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miércoles, 13 de diciembre de 2017

EL CABRÓN DEL SUPERORDENADOR

"Vivimos dentro de un superordenador" fue lo último que leí anoche en el teléfono, ya con los ojos doloridos. Me quedé igual que antes de leerlo y por fin apagué la luz. Sentí a la gata haciendo el acostumbrado paseíllo hasta la almohada y le hice hueco bajo las mantas cuando tuve el ahora inquietante ronroneo muy cerca de mis ojos. Pasó para dentro, me arañó y mordió como quien reza antes de acostarse y arrullándose junto a mi pecho nos quedamos dormidos un rato más tarde del que hubiésemos querido.

Vicente llegó al bar a eso de las nueve, como de costumbre. Dejó el hato de vendedor de cupones sobre la barra y tras los respectivos saludos y una vez adaptada su escasa visión al cambio de luminosidad pidió el habitual café con leche desnatada que tampoco hoy tenía.

- Me vas a matar, Kufisto -dijo
- Ya estás muerto -dije de camino a la cafetera, que es hablando de espaldas cuando sabes que andas con un amigo- Me extraña que no tengas el SIDA, o el ébola, o las vacas locas, o alguna mierda de esas
- Serás cabrón...

Vicente, aparte de un humor como pocos haya conocido, tiene de todo, hasta una "hija especial" de veinte años que ama más que nada en esta vida, incluso más que a su mujer y a sus otros dos hijos. También tuvo un bar que hubo de dejar cuando empezó a perder la visión que al final lo llevó a la ONCE, aunque todavía conserva la suficiente como para hacer buenas fotos, una de sus pasiones y una de las cuales me hizo sin darme cuenta y que es la que ahora llevo en el wasap por ser la única en la que me reconozco. Será que sólo me veo cuando no estoy mirando a la cámara.

Pagó con un cupón, vendió algún otro y ya recogiendo su kiosko portátil para irse al fijo se acercó al otro extremo de la barra donde ya andaba yo dejándome la vista leyendo cosas que me dejan igual que antes de haberlas leído.

- Kufisto...
- Quéee...
- WEEHH, WEEHH, WEHHH...coño -dijo haciéndome sonreír
- Venga, qué
- Mira qué gorrilla -dijo quitándose la suya para ponérsela- Me viene grande con lo cabezón que soy. A ver, pruébatela
- Que no, que ya me lo dijiste el otro día
- ¡Pruébatela, joder! ¿o te da asco?

Pues no me dan gusto las cosas de los otros, la verdad.

- ¡Venga, trae!

Me la calcé y me venía al pelo para el que va quedando. Me miré en el espejo de enfrente y me vi. Es increíble lo que hace dejar de verte medio calvo. Es increíble que uno que apenas ve sea quien mejor te ve.

- Me la quedo, venga, sí
- ¡Claro, hombre...adiós, Kufisto!


- Buenas noches -dijo Paco desde la puerta
- Buenas noches -dije yo
- ¿Donde me pongo?
- Donde te salga de los huevos. Estamos solos

Pegó un par de bastonazos y se colocó en mitad de la barra.

- ¿Qué pasa, Kufisto?
- La tierra es plana, el hombre no ha llegado jamás a la luna y todo esto no es más que la simulación de un superordenador
- Jujuju...
- ¿Qué quieres, torpedo?
- Un café con hielo, pimpín

Se lo bebió en cero coma y salimos a fumar, yo con mi gorrilla.

- Ha quedao buena mañana, ¿eh?
- Pues sí
- Con el frío que hacía a las siete...Pero tú, claro, señorito, cacho cabrón jubilao sin derecho a la vida, hoy te ha dao por aparecer a las once y media...
- Jujuju...Que he tenido que estar cuidando a mi papi, Kufisto, que se ha ido la mami a comprar...
- ...mientras otros nos dejamos los cuernos, el alma y hasta el santo espíritu que alguna vez, tiempo ha, anidó en nuestros corazones...
- ¿Has bebío?
- Un vino almorzando
- Ya decía yo
- Mientras otros nos dejamos la vida para que los arcontes que nos controlan desde las esferas superiores...
- Anda ya
- ...controlen firmes nuestros tristes destinos sin conmiseración alguna por el sufrimiento que causa el desconocido sentido de la existencia...
- Anda con Dios...
- ...para todos aquellos que no somos ni animales de granja ni animales salvajes. ¿Tú sabes que en matemáticas el cero es igual a infinito?
- ¿Pero qué estás diciendo?
- Yo...yo...yo soy tu padre
- ¡Anda ya!
- Jajaja
- Vamos para dentro, anda...
- Jajaja

- ¿Nos hacemos una foto? -le dije aún con la gorrilla puesta
- Nooo
- ¿Y por qué nooo?
- Porque nooo
- Anda ya

Le cogí por el hombro y alargué el brazo derecho con el móvil en la mano.

- ¿Pero tienes un palo de esos? -dijo él
- ¿Qué palo? -dije yo?
- Pues ese palo que tienen para hacerse las fotos
- ¡Qué voy a tener! No te muevas
- Que no quiero fotos, que no me gustan, que no salgo bien...
- Espera

La primera no salió más que su cabezón, pero a la segunda salió el de los dos. Yo fatal mirando a la cámara, pero con mi gorrilla, y él como es mirando a la barra que no puede ver.


- ¿Cuantas motos tenías tú? ¿cinco, seis? -le decía el siempre interesado arquitecto al viejales desconocido, pero evidentemente forrado de billetes, a cuenta de una divertida anécdota que estaba contando acerca de un leve accidente que había sufrido hacía poco tiempo
- Pues no sé, la verdad...Siete u ocho, creo -respondió
- ¿Y todas clásicas?
- No, hombre, tengo de todo

Eran tres. Luego se les unió otro de su clase pero pronto se fue para irse con los dos que estaba esperando, todo ello en un ambiente muy en el tono, educado aún en los tacos que soltaban de vez en cuando. Yo les ponía vinos y tapas y ellos hablaban de sus viajes o estancias en el siempre dorado extranjero, de tal o cual restaurante multi-estrellado o de la mejor manera de hacer testamento antes de solicitar la necesaria eutanasia que inevitablemente habrá de llegar ante la barbarie que supone tener a un ser humano vivo cuando lo mejor es la muerte, tanto para él como para los suyos, claro, tal y como decía don Escuderías de su suegro y las circunstancias que rodearon su muerte, bastante lamentables y suficientes como para no ser repetidas incluso siendo él el interfecto. Y entonces me acordé de mi padre y de sus años dorados, que fueron poco más o menos cuando los míos, y de como le oía responder al anuncio de cualquier grave enfermedad que para estar así era mejor estar muerto; y como muchos años después, cuando supuestamente era yo quien debía estar viviendo su edad de oro, cayó gravemente enfermo, y como a pesar de todo, del tratamiento, de los dolores, de la extrema debilidad, de la inacción casi total, quiso seguir viviendo hasta el último día de su vida, hasta que ya, parche de morfina en sangre, lo dejaron drogado en su último mediodía para evitar los terribles dolores que estaba sufriendo.

- Qué planta tiene -fue lo último que me dijo después de darnos un beso, al fin mirándome, todavía medio drogado, mi madre y su hermana junto a él, al despedirnos aquella noche en el hospital.


A última hora de la tarde llegó otro señor, uno que tiene una gran casa cercana a la humilde de mis padres. Suele venir por aquí. Una de las veces, no recuerdo por qué aunque sí que no estaba con su habitual compañero de vinos, hablamos de algo. Él había vivido, o estudiado, o veraneado en Austria, Suiza o Alemania. Yo reconocí los lugares e incluso algunas cosas de ellos aprendidas en los libros. Se sorprendió, lo vi en su cara. Después de todo yo no soy más que un camarero. Tiró el anzuelo por la política y cogí la presa sin hacerme daño ni hacérselo a él. Pude ver la emoción en su cara por lo inesperado de la situación; tanto que hubo como un conato de amistad.

Pero hoy, mientras él estaba centrado en leer el periódico, quizá esperando no estarlo, salí a fumar el medio pitillo apagado que tenía sobre el frigorífico de la cocina. Cogí la chupa y la gorrilla, me miré otra vez en el espejo de enfrente y salí a la calle.

El sol ya hacía rato que se había ido a hacer unos de los ceros. Lo de Paco había sido bueno pero no tanto como para quedarse con nosotros; además que Paco nunca lo permitiría: ni el sol es más ordenado que un ciego. Y si lo es, es porque es ciego.

Y entonces pasó de paso uno con un camión de reparto que no le cuesta mucho hacerlo de pasada cuando no le interesa. Pero me vio con la gorrilla y pegó un bocinazo haciéndome el saludo militar.

Reí. Entré al bar. El señor se fue tras pagar un tanto impaciente por mi tardanza. Recogí las cosas del mediodía como antes lo había hecho con las de la mañana. Poner y quitar. Poner y quitar.


Lo malo es cuando lo que quieres quitar está vivo, tiene frío y como se te ocurra dejarlo fuera no te deja dormir con sus gritos.

domingo, 10 de diciembre de 2017

EL PEQUEÑO ADRIÁN

- ¡Dame un vaso de agua, Kufisto! -gritó el pequeño demonio entrando en la barra como una exhalación
- Con cuidao, Adrián -dije acabando de tirar una caña
- Tienes camarero nuevo -dijo la mujer sonriendo
- Sí...Mira como estás -le dije al enano- Pareces un pollo, todo sudao, que te va a dar algo. Me vas a desgraciar el pobre futbolín -dije. Y viéndole me acordé de mi jugando al Comecocos con algún año más, pocos, de los que ahora tiene él.
- ¡Dame un vaso de agua, Kufisto!
- Voy, voy, voy...no toques nada
- ¡Grande!
- ¡Que no toques eso!
- ¿Qué es?
- Mierda
- ¿Qué?
- Basura
- ¿Basura?
- Sí, ahí se quedan las chapas de los refrescos. Toma tu vaso de agua y vete
- ¿Qué es una chapa?
- Lo que tapa la botella de los zumos
- Ahhh...-y se puso de puntillas con la intención de echarles mano, pero todavía es demasiado pequeño. Sólo tiene cuatro años- Dame una chapa, Kufisto.

Se la di.

- ¡Esta no, otra!

Le di otra.

- Dame otra más, Kufisto.
- Toma y tira, anda
- Dame otras dos. Quiero cuatro.

Se las di.

- ¡Y compártelas con tu hermano pequeño!
- Vaaale -dijo el pequeño torturador de hermanos aún más pequeños.

Lo conozco desde que nació. Es el primer hijo de una pareja amiga. Al principio era muy bueno y calmado, pero al echar a andar se transformó en un ciclón. Y cuando le dio por hablar pasó a huracán. Poco después nació su hermanito, un niño que ya anda y empieza a hablar intentando hacer lo que hace el mayor, aunque siempre con la suelta espada de Damocles colgando del ligero puño de Adrián. Rara es la mañana en la que no lo hace llorar siete veces. Luego llora él alguna cuando su muy civilizado padre pierde la calma. Desde que lo es de dos se le ha puesto cara de Michael Douglas yendo al trabajo en mitad de un atasco.

Adrián llega y pasa corriendo a la barra para meterse en la cocina.

- ¡Hola, Kufisto!
- ¡Hola, Adrián!

Y se va directo adonde tengo los frutos secos y las gominolas.

- ¡Quiero frutos secos! -dice esperando que vaya a dárselos. Entonces cojo una tacilla de café, la meto en el bol y se la doy- ¿Y las gominolas? hay muy poquitas -dice hurgando. Y tengo que cogerle cuatro o cinco chuches más de las que la suerte le había echado

- Gracias -responde desde hace algún tiempo. Luego se le olvida en el fragor de su batalla. Todavía es tan pequeño que no recordará nada de todo esto.

Acto seguido llega su hermanito y me mira. "¡Ah!" dice señalando con su dedito lo mismo que su hermano ya pide por su nombre. "Toma" Y me mira muy serio con esos grandes ojos tan brillantes. "Ten cuidao" le digo al verlo coger la tacita con sus pequeñas manos. Y así, mirando a su tesoro y dando pasos aún más cortos se va obediente con sus padres.

Durante unos minutos que siempre se hacen pocos están sentaditos en los taburetes de la gran mesa central, aunque decir sentados sea decir demasiado en el caso del inquieto Adrián. A veces me salgo con ellos. Llegan temprano y apenas hay nadie en el bar. Los mayores hablamos de algo y los peques van comiendo alegremente, como si cada bocado de aquello estuviera tan bueno como nosotros ya no podemos recordar. Da gusto ver como lo hacen, escogiéndolos con sumo cuidado y mirándolos antes de llevarlos a sus bocas. El más pequeño, muy bien sentadito y protegido por los brazos de su padre, mira alguna que otra vez a su hermano el contorsionista. Y este lo ignora y si encuentra algo que le gusta mucho se lo dice a su mami con una gran sonrisa de felicidad correspondida.

Pero el café seco no dura para siempre. Y ahí abajo hay todo un mundo seguro y ya conocido para jugar.

Como la Mesa Grande con una Tabla en medio y otra debajo por las que reptar peleando por la posición conquistada. O las sillas de la suerte de Kufisto, tan derroidas que algunas tienen el asiento suelto y es una risa cuando se caen y te pones a saltar sobre ellos. O la persiana del ventanal y sus tiras que tapan la luz del sol si les das la vuelta. O la cortina metálica de la puerta del bar de Kufisto que es un gustazo coger sus hilos entre tus brazos, echarte para atrás y soltarlos para que hagan ruido. O el futbolín, que es todavía mejor cuando no hay que estar pendiente de una pelota y puedes dedicarte a darle vueltas con todas tus fuerzas a los palos que sujetan a los monigotes hasta ir tan rápidos que hacen mucha risa. O la barra abierta de Kufisto, que puedes entrar a ella cuando quieras y ver todo lo que hay dentro, que es estupendo aunque te regañe...

Eran las dos del mediodía cuando Adrián se puso a jugar con un globo rojo entre la barra y el salón. Le daba manotazos y el globo subía hacia arriba. Adrián no lo perdía de vista y en cuanto lo tenía al alcance le daba otro bien fuerte. A veces lo hacía en el lugar correcto y el globo subía aún más ante su excitación, tanta que el siguiente solía ser un mal golpe. Al rato se cansó del globo, lo dejó por ahí y poco antes de irse alguien lo explotó. Y aparte del susto general no se oyeron lloros.


- ¿Le has dicho adiós a Kufisto, Adrián? -dijo su madre


Vino corriendo a la barra, sudando como un pollo que hubiera estado jugando al Comecocos en el bar de sus papas.


- ¡Adiós, Kufisto!
- Adiós, Adrián


Y le di cuatro carrizos de los gordos.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

DICIEMBRE

- Probablemente ya te lo haya dicho...-dijo, solemne, el viejo

Hizo una pausa para dejar la caña y el platillo vacíos sobre la barra. Nos miramos y un tanto estupefacto al ver que se dignaba a dirigirse a mi para algo más que pedir su consumición pensé que iba a dictar la por otra parte habitual sentencia favorable que recibo en estos casos.

- ...y si no te lo he dicho lo repito: colecciono monedas antiguas, billetes, todo aquello relacionado con la numismática...

Bien. Fue algo así como abrir un folleto del DIA y ver los planos de un submarino japonés. No supe qué cara poner ni casi qué decir

- Ya...entiendo, entiendo...
- Tan sólo quiero decirte que si conoces a alguien interesado en su venta -continuó- hagas el favor de comunicármelo
- Claro -respondí-, claro...No se preocupe.
- Magnífico. Adiós.

Y se marchó andando de esa manera que anda, como si a cinco metros hubiera una sonriente y distinguida señora esperándole para bailar un bolero. Claro que hoy, por primera vez en los años que le conozco, no había nadie con él: ni mujer, ni hija, ni yerno, ni nietos. De entrada fue a sentarse en la única mesa que claramente estaba ocupada, aunque en ese momento sus inquilinos estaban en la tragaperras entreteniendo a su pequeña con los simpáticos monstruos que animan al personal a jugarse los cuartos y aún mejor los enteros. El viejo dejó el sombrero y el abrigo sobre la bancada y quizá viendo ya de cerca los vasos medio llenos se trasladó a la gran mesa de pie del salón donde suelen ponerse cuando vienen todos juntos, pero al final acabó por sentarse en un taburete frente al ventanal. Y allí se quedó un buen rato con su caña y sus patatas con chorizo picantón, mirando a través del cristal, en el silencio que acostumbra, no roto en el día de hoy por los demonios de sus nietos extrañamente ausentes y ya a esa hora y visto lo visto hasta echados de menos por mi.

La mañana ya estaba más vencida y acabada que un día de la Constitución en el medio-oeste de África cuando por sorpresa llegó un viejo amigo que vino a esperar a otro suyo. Charlamos un rato de sus negocios, de sus cosas, siempre divertidas, aún las dolorosas, y pasó un buen rato hasta la llegada del tercer hombre. Salimos a fumar y se nos unieron las dos que quedaban dentro excepto el negro y la niña de una de ellas, una amiga de ambos. Hablamos del frío y de las facturas de gas, de lo mal aislados que están los pisos nuevos y de los remedios caseros para reducir el consumo. Todos habíamos leído algo en algún sitio y ninguno había hecho nada. Pero al menos daba para reírse un rato.

En esas estábamos cuando Rodrigo llegó y tras los saludos pasamos para adentro. Los otros cuatro pagaron, se fueron y ya solos cogí el medio conejo que mi madre había cocinado para mi y lo saqué para compartirlo con los dos. Mi amigo dijo que ni de coña por hartas razones de infancia y el otro no le hizo ascos en cuanto le dio el primer bocado. Es curioso, pero todos estos que tienen tanta pasta y están tan hartos de lo mejor de lo mejor es probar una cosa casera, de madre, y comen que se le caen las lágrimas. Recuerdo a uno, un tragaperrero forrado de billetes, el típico mafioso del negocio, que una vez nos lo llevamos a casa de la abuela y sólo le faltó ungirle los pies tras probar su guiso. A cambio y un par de días después nos trajo unas docenas de huevos de sus gallinas como no he probado en mi vida. "Ni a mis máquinas cuido tanto como a mis gallinas" decía. Doy fe. 

Esta clase de tíos, los tíos de dinero, si tienen una cosa en común es su apetito por las mujeres: consiguen dinero para tener las mejores mujeres. Y hacen lo que haga falta no por el dinero, sino por ellas. Luego, claro, estarán los psicópatas del dinero, por supuesto; pero esto es más un signo de impotencia que de otra cosa.

Recuerdo un mediodía de no hace mucho. Yo estaba ahí, tras la barra, y Rodrigo llegó con sus dos hijas pequeñas. Las niñas, muy formales y bien educadas, se sentaron en una mesa con sus trinaranjus y sus chucherías. Rodrigo se quedó en la barra, junto al grifo, con su cerveza y el móvil, a su aire, ensimismado. De vez en cuando alguna de sus hijas se le acercaba para decirle algo en voz baja y él les respondía casi que sin mirarlas, aunque cariñosamente. Y en eso que una de las veces que estaba echando cerveza del grifo pensé en darle un discreto vistazo a aquello que Rodrigo estaba mirando en su móvil con tanta atención. Y ya en el pilón, enjuagando los vasos que el bendito lavavajillas limpiaría, alcé la vista hacia mi derecha para ver lo que él estaba viendo. Tal vez fuesen conversaciones de wasap, o documentación de los negocios, o el índice de la Bolsa de Madrid, o...tías en bolas. Media hora llevaba así. Media.

Nos comimos el conejo ante la incredulidad de mi amigo.

- Me miras como si no te lo creyeras -le dijo Rodrigo a mi amigo- ¡con lo tiquismiquis que soy con la comida! Pero está bueno. Está cojonudo. Felicita a tu madre, Kufisto
- Lo hago casi todos los días, Rodrigo.

Se fueron y otro decepcionante turno de mañana, casi escatológico, llegaba a su fin cuando apareció una pareja de gilipollas. Difícilmente puedo describir a alguien tan tonto, así que no lo haré. Después llegaron otros dos casi más estúpidos que ellos, pero yo ya estaba a punto de irme.

En esas andaba cuando el más imbécil y borracho de todos preguntó en voz alta:

- ¡Kufisto! ¿qué se piensa detrás de la barra de los que estamos fuera de ella?

Y justo en ese momento llegaron más refuerzos al grupo. Estaban abrazándose como si fueran a desaparecer cuando llegó mi hermano.


Salí a la calle. El sol estaba en las cuatro y pico de un día de diciembre. Una hora, quizá hora y cuarto, no más.


Poca luz para tanta sombra.

lunes, 4 de diciembre de 2017

EL CASO DE LA FOTOGRAFÍA OLVIDADA

- Está negativa -ha dicho el recaudador de la tragaperras
- Estupendo -he respondido mirando el huevo duro que estaba pelando.

Otra semana sin pillar ni un euro. El tragaperrero me ha dado los tres de propina que se lleva la mujer de la limpieza no sin dejar constancia de ellos en el ticket informatizado que deja por recibo y se ha ido a seguir recaudando por ahí. O a intentarlo.

- Me voy, Dominga. Cierra -le he dicho a la mujer
- Adiós, Kufisto

"Se jodieron las zapatillas nuevas" me he dicho arrancando el coche. Llevo un par de semanas con síntomas de necesitarlas pero no tengo dinero para comprarlas. Hoy contaba con el de la máquina pero no ha podido ser. El viernes pasado por la tarde un viejo se llevó unos seiscientos euros y la dejó seca. Los tiempos en los que las tragaperras pagaban coches y carreras universitarias llegaron a su fin hace mucho. Ahora apenas alcanza para comprarse unas Nike.

Conduje hasta mi casa pensando en la ruina que tengo encima. Con calma, pero pensando en ello. No tengo dinero. La verdad es que nunca me ha interesado demasiado. Quizá por eso no lo tengo. Si no deseas algo con fuerza no llega, dicen . Y si lo deseas, tampoco. A veces me deprime la situación. Suele pasar el día después de haber bebido para escribir. Llego el bar y me pregunto si merece la pena seguir con él. ¿Qué clase de negocio es este en el que vives esclavizado para pagar la vida de otros y ya, si eso, la tuya? Luego es habitual que ese día negro salga algo mejor, como si el Titiritero se dijera: "Eh, que este está en las últimas. Vamos a darle un poco de cuerda" Y entonces te animas un tanto y por un rato olvidas que sigues con la soga al cuello, más o menos como lo has estado durante toda la vida. Que sea una línea continua o un círculo no lo sé ni me importa demasiado; lo que sí tengo cada vez más claro es que las cartas se echan al principio y que más te vale estar atento cuando comienza el juego porque después ya dará igual.

El sábado por la mañana, el día después en el que aquel viejo se llevó el dinero que tanta falta nos hace, vino un viejo amigo a tomar un café. No sé como pero acabó enseñándome una foto en su móvil de cuando jugábamos juntos al fútbol con el resto de compañeros. Calculando la edad en la que una cruel enfermedad hizo presa de uno de ellos nos dimos cuenta de que por entonces tendríamos unos 20 años. La mayoría de los que aparecíamos tan sonrientes habíamos ido al mismo colegio desde pequeños. Luego, en la adolescencia, algunos tiramos por otro lado y otros siguieron por el suyo. Y al cabo de unos años volvimos a reunirnos para montar un equipo de fútbol. Se nos dio bien, pero esto es algo que ya carece de importancia. Lo que sí me di cuenta es que viendo las conocidas caras de todos aquellos chavales que fuimos uno veía claro como le iba a ir la vida a cada uno de nosotros. Sí, a posteriori es algo que parece fácil, pero es después de que pasen las cosas cuando te das cuenta de que no podían haber pasado de otra manera, salvo imprevistos como la citada enfermedad. Y a veces, si miras bien, hasta estas son previsibles aún siendo inmerecidas.

No le dije nada a mi amigo pero todo esto lo vi en un segundo. Tanto lo suyo, como lo mío, como lo de los demás. Todo me pareció tan claro que ni me sorprendió. Estuve tentado en pedirle que me la pasara por wasap, pero al final no lo hice. No soy de fotos, nunca me gustaron. Apenas tengo memoria de todo aquello. Él me hablaba de cosas que yo había olvidado y otras que directamente no podía recordar. El pasado es para mi una cosa tan lejana que llega a parecer extraña, como si toda mi vida fuera una huida hacia delante, una escapada hacia algún sitio que siempre he sabido donde está pero no puedo alcanzar.

Apenas eran las nueve cuando he vuelto a casa. El sol todavía no podía ni con los edificios más pequeños y el frío que había dejado la larga noche helada era mayor en ese momento, como si los efectos de las cosas lograran su apogeo al irse. Cogí a la gata y la metí en el porta. Guardé su cagadero en una bolsa grande de basura, pillé una latilla de su comida, bajé por el coche y fui a la casa de mi madre para dejársela hasta después de la comida familiar de los lunes. Al llegar me di cuenta de que había olvidado la llave del cerrojo y tuve que llamar, despertándola y haciéndola bajar las escaleras.

- ¿Quien?
- Yo

Abrió y era tanto el frío que ni nos besamos. Subimos hablando de algo y ya en la cocina abrí la puerta de la jaula de la gata. Saqué el sucio cagadero de la bolsa y dejé la latilla sobre la mesa. Mi madre empezó a decirle cosas cariñosas a la gatita mientras esta comenzaba el que ya va siendo habitual reconocimiento semanal del territorio, obviando todo lo demás. Lo primero es lo primero. Por mucho que te sonrían hay que saber donde te juegas los cuartos aunque no sea la primera vez. La última siempre está más cerca de lo que uno cree. Las cosas pueden haber sido cambiadas de lugar durante tu ausencia y todo cuenta cuando todavía estás aprendiendo. Ya habrá tiempo para confiarse. Más o menos hasta que seas tú el que ponga la baraja, la casa y un fiel y tonto perrazo que guarde tu puerta a cambio de algo de cariño y un poco de alimento.

Besé a mi madre y salí a la calle. El frío era tan atroz que hasta me saludó uno que evita saludarme. El daño en la planta del pie se manifestó en la rodilla, que también es así como pasan las cosas en el cuerpo. Causa y efecto siempre están separados por una cierta distancia en el tiempo que hace al espacio. De ahí lo de ver bien y tener buena memoria.


El resto es una mera cuestión de datos, fotografías y alguna radiografía que haga de sexto sentido para los casos que siempre intuimos pero no pudimos ver.






viernes, 1 de diciembre de 2017

EL PRIMERO DE DICIEMBRE

Son las seis y media del primer día de diciembre y ya es de noche. Hace frío. Acabo de encender la calefacción tras apagar el brasero del sofá. La gata está jugando con unos auriculares que até al pomo de la puerta del salón hace unas semanas. En el suelo tiene un par de cajas vacías, un pequeño cesto de mimbre y unos cuantos tapones de garrafas de agua y botellas de whisky que voy renovando conforme los pierde bajo el sofá. Pero ahora mismo anda obcecada con los auriculares, ansiosa por arrancarlos de su cable: corre, salta, muerde, araña, se va y vuelve otra vez. A veces es tal su ansia que se estrella contra la puerta. Entonces exhala fuerte, agita la cabeza, se queda mirando su presa y echa una carrera hacia la puerta de entrada para pensárselo mejor en la oscuridad donde nadie la ve. Y enseguida vuelve a la caza. Creo que esta noche lo conseguirá antes de que nos vayamos a dormir.

Ayer fuimos al veterinario por su cuarta vacuna. Llegamos y la recepcionista, una chica joven que no conocíamos, estaba hablando por teléfono de un asunto particular. Acabó dando su nombre y sin siquiera mirarnos preguntó. Yo le dije por qué estábamos allí y nos envió a una habitación contigua después de consultar con su ordenador. Era diminuta, de unos 5 metros cuadrados. Había una mesa metálica a un lado, una papelera debajo y otra mesa en el fondo con un ordenador y algunos botes medicinales. Los azulejos eran de vivos colores, como de guardería. Coloqué el porta sobre la mesa de operaciones y abrí la reja. La gata se lo pensó hasta que salió. Después olisqueó con sumo cuidado y poco a poco fue mirando todo lo demás. Saltó a la otra mesa para reconocerla de la misma manera. Y ya conforme dio otro salto hacia el suelo. Por allí andaba cuando Brutus, el perro de un chico joven, entró en escena. No lo vimos, pero ella puso las orejas tiesas y yo cerré la puerta. Luego Brutus cruzó el pasillo con su amo hacia la sala de espera y ella me miró y la subí a la mesa.

Al rato llegó la chica de la última vez, una treintañera un tanto ajada, alta y muy delgada, de manos grandes y huesudas, enrojecidas y llenas de pequeños arañazos. De mirada grande, oscura y triste, nariz prominente y boca pequeña y descolorida, con profunda voz nos dijo lo que iba a hacer mientras alababa la belleza de mi gatita. Entonces recordé que al coger la tarjeta veterinaria había visto que la catalogaban como macho cuando me habían dicho que era hembra. Se lo dije con la esperanza de que así fuera. Ella dijo que a veces se equivocan cuando son tan jóvenes como la mía, pero la cogió para verle el culo y con mi ayuda acabó por certificar que sí, que era hembra. Miró en el ordenador, vio el error y dijo que pronto sería corregido. Sacó la vacuna, agarré a la gata contra la mesa, la veterinaria le puso el jeringazo allí donde estos magníficos animales no llegan a lamerse, la gatita aulló como las otras veces pero esta no alcanzó a arañarme. Y Berenice puso otro sello en la jodida tarjeta y me preguntó si la habían desparasitado más veces tras la primera, hace un par de meses. Dije que no y respondió que había que darle una pastilla. También me habló de la próxima esterilización, inevitable en mi caso, y de un microchip, cosa que terminó de abrumarme. Cogí a la gata y de no muy buena gana entró en su jaula. Volvimos a recepción y ya estaba la chica habitual, la gobernanta, una que aún no siendo vieja tiene facciones de bruja pero al menos te mira a los ojos cuando te habla. Berenice le dijo que me diera una pastilla y no sé si fui yo o ella la que habló de esterilización, pero fraü Brugger cogió el envite, sacó un libraco y enseguida me explicó los precios del proceso: "Esterilización, tanto; anti-inflamatorio, tanto; nosequé, tanto; microchip, tanto"

- ¿Pero el microchip es necesario? -dije- Yo vivo en un piso y no sale de ahí
- Ya, pero es obligatorio...aunque no mucho -terminó por decir viendo mi cara de terror.

Pagué la vacuna y la pastilla y nos fuimos de allí. Paré a comprar tabaco y el cabrón del estanquero casi se me puso a llorar sobre el hombro a cuenta de lo mal que decía le iban las cosas. Pensé que si estuviera como yo, haría tiempo que se habría volado los sesos con uno de esos escopetones que usa para matar animales en sus cacerías privadas. Alucinado por toda la secuencia vivida llegué a casa con la gata maullando en el asiento de al lado.

"Doscientos cincuenta euros...doscientos cincuenta euros...-me decía mientras se abría la puerta de la cochera- ¿de donde saco yo doscientos cincuenta euros para febrero? ¡Y eso sin microchip! Oh, Señor, en qué hora rescataría de la calle a esta puta gata..."

Subimos en el ascensor. Ella maullando y yo pensando en que iba a darme el palizón navideño de todos los años para pagarle su operación. Y eso con suerte. Suerte II, se llama la puta, que no me compliqué cuando me pidieron un nombre que nunca utilizo para registrarlo. Mi primer gato se llamaba oficialmente Suerte, aunque pocas veces lo llamaba así. Cincuenta pavos me costó castrarlo. Y no recuerdo tantas vacunas ni tantas mierdas. Era mucho menos jodeor, le gustaba estar a su aire, no necesitaba estar conmigo constantemente, ni dormir en mi habitación nada más que algunas noches de invierno. Era un gato duro, digno, naranja como el sol, de ojos como la buena miel y una pequeña mancha al pie de su blanca patita derecha...¡Ah, Suerte, Suerte...cuanto te echo de menos, Godofredo! 

Esta ya tuvo que dormir conmigo la primera noche. Bueno, era normal; la había recogido de la calle esa misma tarde y tal, toda asustada, yo no sabía si era hembra o macho o fluida, sólo que estaba acojonada y no dejaba de entrar al maldito bar por más veces que la echara a la calle. En fin...que las noches que siguieron no hubo manera de dejarla fuera de la habitación: tenía que dormir conmigo o allí no dormía ni Dios. Y bastante tengo ya con los vecinos.

Ahora, con el frío y mi obligado control de la calefacción que hoy acabo de estrenar, se mete hasta entre las mantas que le abro para que deje de darme el coñazo sobre mis hombros. Le hago un hueco y entra disparada. Se acurruca en mi estómago y allí se queda, sin moverse hasta que lo haga yo cuando no me queda más remedio, que no hay cosa peor que molestar a un gato cuando duerme. De vez en cuando estira su garra encogida y acaricia la mano que no agarra la almohada, como asegurándose de que estoy ahí, de que no me he ido, de que ya no hay Brutus por los que preocuparse salvo alguna que otra salida imprevista y no demasiado terrible...

Después nos despertamos, me ducho y mientras intento ponerme los calcetines para irme a trabajar y ganar dinero con el que mantenerla me muerde los pies desesperada hasta que el golpe es demasiado fuerte para los dos.


Es viernes, primero de diciembre. Hoy empiezan las cenas de empresa. La gente que no suele beber no sabe como hacerlo. Pero lo hacen. ¿Hay alguna otra forma de estar en público cuando ya sólo quieres estar en privado? La hay, sólo que no tienes que jugar.


Acabo de bajar a un recado. La gata está dándole duro a lo que queda de uno de los sofás. Son ya trece los años y dos los gatos que han soportado. Ayer tuve que ponerme un par de cojines para ver a Sherlock Holmes sin que las costillas me mordieran. Tardo un poco en darme cuenta de las cosas. Pero al final, cuando menos se espera, lo hago.


El recado está al alcance de mi mano y Dalila empieza a olerme los pies antes de atacarme por cualquier flanco: objetivo, la mesa y todo lo que hay en ella. Es la única zona del piso, del mundo, que no le dejo monitorear a su libre instinto. Pero Ginger crece a pasos agigantados. Ya casi tengo que ponerme prismáticos cuando me siento en el sofá para ver a Sherlock. Suerte I pasaba de todo mientras yo veía El Resplandor.


Primero de Diciembre. Pronto llegará la Navidad. El Hijo de Dios nació de una Virgen y nos perdonó con su muerte. Un tío noble. Un tío valiente. Un tío que sabía como beber. Un tío que algún día me enseñará donde me equivoqué.


- Mira, Kufisto, aquí fue


- ¡Ah, sí...!




lunes, 27 de noviembre de 2017

LAS GAFAS PERDIDAS

Perdí las gafas de sol la última noche que Dylan cantó en Madrid. Yo me puse tan ciego que al día siguiente recordaba algo mejor a sus teloneros, aunque tampoco mucho.

- Kufisto -dijo mi tía con delicadeza
- Mmm
- Kufisto
- Weerr...
- Que son las seis y cuarto, que te tienes que ir al pueblo
- Wooor?
- El pueblo, que te tienes que ir a trabajar
- Ah, sí...sí...

Y recogiendo las cosas para volverme pitando al pueblo en el primer tren de la mañana vi que no estaban las gafas. Se lo dije a mi tía, quien mirándome con cara de "anda y vete con Dios o con cualquier otro" dijo que luego echaría una mirada. Pillé un taxi y ya en el vacío vagón del tren fijé la mirada en el contador digital de velocidad con la esperanza de no torturarme demasiado con el hecho de haber desperdiciado la ocasión que llevaba esperando los dos últimos años de la banda sonora de mi vida: "149...150...150...151...148...149...Joder, no me acuerdo de nada...150...151...150...149...Sí, el batería de Los Lobos, qué bueno...150...150...150...¿Y Dylan qué?...149...148...147...Joder, me cago en mi puta vida...150...151...152...Y encima pierdo las putas gafas...150...150...150..." "Próxima parada: TU PUTO PUEBLO, GILIPOLLAS" Bajé, cogí el coche del aparcamiento, fui a casa, me duché y afeité y escopetado tiré hasta el bar.

- ¿Qué tal el concierto, Kufisto?
- Bien, bien...de puta madre
- Hombre, como para no estarlo después de dos años jodiéndonos vivos con el voz de gato ese..."

Al mediodía llegó mi hermano con algunas cosas para el bar y le dije que se esperara un momento mientras yo iba a un sitio. Fui a la óptica y en cero coma compré otras parecidas con una sensación de alivio; hasta de limpieza y perdón, diría yo. Ya con ellas puestas y de mejor humor volví al bar. Y al rato mi tía llamó para decirme que había encontrado las perdidas bajó el sofá en el que había dormido aquel sueño perdido.

Hoy soñé con mi padre. Parecía muy enfermo y asustado ante su cercana muerte. Yo le hablaba y él ni me miraba con la vista fija en algo que había delante. Estaba con la boca entreabierta pero decía nada, sólo miraba allí, a ese punto de la pared. Yo le decía algo más y después me iba corriendo a trabajar al viejo bar, pero nada estaba en su sitio. Por fuera era aquel bar pero por dentro era otro. Yo no encontraba nada donde había estado antes y me desesperaba. La gente llegaba y no sabía qué hacer. Pidieran lo que pidieran no conseguía encontrarlo. Hasta que me fui corriendo para ir a ver a mi padre, que seguía en el mismo sitio y en la misma posición. Le grité algo y entonces me miró como si yo fuera el mismo punto de la pared sólo que cambiado de sitio. Y cuando iba a decir algo desperté. Recé, me duché y fui para el bar.

Poco después llegó la señora de la limpieza. El lunes es el día de cierre pero apenas llego una hora más tarde al bar. Luego viene el de la tragaperras y hace la recaudación. Hoy no se ha dado mal. De vuelta a casa cogí a la gata para llevársela a mi madre. Ayer volvió a preguntarme por ella. Cuando llegué todavía estaba dormida. "Te traigo compañía" le dije dándole un beso. Ella se alegró y yo me llevé a la gata para la cocina, lejos de los muebles del salón, única razón por la que mi madre no quiere otra gata como la que ya tuvo. Aún medio dormida llegó sólo un minuto después. Alegre, empezó a decirle cosas a la extrañada gatita. Y sin tiempo para más ante el inicio de la hora azul y la cercanía de sus controladores vistos al bajar del coche me fui de allí dándole otros dos besos que a punto estuvieron de ser en los labios a causa de su todavía cercano sueño. Quizá ella también ha soñado hoy con él. Quizá ella siempre sueña con él.

Otra vez en casa. Dinero y a pagar facturas y comprar cuatro cosas. Cogí el gorro, la bufanda y las gafas de sol y fui a Correos para pagar el último a viso de los de la luz. La máquina que da los turnos estaba averiada y le pregunté al de delante si iba por vez. Apenas se volvió pero dijo que sí. No había mucha gente y terminé rápido. Al salir me puse las gafas de sol y a tararear lo que estaba escuchando por los auriculares. Pasé por delante del viejo bar y entré a la tienda de los frutos secos. Compré medio kilo de nueces y nada más salir me di cuenta de que no llevaba las gafas por ningún sitio. Volví a entrar a la vacía tienda y me dijeron que allí no me había dejado nada. Salí y miré por los alrededores. Estaba seguro de que había llegado con ellas puestas. No las vi y regresé a Correos. Ya había más gente y fui al mostrador donde estaba quien me había atendido. Le pregunté por mis gafas y dijo que allí no me había dejado nada. Volví a salir y volví a hacer el mismo camino que había hecho al salir por primera vez. Nada. En los aledaños de la tienda de los frutos secos vi como la chica me miraba desde el interior un tanto preocupada. Pasé de volver a entrar. Y me fui para seguir haciendo lo que todavía me quedaba por hacer.

Terminé cuando el sol estaba empezando a calentar algo la fría mañana. Me quité el gorro y lo eché en la bolsa de las nueces. Volví a mirarme en todos los bolsillos de la cazadora de segunda mano que un familiar nos ha dado junto a otras ropas que él ya no iba a usar más. Nada. Por un momento pensé que quizá las tuviera en casa, que a lo mejor no las había sacado viendo lo temprano de la hora en la que había salido, que pudiera ser que al llegar a casa las encontrara ahí, delante del ordenador, sobre la factura en la que las había dejado para no olvidarlas al salir por la puerta...Nonono, las había cogido, estaba seguro de ello. Incluso me acordaba de habérmelas quitado justo antes de entrar a la tienda.

Subía en el ascensor pensando en esa remota posibilidad cuando al abrirse la puerta se cayó el mando de la cochera que llevaba colgado del juego de llaves. Estaba a punto de caerse aún más por el estrecho hueco del elevador pero cuando iba a hacerlo le di una patada y se quedó dentro, es decir, fuera. Lo recogí del pasillo y pasé a casa sin acordarme de las gafas. Un rato después miré y vi que no estaban. Las había perdido. Había perdido las gafas que compré cuando creí haber perdido las otras en el concierto de Dylan.


Encendí un cigarrillo y lo fumé mirando por el ventanal cerrado. A lo lejos unos niños jugaban en la hora del recreo. Podía oír sus gritos desde mi ventanal.


Bajé a las cocheras, entré en mi coche y eché mano al portagafas del asiento del conductor. Ahí estaban, ahí seguían estando las viejas gafas de repuesto.


Arranqué, le di al mando y la puerta de la cochera se abrió.


Y entonces subí la rampa, me puse las viejas gafas y conduje hasta la última parada de la mañana.




viernes, 24 de noviembre de 2017

MUJERES

Mi primera novia tenía un pequeño problema de halitosis. Aparte de eso estaba bastante bien: era morenita tanto de pelo como de piel, los labios carnosos y unos ojos bastante grandes para la estatura que gastaba. La primera vez que nos enrollamos lo hicimos en un oscuro callejón cerrado de tan mala planta que por allí no podrían entrar ni salir nada más que tractores. Apoyados en la pared le metí bien la lengua apretándola fuerte contra mi pecho. Ella respondió y poco a poco intenté tocarle una teta por debajo de toda la ropa que llevaba puesta. Por tres o cuatro veces, justo cuando estaba alcanzando su ardiente y duro seno, me retiró la mano. Pero al final se dejó hacer mientras nos comíamos la boca como si no lo hubiésemos hecho nunca antes, que era ni más ni menos lo que estaba pasando. Y ya enfebrecido y con el nabo loco bajé la mano hacia su pantalón, toqué un poco de pelo y...ahí se acabó la función: aquello era demasiado para una chica de buena familia, supongo. Salimos abrazados a la calle. Era una noche de invierno. Recuerdo caminar en silencio agarrándonos de la cintura, parando cada dos por tres a darnos tiernos besos bajo la fría luz de aquellos faroles de hierro fundido que mal alumbraban las estrechas calles del barrio antiguo, mirándonos a los ojos con una sonrisa tan grande como para dudar de que alguien más estuviera sonriendo en el mundo entero. Después la dejé en casa de sus padres y yo me fui a la de los míos. Éramos unos críos de catorce años. Ella contaba los días y las semanas que llevábamos juntos. Íbamos a la misma clase, tenía que estar con ella todo el rato y en fin...que yo también quería estar con mis amigos. Estuvimos saliendo un par de meses y al final lo dejamos. Lo dejó, más bien, cosa que no me importó demasiado. Algún tiempo después me dijeron que se había metido a monja o algo por el estilo.

Luego hubo otra, una que siempre llevaba de carabina a su mejor amiga, una chica fea pero "muy enrollada" y todo eso. La mía venía rebotada de una relación que había durado cerca de un año, cosa que en sus breves ausencias para ir al baño o a pedir bebidas era aprovechada por la amiga para contarme lo mal que lo había pasado con su ex y lo bien que la veía conmigo. Yo ya estaba un poco hasta los cojones de que cada dos por tres saliera el susodicho, pero bueno: esta, aunque igual o más posesiva que la primera, era mucho más puta y al final acabé metiéndosela en el parque en una noche de verano. Pero el otro siempre estaba ahí de espíritu presente y antes que lo estuviera de cuerpo me fui por patas lejos del par de dos.

Vinieron algunos rolletes todavía más pasajeros y a los dieciocho conocí a una chica de la que me enamoré de verdad. Creo que el enamoramiento es eso, querer estar siempre con una persona y pensar en ella cuando no lo estás. Y lo tremendo es que durante el año que estuvimos más o menos juntos no hicimos nada. Nada. Aún hoy no sé qué fue aquello. Fue la primera vez que lo pasé mal cuando se acabó. Hasta que empecé a pinchar música en un garito y por primera y última vez entré en el circuito de los que pillan cacho cuando les apetece. Pero aquello acabó colapsando y yo, por fin, entré al redil de la vida que nos anunciaban nuestros padres.

Apareció otra mujer. Era muy guapa, muy joven y se enamoró de mi. Estuvimos juntos muchos años y una tarde que estaba borracho me dejó. Ya había pasado alguna vez pero esta pronto me di cuenta de que no había marcha atrás. Me hundí. Una noche desperté a eso de las cuatro de la mañana después de haberme acostado bien ciego. Fui al salón y encendí el ordenador que tres meses atrás, uno más tarde del final de la relación, me había regalado mi preocupada madre para que estuviera entretenido con algo, aunque no había servido de mucho. La pobre había venido una tarde al piso con su cuñado (el manitas de la familia) para que lo instalara y lo dejara listo. Conociéndome sabía que yo no lo hubiera hecho ni viviendo cuatro veces. Todavía tengo un armario sin acabar de ensamblar por completo y ya van para trece los años que llevo aquí. Y antes se caerá como ya se está cayendo que yo acabe de formarlo. Tan sólo espero que no pille a la gata cuando lo haga.

Esa noche estaba delante del ordenador, poniendo su nombre en el buscador, cuando miré por el móvil y no lo vi. Empecé a buscar por toda la casa y seguí sin verlo. No recordaba nada. De pronto vinieron flashes del tugurio donde había acabado y me entraron los siete males: "¿y si me llama hoy? -me dije aún sabiendo que me lo había bloqueado apenas dos semanas después de dejarme- ¿y si ahora mismo, GILIPOLLAS, está llamándote y tú estás sin el puto teléfono? ¡Joder, Dios!" Pero recordé que otras veces me había pasado lo mismo y lo había solucionado llamándome con el fijo del ordenador. Tan sólo había que marcar mi número de móvil y este respondería con su grito de auxilio desde la cocina, o de la habitación del gato aquel que tuve, o del abrigo que no me ponía, o del frigorífico, o la taza del water o lo que fuera. Descolgué, marqué y dio tono.

- ¿Sí?

Era ella. Sin darme cuenta había marcado su número. Se oía ruido y jaleo. No me salían las palabras.

- ¿Sí?
- Soy yo, perdona, me he equivocado.
- Ah, vale -dijo tranquila. Y colgó.

Ni adiós, ni nada. De fiesta. No pensamientos mágicos, no grandes esperanzas, no volver a empezar, no nada. De fiesta. Me quedé petrificado. Hasta olvidé la búsqueda del teléfono que a la mañana siguiente aparecería olvidado en nuestro bar. Pero esa misma noche, en ese mismo momento, me olvidé de ella aunque todavía me costara aceptarlo algo más de tiempo.

Nueve años después sigo solo. He estado con casadas que me he tirado al amanecer en el polígono; con buenas chicas por feas que se dejaban sobar en busca de la penúltima intentona por pillar marido; con desequilibradas que me hicieron suspirar de alivio cuando vi que al despertar se iban de mi casa; con separadas con hijo pequeño, piso mediano  y pizza grande y casera; con putas de teléfono disponible mientras te la chupan en el coche.


Hace un par de noches estaba en la cama con la gata. Se puso entre mis piernas, le hice una foto y se la envié a mi madre. Tuvo una durante dieciocho años que se le murió hace tres y un hombre que le duró los cincuenta y dos años que la muerte esperó para llevárselo hace nueve meses. Y ya no quiere ni una ni otro, si es que alguna vez quiso otra cosa.

- Qué hermosa -respondió por Wasap
- Pero guerrera -dije

Y un minuto después escribió otro

- Te quiero mucho

Estupefacto, tardé un poco más en responderle

- Yo también


Yo también te quiero.