gorda me mira como a un salvaje a este lo miraría como a un moro. Acepté.

Y a la semana siguiente la tenía allí.

- Muuuchas gracias.
- De nada.
- ¿Cuanto?
- Doce euros

Le di el ticket.

Su hija pequeña, una niña muy blanquita de apenas ocho o nueve años, me miraba sonriendo sus grandes ojos negros. Le hice una carantoña y me fui para la cercana casa del sol poniente. La mía.

La tarde ha pasado como ese primer gin-tonic retardado, reposado por la obligación: no recuerdo haber echado un primer trago mejor. Qué rico.

Muy a gusto he estado con todos los pocos que luego han sido, hasta mezclando mis bebidas; ora gin, ora whisky y ora cerveza, ora que te ora, error de principiante, pero ya soy veterano y no hay más tiempo para cambiar lo de siempre.

- ¿Ajedrez? -me preguntó uno que ya iba un poco tostaete.
- Ajedrez -respondí desde el ordenador- Las Olimpiadas -no le dije de Tromso porque no le estallara el cabezón.
- Yo jugué en el equipo provincial, de chico...Jugamos por el título de Castilla la Mancha...No sabía hacer más que el mate pastor...¿se llama así, no?
- Sí (oh, Dios Santo...¿qué has hecho conmigo?)

Fui al water. Meé. Miré en el lavabo. Podría haberme hecho un chino con los restos de la antigua estrella del ajedrez manchego. Pasé.

Y viendo la partida entre Caruana y Carlsen leí un comentario en inglés sobre lo que acababa de hacer Grischuk, el segundo tablero ruso.

¡Qué partida!...qué partida...qué manera de jugar al ajedrez...

Al salir del bar vi a un escuchimizado cuarentón del terreno, andando, musitando al aire, sin auriculares, mientras acariciaba los setos de un jardín que no era suyo. Unos pasos por detrás, dos gitanas, madre e hija, enormes ambas dos, hablaban a gritos mientras la más gorda de ellas empujaba el carrito de la carne de su carne como si fuera otro melón.

Ya en el 24 horas me atendió la chica jovencita, la que sonríe como si todavía fuera demasiado joven como para parecer zombi. Pagué y no me sonrió como otras veces: la gobernanta estaba escondida al cargo de la registradora. Y me fui sin tontear demasiado.

Dos piernazas del este de Europa, dos columnas que no tenían veinte años, emergieron como la apertura Orangután a los ojos de Botvinnik.

- Oh, Dios Santo...

Reconocí al tipo que estaba sentado al volante del coche grande. Un niño pijo de cincuenta años, gordaco, bribón e hijo de puta, pero con dinero

- Oh, Dios Santo...


Oh, Señor...


Al menos nos dejas a Grischuk.


En verdad que tus caminos son más inexcrutables que la variante de los cuatro peones en la defensa de Alekhine.


Dormir...soñar...


Dame mi parte, padrecito.


Dame mi parte buena, coño.



miércoles, 30 de julio de 2014

MIRANDO Y VISTO




Hacía mucho tiempo desde la última vez que le viera y hoy ha sido por pura casualidad, por un cúmulo de circunstancias que han cubierto la última parte de mi despejado paseo de esta tarde, un poco más tardío de lo normal. Con todo, hacía demasiado calor como para pensar en algo más que llegar pronto a casa.

Es en esa intersección de esa ruta (una de las tres que tengo, la más corta) donde suelo mirar si está levantado el cierre de un bar: si no lo está, tuerzo hacia allá y si lo está, también; pero de otra manera. Y en los dos casos pasando como si estuviera bajado.

Allí, en la misma calle, diez pasos más allá de la esquina de ese bar, ha sido donde he visto a ese que no veía desde hacía mucho tiempo.

Una anciana, supongo que su madre, bajaba de espaldas y con mucha precaución los dos peldaños de la entrada a una casa. Un par de metros detrás de ella estaba él, tan alto como antes aunque también mucho más canoso. La madre me ha echado un descuidado vistazo mientras iba a por el último escalón que no habían terminado de alcanzar sus hinchadísimos tobillos cuando la he dejado atrás. El hijo me ha mirado tal que si me reconociera y ha hecho un movimiento con el brazo como invitándome a entrar en su puerta abierta, sonriéndome con esa extraña sonrisa que siempre lleva cuando le veo. Una rara mueca que intentaba ser sonrisa ha brotado de mis labios y he seguido hacia delante. Por un momento he pensado si no vendría tras de mi para cogerme del brazo y llevarme a su casa. Pero diez pasos después un culazo embutido en mallas negras se ha bajado de un coche rojo y ha hecho desaparecer de mi cabeza los claros, clarísimos, extraños ojos de ese completo desconocido, de ese hombre que mira con los ojos de un niño, de un niño demasiado pequeño, de un niño que todavía no sabe que está vivo.

La muy madura golfa rubia del culo negro se ha subido a mi acera y la he visto menearlo un rato antes de dejarla también atrás. De cerca no era como parecía de lejos. Hay pocas cosas que mejoren con la cercanía.

En la puerta de la iglesia dos pobres han recibido un ramo de flores de manos del encargado, no sé como les llaman, pero sí que su padre también hacía lo mismo y que el hijo es aún peor que lo fue él, que no fue poco. "¿Flores para los pobres?" La iglesia de Francisco es como el ciego del jovencito Frankenstein.

Una muchacha ha pasado de largo ante Dios y todos los que por ahí andábamos, quietos y parados, todos feos o, si se quiere, no guapos. Iba vestida con un ligero vestido claro que su larga melena ocultaba por detrás; las gafas negras y la piel levemente tostada, como miel derramada a fuego lento, como caramelo ya ligado; tobillos finos paseaban unas leves sandalias con los deditos pintados de rojo. Y una bonita cara que no miraba a nadie que la estuviera mirando. Doblé otra esquina y ella siguió bien recta por el otro lado de la calle.

En esta, a su mitad, oí una puerta que se abría para enseñarnos unas piernas que se bajaban de un coche blanco. Al ver lo que salía a continuación he pensado que la joven iba a tener una vida de película de sábado por la tarde en Antena 3: una bonita casa, un atractivo marido, una pareja de hijos preciosos e inteligentes y quizá algún lío con su arrebatador profesor de paddle. Me he girado para verla por última vez antes de perderla de vista. Caminaba como si mucha gente la estuviera esperando con una bonita sonrisa en sus bocas.

Así iba yo, viendo la vida que ella va a tener, cuando ya llegando a casa he visto como se acercaba un gran carrito con alguien demasiado grande dentro. Ya más cerca, sin nadie entre nosotros, ha emergido una muchachita de unos doce o trece años que iba contraída y con una espantosa mueca en su cara dentro del coche que empujaba su abuelo, un hombre grande y cabizbajo. Un par de pasos por detrás de la estrecha acera, caminaba la abuela.

Y al pasar junto a esta criatura sus ojos han buscado los míos que no querían verla.


Todavía estoy temblando.


martes, 22 de julio de 2014

AGUACATES SALVAJES




Las zapatillas parecían haber pasado la noche en Afganistán, en los pies de un afgano, de uno de los jodidos, de los del desierto, de esos que no sonríen a la cámara, de uno de esos que hablan a gritos, como si nadie les hubiera escuchado nunca, como si dieran por imposible hablar a los hombres igual que a las sombras, tan calladas que hasta les puedes susurrar tus verdaderos pensamientos sin temor a una respuesta equivocada, sin esperar que te tomen por un loco, por un salvaje o por un terrorista...¡Ah, los ojos que te miran! ¿por qué esperáis lo peor de quienes viven con las sombras de los desiertos?

Por alguna razón que desconozco decidí no perder ni el escaso minuto de rigor en limpiarles el polvo del peripatético y maratoniano paseo de ayer. Miré en la otra habitación y ante mi sorpresa di a la primera con un par de zapatos que yacían en una caja cerrada con aspecto de usados y ciertamente olvidados, pero limpios. Los calcé y fui al water para cagar antes de irme. Ahí, enfrente de mi, en el suelo, entre la taza y el bidé, estaban mis dos pares de zapatillas: las viejas llenas de mierda y las nuevas de bayetas húmedas para darles un poco de sí. "Voy a tener que tirar las dos" pensé mientras recordaba a la mala putilla que me miraba como a un programa de Balbín mientras me probaba las zapatillas borrachas. Me limpié el culo y tiré de la cadena. Quedaron restos sobre la loza y le pasé la escobilla. Esperé un minuto a que la cisterna se llenara de agua y volví a accionarla. Después me fui a trabajar pensando en lo ligero que iba de pies. Demasiado.

Y he acabado el turno con los pies destrozados: los zapatos limpios estaban aún peor que las zapatillas nuevas.

Sólo tendría que haberle pasado la bayeta húmeda a las viejas zapatillas para haber evitado todo esto.

Pero preferí gastar su minuto limpiando los restos de una puta mierda.


Hoy he cumplido 41 años.


Y hasta hace nada todavía no sabía limpiarme el culo con economía de medios.


Son las cosas del desierto.


Que quieres tan poco que lo derrochas para contentar a las sombras que te acompañan.


Son tan agradecidas...pero no es cuestión de ponerlas a prueba.



viernes, 4 de julio de 2014

EL SALÓN DE TÉ




La cosa llevaba algún tiempo sin estar bien; más o menos desde que ella había empezado a trabajar por primera vez en su vida después de habérsela pasado estudiando o algo parecido a estudiar. Fue entonces cuando tuvo que marcharse lo suficientemente lejos como para quedarse cinco días de la semana, lo que afectó a nuestra relación, que diría una periodista del ¡Hola!

Y no es que hubiésemos llegado hasta allí conviviendo, no, qué va...Era igual, sólo que todavía vivía su lúdico sueño estudiantil en la capital de este reino junto a otras cuatro parecidas a ella, muchachas amantes de la telebasura por encima de todas las cosas, algo que hacía de mis meteóricas visitas una verdadera huida hacia cualquier otra parte con tal de no pasar por ese suplicio que yendo sereno me provocaba deseos de abrirles la cabeza para ver qué escondían en su interior. Por la noche, y ya bien borracho, poco me importaba lo que vieran. Luego, el fin de semana, ella venía al pueblo y había noches que incluso las pasábamos juntos, igual que cuando la bruja de su madre se iba con el pobre marido a un viajecito de esos de "Visite las Rías Gallegas", "Conozca la Rioja Alavesa" o "Excursión al monasterio del Escorial y visita a La Granja" Todo por cuatro duros aún cuando tenían millones entre cuentas corrientes, locales realquilados, casas de tres plantas, pisos en las mejores zonas y apartamentos vacacionales en segunda línea de playa: claro que quizá por esa razón arrastraban todo eso. Pero vamos, que la mayor parte del tiempo prefería vivir solo a hacerlo con ella, pues apenas era nada lo que teníamos en común. Nada que no fuera querernos por alguna razón desconocida para mi. Era realmente guapa, sí...Fue la muchacha más hermosa e inocente que he tenido entre mis brazos.

Una tarde de mayo, tumbado en mi catre de la casa paterna, habiendo acabado la jornada laboral, mortalmente aburrido después de haber oído con toda la paciencia de la que era capaz otra de sus largas llamadas telefónicas, bastante más cerca de dormir que de seguir despierto, vislumbré el anuncio de una puta en un canal local, uno de esos que estaban subvencionados al ciento veinte por ciento para dar al mediodía el feliz parte del Ayuntamiento, chatear por la tarde mientras sonaban los últimos éxitos de la MTV y emitir porno de madrugada colgados al satélite del Platinum X con el correspondiente servicio de angustiados mensajes a euro y medio la tirada. Claro que la Bestia no sólo quiere tu alma, sino tu sangre, sudor y lágrimas. Y tu leche derramada también, qué cojones.

Me excité un tanto y llamé antes de que aquel número dejara su lugar a otros muchos, la inmensa mayoría de tíos buscando a alguna que lo hiciera por afición, como si fuera de Sevilla hubiera alguna tía del Betis.

Su mensaje escrito sonaba mejor que su voz, pero quedé con ella en la plaza de toros: era de fuera y no conocía el pueblo. Y no hay cosa más grande en un pueblo que una plaza de toros, no tiene pérdida. Bueno, sí, las iglesias de aquí son todavía más altas aunque hace tiempo que dejaron de ser el techo del pueblo...pero como que no.

Recordé la primera y única vez que fui a las putas; una noche que entramos en un puticlub de carretera al poco de sacarnos el carnet de conducir. Estábamos bebiendo y alguien dijo de ir. Se cogieron un par de coches y fuimos hasta allí haciendo el loco por la carretera. Desde luego, muchos no estamos muertos porque Dios no quiso.

Ya donde íbamos, se acabó el cachondeo: nadie tenía huevos a entrar.

- Me cago en Dios...-dije yo

Y pasé.

Estábamos todos bien apretados en la desierta barra, preguntándole al peludo macarronazo de la muñequera de cuero por el precio de los cubatas, "dame un tercio", "quinientas", cuando entre risas nerviosas se nos acercó la puta más vieja.

Llevaba un sujetador que habría aguantado el juicio de Nuremberg.

Palpé un tanto.

- EHHH...
- Vale, vale...

Y se encaró con Manolillo, el panadero:

- Qué guapo eres...
- Ssssíii...
- ¿Quieres algo?
- Bueno...Es que no sé si tengo...
- ¿Cuanto llevas?
- Quinientas pesetas
- Pues con eso te sales a la carretera y te haces una paja

Tuvimos que irnos del ataque de risa que nos dio.

Poco me costó encontrar el coche de la del chat cuando llegué con el mío a los aparcamientos de la plaza de toros; no había otro. Pensé en lo bien que me hubiera venido aquella cocacola que había estado a punto de comprar al pasar por aquella gasolinera.

Y bastó una señal suya para hacerme subir a su coche.

Estaba demasiado gorda. Mucho. Era muy seria. Mucho. Iba toda de negro. Demasiado.

- ¿Donde vamos? -dijo como quien no quisiera ir contigo a ningún lugar.
- Tira por ahí...

La conduje de palabra adonde las ovejas cagan sus primeras mierdecillas del día. Durante el trayecto me habló de su novio, de su "hombre", de su futuro marido con el que pronto se iba a casar y por quien estaba haciendo esto, es decir, ir de pueblo en pueblo chupando pollas para sacarse un extra con el que tener una buena boda y un buen viaje de novios. "Si supiera lo que hago me mataría" dijo orgullosa. El amor de las mujeres deja a Maquiavelo a la altura de Forrest Gump.

- En fin...qué quieres -no sonó como una pregunta

"Irme de aquí", pensé.

- Chúpamela
- Treinta euros
- Vale

Me bajé los pantalones y los calzoncillos y empezó a comérsela como aquel pajarito de madera que el obeso Homer dejó dando picotazos al ordenador que tenía atascado el canal del TAB.

Ahí andaba ella, trabajando sin mucho entusiasmo, cuando se oyó un teléfono que no reconocí. La vi mirar de reojo con mi polla en su boca y finalmente, al sexto o séptimo tono, se decidió a dejar de chupármela y de menearla para atender la llamada. "Hola, cariño" dijo secándose los labios. Era su hombre. Me miró y no hizo falta más. Intenté que no se me bajara del todo. La cosa era un tanto ridícula. Sentí una cierta vergüenza mezclada con incredulidad al cerciorarme de que me la estaba tocando en el coche de una desconocida que hablaba por teléfono con su amado novio.

- Adiós, cariño -colgó y se echó otra vez sobre mi entrepierna- Mi hombre tiene los huevos más gordos -aseveró desde abajo tras chuparlos un rato. "Oh, Dios mío...Bueno, después de todo es a mi a quien se la está chupando" pensé. Con el brazo izquierdo la rodeé como pude para echarle mano a una de sus tetazas, tan blanda como un esturión demasiado muerto. No pareció agradarle y derivé hacia la quietud después de encontrar parecida reacción al sumergirme a tientas en la rlyehiana búsqueda de su coño. Puede que no hubiera pagado para eso. Puede que no fuera momento para eso. Puede que ...Con un cierto cuidado volví a posar mi mano sobre su nuca, acariciándola...Dios nos perdonará a todos aunque Cthulhu nos vuelva locos.

Finalmente consiguió que eyaculara un buen rato después de haber dejado de mirarla.

Me dio unas toallitas húmedas, me limpié y nos fuimos de allí tan callados que llegué a pensar si no me había muerto.


Fui a aquella gasolinera a por algo de beber: la coca estaba aún mejor de lo que había imaginado.


Y al volver a casa estuve a punto de atropellar a un enorme gato negro.


Menos mal que nos vimos a tiempo.


¿Verdad?





viernes, 27 de junio de 2014

NOSTALGIA DEL BUTANO




Marie Laveau cogió una cuchara limpia del desvencijado aparador y probó el caldo que por una hora llevaba cociendo sobre la flamante vitrocerámica que dos de sus diez hijos le habían regalado por su último cumpleaños.

"Todavía le falta..." se dijo. Y recordó su vieja cocinilla de butano, con sus hierros negros y su fuego azul y naranja, tan de su gusto; tanto que muchas veces durante los últimos años lo encendía por nada, sólo para verlo "No sé cocinar con esto...¿como se puede cocinar sin fuego?...Calor, calor...Esto es más un cataplasma...Esto es como cocinar para los enfermos...Esto es cocinar para los muertos"

Se sentó y bebió de su infusión, ya casi helada. Miró por la ventana y no vio nada más que su oscuro reflejo. Era tan de noche que por un momento pensó haberse quedado ciega. Y no viendo nada empezó a recordar.

La primera vez que le vio la polla a su marido este dormía la siesta con su tercer hijo, de apenas un año. El pequeñín se había despertado y ella era la única que había oído algo más que ronquidos. Ella siempre había oído a sus hijos aunque estuvieran al otro lado del océano. Fue a recogerlo para que no molestara a su padre y lo vio jugando con su enorme pene. Marie se quedó un momento en la puerta, sin reaccionar y sin poder apartar la vista de aquello. Casi gritó. Cogió a su hijito con mucho cuidado de no despertar a quien todavía dormía y salió de allí con el corazón en las entrañas.

Él había sido carnicero en la ardiente Argel hasta que hubieron de marcharse por temor a ser asesinados tras la independencia de la antigua colonia. Ya en Francia se reconvirtió en mecánico de automóviles, oficio que había aprendido cumplimentando a la patria que después los abandonaría a su suerte, cosa que jamás pudo olvidar y que a punto estuvo de llevarle a la cárcel algunos años después. Pierre Dubois era hombre de pocas luces. No le hacían falta. Él era fuerte y tenía la razón. Un hombre no necesita más para vivir. Aquellos hombres necesitaban tan poco que resultaban muy peligrosos para quienes no podían vivir sin todo lo demás.

Marie quería a Pierre. No había conocido a ningún otro hombre. Pierre también la quería aunque conoció a muchas otras mujeres; puede que aún la quisiera más por esto mismo. Y Marie lo sabía y nada decía. La peonza ha de enrollarse si quiere bailar gallardamente por el sucio suelo. Y allí, bien lo sabía Marie, no había más cuerda que la de ella. Y sus hijos...sus hijos...Ella tenía a sus hijos. Ella tenía lo que ningún Pierre podrá tener, por muy fuerte y mucha razón que tenga. Eran más suyos que de él. Ella los había llevado dentro, él sólo le había metido aquello dentro. Y esto es algo que ellos, los diez, acabarían sabiendo, sí...Es tan fácil tener toda la razón con algo tan evidente.

Cuando el último hijo se fue de casa, Pierre y Marie ya eran mayores, ya habían dejado de hacerse viejos para empezar a serlo. Pierre cayó enfermo algunos años después, pocos: primero una silla de ruedas y después una cama y una asistente social que iba tres veces al día a ayudar a Marie para darle la vuelta y asearle. Marie se acostumbró a verle el pene a su marido. Ya no le daba miedo. No hay mejor manera de perderlo que ver las cosas cuando no quieren que las veas.

Pierre dejó de hablar, más tarde de ver y al final de oír. A todo se acostumbró Marie. A todo menos a no oírlo roncar.

Bajó al garaje y cogió una sierra eléctrica. Subió a la habitación y descuartizó a su marido. Ninguno se enteró demasiado. Le sacó el corazón y le cortó la polla. Puso un cazo a hervir y los echó dentro.

Dos horas después volvió a probarlo con otra cuchara limpia del desvencijado aparador.

"Esto sigue sin saber a nada" Lo apartó del calor y volvió a acordarse de su vieja cocinilla, de sus hierros negros y de su fuego azul y naranja, de sus diez hijos como diez soles y de su hombre, tan fuerte, grande y sucio como una montaña llena de carbón en sus entrañas...


Ahora había luz tras la ventana. Ya no se veía reflejada en ella y sí a la fría y lluviosa mañana que amanecía como si no tuviera muchas ganas de hacerlo. Y empezó a ver lo demás. Todo lo demás.


Cogió el abrigo, el bolso, el paraguas y salió a la calle.


- ¿Puede llevarme a Argel? -le preguntó al taxista
- No, señora
- Entonces lléveme a comisaria






http://www.alertadigital.com/2014/06/24/francia-una-anciana-descuartiza-a-su-marido-y-se-hace-una-sopa-con-sus-genitales/

martes, 17 de junio de 2014

JIMMY COGIÓ SU FUSIL...




...y lo quemó.

Cuarenta y siete años se cumplen mañana de una de las noches más mitológicas del Rock.

¿Qué hacer cuando los Who acaban de ofrecer uno de los conciertos de su vida? Liarla parda, tirando a negra.

Monterey. California. 1967. Los Beatles ya habían dejado de tocar en directo y los Stones estaban a cero coma de enviar al matadero a Brian Jones, ese que tocaba hasta el melón. Jimmy Page andaba puteando por aquí y por allá, buscando a alguien que lo retirara para montar su propia casa de putas, y poco después encontró la pajuela correcta, precisamente cuando la parte de atrás de los Who (su alma, como toda banda de Rock que se precie) rumiaba lo poco a gustito que se sentía haciendo de toro maricón siendo los machos de aquella manada. "¿Hacemos una super-banda?" Pero eso es otra historia que parió otra historia que parió a la madre de todas las historias.

LSD, 200.000 chavales y tres días de conciertos. Siempre el tres. Siempre el Misterio. Siempre lo que no se ve. Siempre lo que no debe ser.

Cuenta el gran Lemmy que fue roadie de Hendrix en una gira que este hizo por la Gran Bretaña poco tiempo después; no mucho, que murió pronto. Y dice que uno de sus cometidos era conseguirle droga en tierra extraña, como aquel médico que trajo a Miles Davis a la España franquista: "si no hay droga, no hay concierto" Y tuvo su droga. Con receta y en la farmacia de guardia. Benditos sean los principios de los médicos franquistas, variante iribarne.

Ocho ajos, ocho.

- Toma estos dos para ti -le decía Hendrix a nuestro Lemmy

Y se comía los otros seis de golpe.

Los amigos que tuve se metían un cuartillo bajo la lengua y estaban horas sin parar de reír. Alguno vio al diablo en el asiento de atrás de mi coche. Yo no. Y hubo quien todavía lo sigue viendo.

Ya han pasado más de veinte años desde que escuchábamos a Hendrix fumando nuestra marihuana, tan bonita, tan verde, tan pastosa y tan tranquila. Fue en uno de sus no aniversarios, supongo que el de los veinte, cuando ninguno los teníamos aún.

Fueron buenos tiempos. Realmente buenos. Vimos hasta un eclipse de sol escuchando el Shine on your crazy diamond...Aquella muchacha parecía salida de Woodstock sin haberlo hecho de la Mancha.

Era tan dulce...

Aquel album, aquel Vudú Yugoslavia, se componía de la parte bluesera de Hendrix, la menos conocida, siendo como fue tan psicodélico en la cresta de aquella ola que tan pronto se lo llevó al mar muerto para que siguiera haciendo dinero sin necesidad de dar mala guerra. Para ellos.

Pero antes grabó La leyenda del Tiempo en versión blues, con resultados no menos talibanescos que la flamenca. Tanto que los del Camarón fueron guyeletos al lado de aquellos.

La música es como la medicina; con sus indicaciones, su posología y sus efectos secundarios. Todo ello, claro está, según la edad y el estado del enfermo, que alguien sano no necesita ayuda para vivir.

Nos pusieron las orejas al echarnos del Edén.

El sonido del silencio, canturreaban Simón Neworder y Gartelefunkel, ese par de dos, esos profetas menores, menorísimos...Y pensar que fue de lo primero que me gustó...

En fin, que mientras llega la ola que nos tiene que llevar, la que sea, del muerto o del atlético, de barets o amarillos, flotemos escuchando la canción que mejor me sonaba entonces y me suena ahora.

Después de todo, veinte años no son nada.

Ya vendrá It para arreglar cuentas.

Tengo la mirada tranquila y las orejas mejor taponadas que el ojo del culo.

Y floto cuando me sale de los huevos.


La Casa Roja, por Jimmy Hendrix:


miércoles, 21 de mayo de 2014

BASTONITO Y TRAVOLTILLO




Todo es para aprender; sino, te pasa de nuevo (leído hoy por ahí)

Lo creáis o no, estoy considerado como una especie de manitas de la electrónica en mi casa. Bueno, en la familiar, en la de mis padres, que un piso que se vacía con tu salida jamás puede ser una casa: es como congelarte y descongelarte, congelarte y descongelarte, una y otra vez, una y otra vez...Así, para cuando alguien quiera probarte, ya estarás malo. A no ser que la otra parte de la fórmula esté igual que tú. Llevamos la fecha de caducidad en la mirada. Y no en ningún otro sitio.

Pero bueno, hay procesos que solucionan esas "menudencias". Si en Mercadona le dan cinco veces la vuelta a la leche cobrando lo mismo que la primera...¡qué no podrán hacer cinco buenos soles contigo, infeliz! O cinco mil. Sólo tienes que verlos. Verlos, que no es lo mismo que saber que están. Madruga, cabrón; es la única manera de mirarlos sin que se derritan tus ojos. Y no es igual hacerlo cuando se van, no...Qué va a ser igual.

Resulta curioso como a veces (sin pensarlo, que somos nobles de espíritu) el cazado caza al cazador.

Una noche loca, una borrachera descomunal, un pierdepapelismo de primero de garito, da para tanto como quiera el co-starring; o el co-co-starring, o el cocorikó starting-morning, que uno se montaba las películas un poco a lo Kubrick: dirigidas, pagadas y adaptadas por sí mismo a la pantalla-monolito sordomudo

Aquella fue la última. En público, se entiende, que aquí, en mi frigorífico, me pongo como y cuando quiero sin que en los días siguientes mis ojos tengan que derretirse en los de cualquiera por no recordar el porqué.

Han pasado meses desde entonces, pagué mi penitencia, como tantas otras. Y sin ser la mayor ni la más pesada, sin pensarlo ni dejarlo de pensar, decidí sin saberlo que lo mejor era hacerle un lado a las excepciones para centrarme en la regla que, cada día más a rajatabla, llevo desde que empecé a escribir: si tienes que beber, no lo hagas en neveras portátiles ajenas.

En fin...que el chico estuvo ayer en el bar con aquella chica, chocamos las manos como en las pelis yanquis y tardó cero coma dos en hacer la gracia, cosa que me sorprendió grandemente, pues "aquello" fue antes de Navidad, o poco después, que no son fechas para remarcar, y yo qué sé...Vale que metas bien la puya para ahormar al toro, para adornarte después ante la jodida concurrenta, sí, lo entiendo...pero quien nace becerro muere toro. Y más cuando ya sólo es otra muesca en su Columna Vertebral. Babas.

- Sí...ya...Oyes, ¿por qué no le echas un vistazo a la conexión del televisor? Es que el sábado es la final de la Copa de Europa, el Mundial está a la vuelta de la esquina y no es cuestión de tener esta tele muerta (la de la barra)

Lo dije sin pensarlo, sin recochineo, sin derretimiento de ojos, ya hace más que suficiente tiempo de aquello, al menos para mi...Sólo que me salió. Y coló: soy noble, un poco estúpido, pero no tonto. También sé dar en el sitio correcto a quien, por orgullo, no sabe olvidar.

Y para allá que se fue, a mirar y remirar aquel laberinto de cables que este pobre gilipollas vuestro miraba alguna que otra tarde como si fuese un Valladolid-Osasuna.

- Ya está -me dijo treinta minutos después mientras sudorosamente abrazaba y besaba a "su" chica y le echaba un trago a la cerveza, un tanto bastantes mohínas.
- Estupendo -dije yo-
- Sólo tienes que...

Me lo explicó.

- Cóbrate
- No, estáis invitados
- No, joder...Kufisto...
- Que no, de corazón

Jijiji...

Esta mañana, antes de echar el arroz, he abandonado el bar para ir a la búsqueda del sólotienes, "una T de antena" Para el repartidor de la señal.

Y ya está hecho.

Como esto.

- Ahora podéis sacarme a hombros -le he dicho a mi padre y a mi hermano pequeño.

"¡Cuanto sabe! ¡Qué listo es!" habrán vuelto a pensar los dos.

Y es que cuando me pongo, me pongo.

Como estos, cualquiera de ellos:




lunes, 19 de mayo de 2014

CARNE Y VINO




Escuchábamos una y otra vez aquellas duras canciones en lenguas bárbaras,
en casas, en garajes y en tabernas fantásticas,
mientras otros besaban y metían mano a las chicas que deseábamos,
oyendo a Loquillo cantar en el estéreo de la discoteca de moda.

"Esta es la buena música" decíamos entonces,
como si la vida fuera cosa de ondas acústicas,
cuando tienes catorce años.

Ninguno de aquellos tempranos folladores del ayer,
ahora es un gran musicólogo.
Nosotros tampoco.

Hoy montamos otras ondas. Todos.

Pero a veces hay buenas mañanas en el mare nostrum,
que con la última ola que lame tus tobillos adormecidos,
te regalan el no pedido billete,
hacia la resaca de esos años.

Y es como si te ahogaras escuchando aquellas canciones.

Las que ellos oyen.

Las que oyeron.

La que ahora has escuchado.


domingo, 18 de mayo de 2014

UN PASEO EN LA NUBE




Manococía es como llamamos al último tonto del pueblo.

Es un tipo achaparrado, de boca grande, dos dedos de frente y ojos apenas separados por la nariz, que ya debe andar por los cincuenta años más que bien cumplidos.

Yo lo conozco desde siempre, desde que recuerdo algo. Salía del colegio, iba al bar de mi padre para coger el As antes de irme a casa a comer ("dale el As al chico" le decía a cualquiera que lo estuviera leyendo) y mientras esperaba cero coma me bebía una cocacola y pillaba un pincho de tortilla. El viejo del bar que siempre estaba por la cocina me decía algo, el camarero más joven me daba un pellizco en los mofletes, yo me enfadaba y luego me iba a casa a devorar comida y periódico. Algunas veces tenía que hacer algún recado, como ir al carnicero para que me diera los buenos filetes que nos íbamos a comer: "que me ha dicho mi padre..." musitaba yo al entrar en aquella tienda, al respirar aquel olor que nunca olvidaré cuando vuelva a olerlo, al ver a ese hombre bestial con aquel mandil sangriento y esas manos enormes y peludas que sujetaban cuchillos y hachas tan grandes que te hacían temblar. Borracho redomado, maltratador de su mujer, con una cara a la que no puedo ponerle una sonrisa, tenía la mejor carne del pueblo. "Toma" me decía con su ronquísimo vozarrón alargándome la bolsa desde el elevado mostrador. Y entonces se me hacía como si fuera un gigante. Y yo cogía la bolsa y salía disparado con el corazón en las mejillas. Murió antes de que yo pudiera servirle algún vino. Y no empecé tarde, no...

Manococía siempre estaba rondando por allí. A veces lo veía en el bar, siempre sonriendo, no recuerdo que tomara nada; sólo estaba ahí y luego se iba igual que había llegado, sin que nadie se diera cuenta.

En el bar fue donde tuve que oír por primera vez su apodo. "¿Y eso?" le preguntaría a alguien, "porque siempre está dándose el ferrete" me diría el camarero más joven con un gran carcajada. "No le digas eso al chico" diría el viejo del bar. Y yo, sin saber porqué, me pondría colorado como un tomate quizá pensando que era lo que yo estaba empezando a descubrir.

Manococía siempre llevaba una mano en el bolsillo, puede que las dos, para despistar, pero una seguro. Y se tocaba disimuladamente cuando veía a alguna mujer que le gustara, que eran todas. Y cuando alguien le llamaba la atención él simplemente se reía y se iba unos pasos más allá.

Algunos años después, ya de chavales, lo veíamos por ahí y nos reíamos de él, siempre desde la otra acera, que aunque tonto no estaba flojo, y si se lo tomaba con calma al suave requerimiento de los mayores no lo era tanto con cuatro mocosos que le faltaban. Así que agitaba el puño, intentaba decir algo, hacía como si fuera a venir por nosotros y echábamos a correr muertos de la risa. Nunca nos persiguió. Él estaba en lo suyo.

Esta tarde, después de cenar como si hubiera bebido de más, pensando que todavía era demasiado temprano para dormir y tarde para casi todo lo demás, he decidido salir a andar, que ya es otra cosa a pensársela de tanto como estoy en la nube que voy montado.

Iba caminando la anochecida, sin cogerle el punto a nada, como un tonto en un museo naval, cuando ya de noche y de regreso a casa he mirado a la otra acera donde iba a perderse otro de los que no había visto desde que estaba lejos. Y la cosa ha sido que justo en ese momento se ha cruzado con él una chavala jovencísima, preciosa, de larga melena y un mini pantalón que dejaba ver unas piernas que no parecían de esta nube, de este otoño que ya dura más de la cuenta, de esta tonta pesadez de espíritu. No es el tiempo que pierdes haciendo las cosas mal, sino el que se te va intentando volver a hacerlas bien.

Me he fijado que la chica miraba para atrás, hacia el hombre con el que se acababa de cruzar. Era Manococía, que, mirándola muy quieto como se alejaba, se tocaba. Hacía años que no le veía.

Yo he seguido por mi acera, a mi paso, viendo el rápido de aquellas piernas que se iban difuminando y el continuo mirar de su hermosísimo rostro hacia atrás, hacia el de Manococía, cada vez más lejano.

Después, cuando se ha dado cuenta de que ya no podría alcanzarla, ha reparado en mi.

Y un par de giros de cabeza más tarde ha echado a correr como ojos que ven carniceros resacosos y cuchillos sangrantes.

Al llegar a casa llamé al ascensor.

Olía a fresa cuando se abrió.


jueves, 24 de abril de 2014

UN CLAVO SE QUITA CON OTRO CLAVO




Llevo unos días leyendo el Karamazov; no sé, puede que haga una semana, sí...Hoy es jueves, el anterior fue el Santo y creo recordar que intenté hacer algo durante la Pasión, ahora que por segunda ocasión no tenía que trabajarla de noche. De la primera no recuerdo nada. De esta, quizá, que leí ese libro. Y porque lo estoy escribiendo. Pero rememorar así es como jugar al ajedrez con la ayuda del ordenador. Y después de todo...¿qué más dará?

Ese algo, finalmente, consistió en escuchar la primera hora de La Pasión según San Mateo mientras veía con el volumen quitado el final de la una procesión vallisoletana y el comienzo del Via Crucis romano. De aquella lo único que recuerdo es que me fijé más en los coches que se veían pasar por detrás y en la gente que unos metros más allá parecía estar haciendo cualquier cosa antes que mirar al Cristo y a sus capuchinos. De la otra...que me pareció una producción realizada por el Ministerio de la Igualdad. Miré el ordenador para ver lo que estaba oyendo y me acordé de Mozart. Después lo apagué todo y me fui a acostar.

Hace más de viente años, cuando leí por primera vez Los Hermanos Karamazov, me bastaron dos días para darle fin. Hoy, ya ha pasado más de una semana y no he llegado a la mitad. ¿Que lo entiendo mejor? sí, pero dura menos. A lo mejor estoy una hora y hago una parada para asimilarlo mientras me fumo un pito frente al ordenador, mirando aquí y acá, no más lejos...Y me pasa como a Raskólnikov al salir de su zaquizamí a la calle, que a los diez pasos ya iba mirando el suelo. Y eso sin ver nada. Hace veinte años, cuando no tenía otra cosa que hacer, cuando era joven y no tenía ordenador, cuando fumaba Lucky Strike sin filtro en cualquier habitación, sin preocuparme por rulármelos con papel ecológico y boquilla de nosequé, cuando bebía agua del grifo de una botella de plástico mil veces rellenada, yo salía a la calle después de leer todo aquello como si el suelo lo hicieran mis pasos. Ahora bebo agua mineral que trasvaso a botellas de cristal y me siento en la mesa para fumar. Y tengo ordenador. Y plantillas en los talones de las zapatillas. Y cuando salgo a la calle me cuido muy mucho de pisar en la baldosil marejada o sobre una mierda de perro arrabalero. Hace veinte años no habían tantos perros como ahora. Hace veinte mis tobillos eran otros. Hace veinte años yo no era soy.

Ya el lunes desperté como si estuviera malo, que es estarlo. Me di un par de horas y vi que no era cosa de un mal sueño; tomé una medicina y no volví a salir de casa en mi día de descanso. El día siguiente lo empecé mejor, no bien, que de esto tampoco me acuerdo. Hice mi parte, me retiré a mis aposentos y al meterme en la cama fue como si

Pero antes de dormir el hoy que ya se va leí un poco más, hasta la muerte del stárets de Alioscha, cuando nos transcribe su vida como un fray Quijano de la estepa rusa, más cercana a los llanos de La Mancha que todo el resto del mundo. Y aún de España.

Fue algo especialmente hermoso, sobretodo algunas de sus partes, no recordaba haberlas leído...Quizá haya que vivir primero para leer después. Y quizá lo mejor sea que otro escriba tu vida muerta.

Y héte aquí, que justo acababa de entender todo aquello, al borde de las lágrimas, cuando me levanté del sofá para fumar ante el ordenador y no tardé cero coma en olvidarlo al ver que el Madrid estaba a punto de jugar con el Bayern. Y yo, que soy uno que fue de la Real, busqué a quien me llevara a ver esa cosa; y la encontré, mal pero la encontré; a saltos, interrupta, panchitos o chinos, me daba igual. Era fútbol, no literatura cirílica; se trataba de dar patadas a una pelota, no de explicarlo; además que ya tenía al vecino de abajo para enterarme, uno que es del Atleti hasta cantar el himno en su puta casa. Y desde ayer también del Madrid en Uropa, cosa que me dejó bastante loco, en fin...Puse a los Black Sabbath a toda hostia para que no me destripara el partido con su Perfecto y Bien Temperado Canal Champion League.

He despertado mal, peor de lo normal. Ya me había dado cuenta de que algo no iba bien a eso de las seis, de tan encogido como estaba, que era como si tuviera una camiseta demasiado pequeña, la que tenía puesta, la que llevo desde hace mucho tiempo, desde que empecé a leer porque me gustaba más que vivir.

Llega la noche de hoy. Todavía hay luz.


Y vino. Y whisky. Y música:


domingo, 30 de marzo de 2014

ERA DE ACUARIO...¿y DE CÁNCER, CUANDO?




Tengo un amigo (en verdad creo que no hay otro y puede que ya no haya ninguno más) que una tarde en la que estábamos "conversando", es decir, escuchando su ametralleo dialéctico, acabó por decirme algo que yo ya había sentido cuarenta mil veces antes: "Joer, Kufisto...Hay veces que no sé, que estás por ahí, no sé, pedaleando, o andando, o lo que sea...y es como si todo lo entendieras de golpe, como si todo estuviera claro, como si nunca pudiera ser de otra manera, aunque no puedas explicárselo a nadie"

Yo estaba hoy ahí, detrás de la barra, como siempre, y no podía darle respuesta al porqué de mi flojera. Anoche me dormí temprano (y más que lo hubiera hecho sin el concurso del furbolnazi del piso de abajo), he despertado bien, con mis horas de sueño bien cumplidas, y tampoco había llevado a ningún cabo nada tan extraordinario en lo que iba de día, sólo que me costó un poco más el traslado del mobiliario del bar. Pero eso había sido más por su ubicación de la noche anterior que por el peso en sí: no son tanto los kilos como la forma en que tienes que echarles mano.

Así que a eso de las cuatro me serví un gintonic sin muchas ganas, "al menos he comido algo" pensé. Lo dejé reposar mientras veía la última ronda del Torneo de Candidatos.

Pronto llegó una bien conocida pareja y su acompañante, un "rodríguez" por este fin de semana, gente normal, buen ambiente y trato agradable, que diría el satánico de Carabanchel, es decir, que jejeje, jijiji, jujuju. Me he salido con ellos para echar un pito mientras ella hacía como que leía el ABC, como si yo quisiera algo de sus arrugas, neuras e hijos de otro que no son con el que estaba. Afuera la cosa iba del cáncer, la tarde estaba nublada, y yo, por decir algo, he recordado a uno de nuestra quinta que ya se murió después que por tres años lo "curaran" hasta transformarlo en una especie de orco sin pelo que ni podía hablar, ni podía oler, ni podía saborear nada que no fueran Johnnies Walkers con agua y chocolatinas procesadas. Y Viagras para follarse a las putas que le permitía su exigüa pensión de autónomo, que la rumana tardó algo más de cero coma en desaparecer cuando lo vio sin cuello. No mucho más.

Apuré la ginebra y me serví un Johnnie con agua, que cuesta más. Beberlo.

El Feo hizo acto de aparición en busca de sus cervezas tras una dura mañana de trabajo, o eso quisiera su jefe, Ratatouille, un hijoputa, pero bueno, eso es lo de menos, basta con no verlo, más o menos como este, que ve menos que una polla liá en un trapo. Poco después llegó el ciego, "buenas tardeeees"; suelo dirigirlo desde la barra, si me da tiempo a verlo, que en ocasiones es jodido, como ayer, que estábamos llenos...Tuve que echarle mano al primero de la barra, un melenitas cuidadosamente barbado que estaba comiéndose a una zorra con pinta de anuncio de Evax: "haz el favor...este es ciego..." Noté que me miró mal, pero se apretó un poco más a aquella guarra descompuesta que ojalá deje de sangrar más o menos mensualmente. Y, de miligramo en miligramo, siguió mirándome el resto de la tarde, el muy gilipollas, tal que si hubiera osado a romper ese momento MTV... Bueno, el ciego es de diario y a ti no te había visto la careta en toda mi puta vida. Me importa una mierda que ella pensara que no eres lo suficientemente malote, tron-kito.

Tocaba el turno para el de los "concienciados", unos chavales jóvenes, bien educados, que hace algún tiempo vienen por aquí. Gente comprometida, ellos y ellas, sólo hay que oírles hablar a lo lejos, que se les oye aunque por encima esté el "Paranoid". Me sentía tan cansado, tan a deshora, tan invernal, que volví a echarle un vistazo a la fotografía de la chica del As; los domingos se salen del bote, pero esta tarde ya no era esta mañana: ya había cogido aspecto de imagen sobre un papel con el que limpiarse el culo en un momento de apuro.

Normalmente cago en el de tías, son más limpias, la necesidad hace virtud, pero ya era tarde para dejar el sello sin temor a ser descubierto, hasta ahí no llego, todavía, y espero que dure por el bien de mi cabeza. Pasé al nuestro, camaradas, compañeros, y dejé un aroma a ajo crudo que olía a gloria. Justo estaba cerrando la carta cuando se oyó la puerta, "este es este" pensé. Y al abrirla vi que era ese, esperando en la barra, el más concienciado de todos aquellos, uno que me recuerda a mi cuando tenía veinte años, aunque él ya peinará casi treinta en su cabellera. Curiosamente hoy, absolutamente sobrio en la mañana más resacosa del año, me he dado cuenta de que no utilizo el peine que yace en el armarito del lavabo casi que desde que me vine a vivir aquí. Y viéndolo he recordado las fotos que quemé la noche del viernes, al igual que el lanzamiento a la basura del último plato que no era mío, aunque sin antes romperlo, cosa de la que me arrepentí después, cuando ya no había más remedio, a no ser que bajaras abajo, volcaras el contenedor, encontraras tu puta bolsa y estamparas la cerámica de aquella bruja a las ocho de la tarde y a las puertas de un supermercado. No fue por nada en especial, estaba bien, sólo que las quemé y lo tiré. Y monté una zorrera en la cocina de aquí te espero. Pero quemadas y triturado, supongo, están. Ya sólo falta el nombre de usuario y la contraseña, pero no sé como hacerlo.

En esto llegó un concejal rojo, uno que cree que yo soy facha, ya sabéis, cosas de los pueblos, por menos se lió parda en Puerto Hurraco. Socialistas ellos, por cierto.

Nunca me mira a la cara. Tampoco es tan raro. Sólo lo hace quien me conoce. Y no son tantos.

Pidió de beber, un cubata y dos zumos para sus chicas, dos treintañeras de buen aspecto, delgadas y altas, pelo largo, descuidadamente bien cuidadas, serias, comprometidas, o lo que Dios quiera que signifique eso, pero eso es algo que se ve, que se siente, sobretodo cuando tú no tienes un puto duro y llevas toda tu maldita vida sin haber hecho poco más que el cabrón, cuando ya no te hace falta el peine, ni las cuatro mierdafotos, ni un puto cuenco que no sabes qué cojones pinta entre tus platos, los tuyos, tan hermosos.

Casi me descojoné vivo mientras le echaba el Brugal, puajj, recordando a un familiar mío cuando hace años le soltó un buen pedo a hurtadillas la primera vez que lo vio por allí.

- Que se joda -me lo contó al pedirme su JB
- ¡No me jodas!
- A la mierda. Por hijoputa
- La madre que te parió...No me hagas esto, coño.

Vino una camarera de la que me enamoré cuando más jodido estaba, cuando todavía comía en aquel plato, esperando un milagro. No es gran cosa, casi nada para una foto, pero tenía unos ojos, una juventud, y una forma de mirarte mientras te hundías...Mil pedos me agarraron allí. Ya no está tan bien para mi. Ya también me da igual.

Acabó entrando una vieja en chándal, como si hubiera dejado a medias el Sálvame, se fue a la tragaperras buscando la máquina del tabaco, "no, no...allí" le dije, "ahhh" Cinco minutos después todavía seguía mirando a los botones como yo a las variantes del final de la partida entre Aronian y Karjakin. Al final lo encontró y salió por la puerta equivocada, como el armenio una hora antes, aunque no dejó de joder al ruso hasta que ya no podía hacer más que el ridículo.


Anand será el Candidato por el Reino del Ajedrez. Ni Dios lo hubiera dicho. Yo tampoco. Pero me alegro, me alegro mucho, como en aquel saludo de Nicholson en "Batman" Que todos aprendan con quien se juegan los cuartos.


Salí del bar. Todavía era de día. Han cambiado la hora. Otra vez amanecerá más tarde. Otra vez anochecerá después.


El gato me miró raro al verme llegar a la misma hora de siempre.


Y es que el sol entraba por el ventanal como si todavía le quedara una hora.


Una puta hora.


Mi Corona por vuestros minutos.


miércoles, 26 de marzo de 2014

DE NARANJAS Y LIMONES




Hacía años que no le veía, tantos que...Es curioso como se difumina el tiempo si no te afecta su paso.

Acababa de salir del bar, estaba aparcando al lado de la frutería del moro, pensando en salir a pasear este extraño sol que sólo hemos visto al irse, cuando lo he reconocido de la mano de su mujer, supongo, una tía toda de negro, gordísima y fea de cojones, que miraba sin fijeza, como despistada, las naranjas que por centenares están apiladas de cualquier manera junto al gran ventanal de la tienda. Es lo bueno de tener ese hermoso color sobre esa henchida esfera, que no necesitas ni un nombre propio: te pongan como te pongan, siempre te admiran. Lo naturalmente bello no tiene porqué estar ordenado. Así como los gatos siempre caen de pie, así luce todo lo redondo de la vida, todo lo que fue creado con los pigmentos adecuados para regocijo del sol y de todo lo que tiene ojos, todo lo que jamás ha querido ser otra cosa que lo que es.

Efigenio, que así se llama aquel chico, no sólo tiene un nombre feo, sino que él también lo es. Siempre lo fue.

En el barrio donde nos criamos, en el corazón del pueblo, en su primera piedra, todos los chicos de entonces jugábamos en sus calles entre gritos, risas, discusiones y peleas. Unos más guapos, otros más feos, unos más ricos, otros más pobres; pero nadie se salía de la regla, tan ancha cuando todavía estás creciendo. Pero Efi sí: era extraordinariamente feo y pobre. Y tenía una hermana que todavía era más fea, casi deforme, tanto que la recordé cuando algunos años después vi El hombre Elefante, esa extraordinaria película de Lynch.

Apenas se les veía por el barrio; era como si, avergonzados, se escondieran de nosotros, los normales, los que nos llamábamos como cualquiera; pero Efigenio...¿qué coño es eso de Efigenio? y con esa cara. Y nos reíamos de él y de su hermana, de la que no recuerdo el nombre.

A veces, pocas, nos hacía frente de manera descompuesta, y entonces era peor, porque nos acercábamos a él, le rodeábamos insultándolo, empujándolo contra la pared hasta que el pobre se daba cuenta de su situación y era como si nos diera la razón con su silencio, con su mirada al suelo, como si viera justo que hiciéramos lo que estábamos haciendo...Entonces algún viejo nos decía algo y lo dejábamos allí, temblando, y volvíamos a darle patadas al balón bajo la atenta mirada de algunos abuelos.

A propósito de esto recuerdo algo con otro parecido, ya siendo un poco mayores, al principio de la pubertad.

Era un chaval alto y fuerte, algo mayor que nosotros, pero que tenía los pies tan planos que andaba como un pato, así que podéis imaginar como le llamábamos. De familia muy humilde, solíamos admitirlo cuando nos daba la gana, que no era muy a menudo. Ignorantón, buenazo, torpe...Una noche de verano estábamos jugando en la plaza del pueblo cuando vimos un tumulto de chavales en la fachada del Ayuntamiento. Eran los grandes, es decir, los que tenían tres o cuatro años más que nosotros, los que estaban empezando a fumar, a beber y a salir con chicas, algunos de ellos hermanos de algunos de los nuestros. Y oliendo la sangre, hacia ella fuimos.

Uno de estos, un hermano de uno de nuestra pandilla, apoyado por la suya, estaba cogiendo al Pato del cuello, estampado contra la pared, mientras le gritaba y amenazaba como si fuera a matarlo allí mismo. Este, el pegón, era el hijo mayor de uno de los tíos más acaudalados del pueblo, un nuevo rico, bruto como él solo, sin pizca de cultura, que se había hecho millonario con la llegada de los socialistas. Pronto aquello se convirtió en un pandemonium de chicos que, simplemente, querían ver sangre: treinta o cuarenta voces, a pleno pulmón, que sin saber porqué, gritábamos que lo machacara allí mismo. Puedo recordarme a mi mismo, sí...Esta es una de las cosas que más me avergüenzan.

El Pato, al principio, lo miraba todo un tanto como a guasa, como si estuvieran de cachondeo, como si sólo se tratara de otra broma pesada que tragar por ser quien era; después de todo, era un tío fuerte y no tenía miedo. Pero cuando se dio cuenta de aquella marabunta que pedía su cabeza con inexplicable furia, con un odio no ya animal, sino demoníaco...se le borró la sonrisa de la cara, se quedó blanco, como si de verdad fuera a morir allí mismo, como el soldado Patoso al darse cuenta de quien era su instructor, ese puto psicópata.

No sé, puede que lo exagere, pero no creo...Si no hubiera hecho acto de aparición un municipal que por allí andaba, de verdad que ese chico lo habría pasado bastante peor. Aquella noche vi la cara del terror, del pánico, de la sinrazón...y cuando se fue sólo sentí vergüenza.

Esa chica, esa muchacha gris sin nombre, la hermana de Efigenio...A veces la veo pasar mientras me fumo un cigarrillo en la puerta del bar. Está un poco mejor que antes, aunque siga sin andar bien ni levante la cabeza más que para cruzar los pasos de cebra. Se la ve más cuidada, más arreglada, con gafas modernas, o será que ya tiene los años suficientes como para pasar un poco más desapercibida, no como cuando era la niña fea entre niñas hermosas, niñas que no hacían más que sentir lo hermosas que eran mientras ella se escondía en el fondo del cajón.


Compré los limones al moro. Abrí la puerta de casa y vi un extraño chorro de luz que venía del salón, como si alguien hubiera corrido las cortinas amarillas del ventanal.

Pero no, nadie había corrido nada. Era la luz del sol que había salido de entre las nubes por primera vez durante el día.

Y ya se estaba acabando.

Es tan rara vista cuando no la esperas...