i

i

sábado, 21 de octubre de 2017

EL BAR ES EL MUNDO

El bar es el mundo. Por él y ante su puerta desfilan todas las criaturas. Una gatilla asustada pasó cuatro veces hace un mes y hoy está en mi casa mirándome mientras escribo esto. Ayer la llevé a la veterinaria para su primera vacuna. "La encontrarás un poco tonta durante la noche -dijo la chica- No te asustes. Mañana estará bien" Llegamos a casa y a la media hora, enfebrecida, fue como si se derritiera entre mis manos que vino a buscar. Pensé que se me moría ahí mismo del calor que la pobre me estaba pasando. Pero una hora después empezó a perder temperatura, se espabiló y poco a poco le volvieron las ganas de morder y arañar. Le di un golpe cuando sus muestras de cariño fueron excesivas para mi y ya en el suelo se fue a comer algo a su habitación.

El bar es el mundo, sí. En él también he visto entrar a mucha gente. Podría escribir una enciclopedia entera con todos ellos. Todos tienen su historia, hasta los que no repiten. Quizá estos más que nadie. Hace poco vino un viejo de Suiza. Nació aquí pero se fue con veinte años. Ahora tiene ochenta y ya está solo. Parecía joven para su edad, pero decir setenta en lugar de ochenta no es gran cosa si hablamos de los años del hombre. Él me contó algunas buenas cosas de su viajada vida durante las tres o cuatro tardes que vino por el bar. En la última, sin darse cuenta, se llevó mi teléfono. Yo estaba recogiendo los toldos cuando vi llega a una muchacha con un buen par de tetas. Ella también me miró y yo pasé para adentro.

- Hola -le dije
- Hola -me dijo ella- ¿eres el jefe?
- Sí
- Entonces este teléfono es tuyo
- ¿Qué?
- Sí. Este teléfono tiene que ser tuyo. Me lo acaba de dar un cliente del hotel.
- Nonono...pero qué coño

Me enseñó el teléfono. Llevaba mi salvapantallas. Era el mío. "¿Pero qué coño?"

- Se lo ha llevado sin darse cuenta el señor que viene por aquí y está alojado en el hotel donde trabajo. A mi me pillaba de paso y le he dicho que se lo traería yo...
- Joder, pues muchas gracias
- De nada
- ¡Tómate algo!
- No, no, me voy que tengo que comer
- Bueno...

Y ya no he vuelto a ver a ninguno de los dos. El discreto señor suizo ya estará en Suiza o en Torremolinos y ella seguirá dando de comer a los que tienen más hambre que yo.

El bar es mi mundo por muchas historias thailandesas que me cuenten. A él vienen a contarlas. Yo las escucho con atención, pero siempre deseando irme a mi casa. No hay nada como estar aquí. Nada. Nada más que cuando sales a andar con los auriculares puestos en las zonas sonoras.

El bar es el mundo. Y hoy llegó un gemelo de mi padre con su lejano hijo, un buen amigo mío, y otro tío, un compadre, que es un puto lobo solitario como yo, aunque se lo monte mil veces mejor.

- Kufisto, ponnos de beber, me cago en Dios
- No hables así, joder -dijo el viejo

Les puse de beber y me puse con ellos. El mediodía ya estaba vencido y me gustó ver a ese viejo que tan buenos ratos echó con mi padre. Es casi clavao, el cabrón...sólo que él, siendo más viejo, todavía sigue vivo aunque hoy, ya siete meses después de la última vez que lo vi en el funeral de mi padre, lo he visto más deteriorado. Se nota la puta muerte, joder, se nota...

- Yo me acuerdo mucho de tu padre, Kufisto -dijo el viejo-, sí...Cuando iba por ahí, por el bar de mi barrio con tu tío...Me acuerdo mucho de él...De su Athletic y tal...Como nos reíamos...Joder...Iba con tu tío. Ahora lo veo pero es como si no estuviera a gusto, se va enseguida...
- Sí, mi tío está como pollo sin cabeza, el pobre.
- Sí...qué lástima, coño
- Pues sí. Es una lástima.

El bar es el mundo. Y el mundo se va muriendo mientras nos reímos.

Estos se fueron y llegó otro. En la acera de enfrente un coche de la Guardia Civil estaba reteniendo a un tío. Salí a fumar y miré bebiéndome una cerveza. El colega de adentro tenía ganas de hablar por primera vez en un año. Supongo que estaría medio pedo. Nos puso por las nubes y más allá. A la gente le encanta nuestro bar.

- ¡Coño, como te llamas, hostias!
- Jorge
- Yo soy Kufisto
- Joder, coño, Kufisto, si es que sois la polla, los mejores...
- Pues sí, lo somos, pá que nos vamos a engañar...
- ¡No, de verdad! que yo ando pá allí y ando pallá y no hay un bar como el vuestro, joder...
- Gracias
- Nonono...De verdad te lo digo, Kufisto...
- ¿Como te llamas tú, joder? Vienes viniendo por aquí un año y todavía no sé como te llamas
- ¿Jorge?
- Bueno, pues yo soy Kufisto
- Ya, si ya sé que eres Kufisto...

El bar es el mundo. El bar te reconoce. Kufisto puede tener un mal día pero luego se le va.


El bar es el mundo que espera, el mundo que aguanta, el mundo que trae y el mundo que lleva; el mundo de las fiebres gatunas y el del padre que no te conoció más allá de atarte los cordones, el de tu puerta abierta a una gata callejera y cerrada a toda que no lo intente, el de la...


El bar es el mundo. Sí, lo es.


Y esta hija de puta de gata me está jodiendo otra vez...

miércoles, 18 de octubre de 2017

OSCAR

De frente estrecha y mirada fija, pequeña cabeza y sonrisa torcida, Oscar era uno de esa clase de tipos a los que la gente prefiere evitar aún sin conocerlos.

Cuando tuve que tratarle él andaría por los treintaipocos. Ya estaba divorciado y su hijo vivía con la madre. Por entonces andaba de pastor, cosa que casi podría advertirse a simple vista por su cara curtida por el sol. Extraña cara aquella, pues pareciendo mayor de lo que en realidad era seguía conservando un acusado tono jovial, travieso, que unido a su pequeña estatura y a la falta de corpulencia habría podido llevar a error a cualquiera que pensara vérselas con él: hay lobos que a la hora de la verdad maúllan y gatos que llegado el momento rugen. Y Óscar era uno de estos.

En el viejo bar todos lo conocían menos yo. Venía poco y siempre por la tarde, a la hora del café. Llegaba, pedía el suyo y se quedaba ahí, solo, acodado en la barra con su sempiterna media sonrisa, mirando a los viejos jugar a las cartas. A veces se sentaba con ellos como mirón. Y si algo no le había cuadrado una vez finalizada la partida lo decía bien alto, con aquella voz brutal tan acostumbrada a tratar con bestias. Los viejos no solían hacerle mucho caso y empezaban otra tras el breve intercambio de comentarios. Se jugaban cuatro perras que según como y de qué manera parecían millones: el orgullo de un hombre es lo último en morir; como si tu sombra, ya tan alargada por el sol de poniente, se riera de ti desde el otro lado del seco canal, quince o veinte metros más allá, viendo tu pesado andar mientras ella se desliza entre tierra, hierbajos y chinarros tal que tú cuando tenías diez años y no había más sombras que las chinescas de tu abuela en la pared de su dormitorio...Luego se apagaba la luz, todo era sombra y había que dormir.

Oscar llegó una tarde y me vio con el tablero de ajedrez.

- ¿Juegas al ajedrez, Kufisto?
- Sí
- ¿Y estás jugando solo?
- No, coño -dije yo- Estoy viendo una partida de maestros

Me miró extrañado, como sin comprender.

- ¿Echamos una? -dijo
- Vale -dije. Y se sentó conmigo en una de las mesas de la terraza del bar.

Le gané varias veces. No jugaba del todo mal. No tenía ni idea de teoría pero tampoco hacía jugadas estrambóticas. Era como si tuviera claro que las piezas están para algo, no de adorno. Y él las desarrollaba y las ponía en marcha, aunque no siempre en las casillas correctas. Pero les daba vida, que es lo que hay que hacer aunque no sepas como lo hicieron otros antes que tú.

- ¿Pero ese sabe jugar al ajedrez? -me preguntó mi tío, con aquella pachorra que tenía, una vez que hubimos acabado.
- Pues sí
- Anda con Dios...¿y te ha ganao?
- No, coño
- Ahhh...-y dio como un suspiro de alivio. En los pueblos se suspira mucho.

Oscar se picó y empezó a venir más a menudo al olor del tablero. Se olvidó de los viejos y se venía conmigo. Había una hora en la que podía dedicarme a ello y eso hacíamos. Trabamos una cierta amistad. Yo no lo veía tan malo como lo veían los demás. Jugábamos y charlábamos. Sí, podías sentir su mala leche, su mala follá, pero jamás me montó ningún número como a veces lo hacía con las partidas de cartas de los viejos. Él perdía una y otra vez, yo le explicaba donde se había equivocado y volvíamos a jugar. Y cada vez me costaba más.

Hasta que una tarde me ganó.

- ¡Te gané! -dijo- ¡TE GANÉ! JAJAJA...

Me alegré, de verdad lo digo. Me alegré porque me ganó bien, sin concesiones por mi parte. Pero cuando vi la cara de mi tío ante las exclamaciones de Oscar fue como ver a mi maestro de Matemáticas cuando le dije que iba a escoger Letras Puras en BUP.

Después de aquella derrota jugamos poco más. De hecho no sé si volvimos a jugar. Ahora que lo pienso creo que no. Ganó y se retiró. Como Fischer.

Luego yo tuve una mala racha en la vida y volvimos a encontrarnos en algunos tugurios que jamás hubiera pisado de no ser por estar como estaba. Y a no ser por él no hubiera salido con bien de alguno de ellos.

Una noche, hace años, ya en el nuevo bar, Oscar apareció bien pedo. Hacía tiempo que no lo veía y más´que hubiera deseado no verlo. Estábamos a punto de empezar con el jaleo de las copas del sábado noche.

- Hola, Kufisto
- Hola, Oscar

Fue la primera vez que lo vi borracho. O la primera en verlo sin estarlo yo.

- Ponme un cubalibre

Se lo puse. Él se acodó en mitad de la barra y empezó a soplar. Intenté ignorarlo pero él tenía ganas de hablar. Seguía teniendo aquella voz brutal, bestial, impropia de aquel cuerpo, como el de un gato con lengua de dragón.

Llegó la gente. Subieron mis pulsaciones. Todos le hacían hueco; ninguno le atosigaba. Era como si llevara un letrero sobre la cabeza. "No tocar" "Don´t touch"...

Fui a mear y al salir le vi hablándole a una niña de diez años que esperaba su turno en el servicio de señoras. Era la hija de una clienta, una tía más flamenca que Rocío Jurado con veinte años. No me dio tiempo a hacer nada cuando llegó su madre y la cogió para llevársela.

- Me gusta tu hija -le dijo Oscar a la mujer
- Sí, jajaja...-respondió nerviosa ante mi más absoluta estupefacción.
- Me gusta...

El miedo hace cosas increíbles.

La madre cogió a su hija y se la llevó.

- Oscar, no me jodas -le dije
- Quéee...
- Que no me jodas

Volvimos a nuestros puestos. Nos dejamos estar. Hay veces que tienes que hacerlo así. Hay veces que tienes que hacerlo así...

Se quedó hasta el cierre, hasta que mis hermanos se fueron por indicación mía y yo hice la caja.

Nos bebimos la última y cerramos el bar.

Ya en la calle me dio otro abrazo. Y arrancando mi coche con el Highway Star lo oí:


- ¡KUFISTO!
- ¡QUÉ!
- ¡¡¡YO TE GANÉ UNA VEZ AL AJEDREZ!!!


Sí.


Y ahora que lo pienso bien creo que me dejé.






miércoles, 11 de octubre de 2017

EL LOBO MESETARIO

Un tiarrón vestido de mujer fue el primer cliente del nuevo día que estaba amaneciendo. Pidió una cerveza mejicana y un chupito de tequila. "¿Me lo puedo llevar? Vivo ahí enfrente, luego te lo traigo" Le miré, lo vi cansado y le dije que sí. Sacó un paquete de tabaco con el cambio que le devolví y salió del bar con su compra.

Ayer lo vi por primera vez. Vino al bar a eso de las dos de la tarde y se sentó en la terraza junto a una chica menuda, sudamericana también. Pidieron dos cafés con tostadas. "Piso de enfrente" pensé. Allí duermen y hacen sus extras, aunque el trabajo serio lo desarrollan en un club de un pueblo cercano, tal y como me explicara una jefa hace unos meses, una chica joven que era la encargada de traer y destraer al personal y la depositaria del dinero que iban ganando. Venía a tomar café por la tarde, cogía un taburete y se sentaba a mi lado. Supongo que le gustó mi tranquilidad. Entonces empezaba a hablar y yo a escuchar. Hablaba mucho, rápido y gesticulando sin dejar de mirarte a los ojos nada más que para recordar algo. Contaba historias del club, de su vida, del novio que tenía en la cárcel y de los chulos que había tenido que ir a visitar a la comisaría. También me habló de una casa que se estaba haciendo en la costa y del hijo que cuidaba su madre. Le daba a todo pero decía controlarse desde la meningitis que hacía un par de años la había tenido postrada en cama durante casi uno. Un leve gangoseo al hablar era una de las secuelas que le había dejado. Ella era buena pero dura, decía. Me invitó a su cumpleaños, creo que el 34. Aquella tarde se pasó por el bar en compañía de un par de chicas, dos travelos y dos muchachos. Bebieron algo y pronto se fueron. Estábamos solos y ellos tenían ganas de fiesta.

- ¡Luego venimos por la noche, Kufisto! -me dijo ella- ¿estarás por aquí?
- No sé, no creo
- Ven, ven...

Poco después dejé de verla. Supongo que a ella también la trasladaron. La vida de esta gente es un continuo traslado. Con el dinero que ganan en un mes yo vivo seis. Pero los vicios, las medicinas y las hormonas nos igualan. Y el mundo que ven no es el que yo alguna vez quise ver.

Eran las tres de la tarde cuando salí a recolocar la terraza. Durante la mañana la ponemos junto a la fachada, bajo los toldos, y por la tarde, cuando llega la sombra, la dejamos en su sitio legal, un par de pasos más allá, al otro lado de la acera. Hay una ordenanza que no permite obstáculos a menos de dos metros de la pared por respeto a los invidentes pero bueno, se hace un poco la vista gorda y no pasa nada, aparte que yo ya tengo mi ciego oficial y controla bastante bien el tema a base de buenos bastonazos. Claro que también hay otra ordenanza que pone parecido impedimento sólo que a un metro de la calzada para que los coches puedan abrir las puertas y todo eso, pero bueno...si todas las ordenanzas se cumplieran escrupulosamente el Ayuntamiento no vería un duro. Y eso sí que no. Mejor hacerse el ciego y recaudar que ir pegando bastonazos y no sacar para las putas y los putos, la farlopa y el piso en Nueva York entre los aplausos y los vítores del personal.

"¿Cuanto tiempo llevo trabajando aquí? -pensé mientras le daba los dos pasos de todas las tardes a la primera mesa- ¿dieciséis años? ¿dieciséis ya?...Joder...ya llevo más tiempo aquí que allí. Cuando llegué aquí tenía veintiocho años. Ahora tengo cuarenta y cuatro. Dentro de dieciséis tendré sesenta y dos...Sesenta y dos...Me acuerdo en el viejo bar cuando yo era un chico e iba a echarle una mano a mi padre y a mi tío...Había dejado de estudiar y empecé a ir también durante los inviernos, no sólo los veranos con la terraza...¿qué tendría yo? ¿dieciséis años? Lo dejé en COU...sí, sería por ahi, más o menos...dieciséis años...Entonces yo llegaba con mi libro y me sentaba en la cocina después de preparar algunos pinchos para la tarde, cosa de poco, esto siempre ha sido cosa de poco...Después a leer mientras esperaba alguna voz desde la barra por alguna rara ración de algo...A veces me enfadaba, sí, jajaja...A lo mejor estaba en lo más interesante del libro y llegaba mi padre o mi tío y voceaban "¡¡¡UNA DE CALAMARES!!!", bien fuerte, para que lo oyeran hasta en la calle, si, jajaja...Y yo me cagaba en la puta, dejaba el libro, pillaba un manojo de calamares de los buenos y mis manos enharinaban aquellos maravillosos calamares antes de echarlos a aquella durísima freidora italiana...¿Qué leía yo entonces? ¿Hesse? Sí, casi seguro que era Hesse. El Siddharta, el Damian y todo aquello...¡El lobo estepario, sí! el lobo estepario...Luego lo leí y me pareció una mierda. Claro que todo lo que gustaba entonces ahora me parece una mierda, o casi...Y lo que no me gustaba, ahora lo echo mucho de menos...Yo estaba allí, en esa vieja cocina, leyendo todo aquello y haciendo gambas a la plancha y jamás pensé, jamás pensé, que veintiocho años más tarde iba a estar poniéndole una cerveza y un chupito de tequila a las ocho de la mañana a un tiarrón vestido de mujer...Aquello era algo circunstancial, nada más. Yo tenía talento, todo el mundo lo decía, los profesores los primeros...¿Qué pasó, qué pasó, qué pasó...?...Cuarenta y cuatro años...cuarenta y cuatro años...¿Recuerdas cuando en uno de aquellos locurones le dijiste muy serio a tu amado hermano que te ibas para Bilbao, así porque así? Al final no te fuiste a ningún sitio. Pero él si se fue después. Y aunque no fue a Bilbao, ahora trabaja en lo que mucho más tarde quiso estudiar y tiene una mujer y dos hijas...Hesse, Hesse...también a él le gustaba. A él le gustaba todo lo que a mi me gustaba. Yo era el mayor, yo era el mayor...¿Y mi padre donde estará? ¿y mi tío? ¿y toda aquella gente que ya no volveré a ver?...¿te acuerdas de aquel viejo cliente que esa noche, viendo el éxito que tenía el bar de enfrente, contestó suavemente a tu odio juvenil con aquella llamada a la calma y al buen sentido? Sí, sí, sí que me acuerdo...me avergoncé aún sin reconocerlo. Era muy buen amigo mío, muy bueno...me apreciaba...Yo sólo era un chico, sólo eso. Un chico que leía libros y eso, pero un buen chico. Después de todo yo era el primogénito de mi padre y él, amigo suyo, lo estaba pasando muy mal en su vejez por su mala cabeza anterior. Ángel, Ángel...llegaste a venir al nuevo bar. Fuiste de los pocos, poquísimos, que hicieron el largo paseo aún cuando tú ya estabas con el bastón que te ayudaba a andar. Poco después te moriste. Fui a ver tu tumba a algunos días más tarde. No tenías lápida ni nada. Tu nombre y tu alfa y omega, nada más. Yo iba a ver las de mi gente, con sus flores y sus mármoles, y siempre me pasaba a verte para rezar algo por ti. Y ahí seguías tú, a pelo. Ni tu mujer, ni tus hijos se gastaron más de lo imprescindible para enterrarte, Ángel. Hesse, Hesse...Hesse..."


Algo chocó con algo. El bastón de Paco había topado con las sillas de la mesa de la entrada del bar.

- ¡Me cago en la puta, Paco!
- ¡Qué!
- ¡Pero qué coño haces ya aquí!
- ¡Pues aquí estoy!
- ¿Y eso? ¿y la siesta?
- ¡Que hoy no ha habío siesta!
- ¿Pero qué te ha pasao?
- ¡Ná, que he discutío con mi madre! Vamos pá dentro, anda
- Anda con Dios...
- Sí, anda con Dios pero ponme un café


Pasamos y le puse su café con hielo y sacarina. Después me contó su historia.


Pero esta la dejo para otro día.

viernes, 6 de octubre de 2017

ESTRELLA FUGAZ

La muchacha entró al bar apartando la cortina metálica casi que con violencia. Por un momento se quedó allí, en la entrada, quieta, seria, con la cabeza un tanto baja y mirando al frente, hacia el muro azul que tapa los servicios y esconde las cajas de botellas vacías. Apoyado en él, mirando su teléfono, estaba un arquitecto que suele venir los viernes a tomarse unas cañas. Después de unos segundos ella dejó de mirar hacia allá, lo hizo fugazmente hacia el salón y vino hacia la barra encontrando sitio detrás del grifo de la cerveza.

La reconocí, aunque estaba algo cambiada. Llevaba el pelo muy corto. Parecía como si se lo hubiese rapado o algo. Iba maquillada como siempre, de una forma un tanto infantil: los labios de un rojo intenso y las uñas, muy comidas, del mismo tono. La noté más delgada que otras veces. Había perdido esos kilos que le sobraban y su carita resultaba agradable de ver aún estando enfurruñada. Tímidamente, sin mirarme a los ojos y después de dudarlo un tanto, pidió un café solo.

- ¿Puedes ponerme un pincho de tortilla? -me dijo
- Claro. ¿Así? -le dije enseñándole uno que venía a ser la tapa normal
- ¡Oh, no, no, no...! La mitad, la mitad

Se lo puse y la pobre rompió a llorar.

Los hombres que había a los lados dejaron de hablar. Uno de ellos le tocó suavemente el brazo y le preguntó si se encontraba bien. "Sí, sí..." dijo ella llorando a lágrima viva mientras dejaba ver unos dientes blancos, preciosos, que me llegaron al alma.

- ¿Qué te debo? -preguntó.
- Uno treinta

La chica buscó en su bolso y al final logró sacar un pequeño monedero. Me pagó como pudo y cogiendo el café y el pincho de tortilla hizo ademán de salirse a la terraza.

- Jesús -le dije al mismo que le había preguntado- Haz el favor de abrirle la cortina a la chica.

Jesús lo hizo y tuve la sensación de que hubiera podido abrírsela aunque hubiese sido de plomo. Los hombres no sabemos qué hacernos cuando una muchacha joven y bonita llora sin qué sepamos porqué.

Volví con el arquitecto.

- ¿Qué pena, no? -dijo
- Sí, una pena...-respondí- La conozco de otras veces. Creo que no está bien...ya sabes, de la cabeza y tal...
- Qué lástima más grande, joder. Dame fuego, anda, que voy a salir a fumarme un pito.

Se lo di y salió. Yo me hice uno, el primero del día y más para que no se olvidara de devolverme el mechero que por las pocas ganas que me había dejado la apocalíptica noche de ayer. Al salir estaba hablando agitadamente por teléfono y me supo mal pedírselo. Miré a la chica. Ya no lloraba. Pero no consigo recordar si estaba mirando su móvil u otra cosa que tenía entre las manos. No lloraba. No lloraba, ya está. Y me pasé adentro.

El arquitecto pasó y le pedí el mechero. Salí justo cuando la muchacha ya iba por la otra acera, mirando de vez en cuando hacia atrás. Me fijé en sus pantalones vaqueros, demasiado grandes, y en la cazadora de cuero que llevaba puesta a pesar de los treinta grados. La vi bajar la calle sola, como asustada, y un sentimiento de dolorosa ternura me colocó un nudo en la garganta. Tiré con asco el mal pito después de tres o cuatro caladas y volví al trabajo.

Mi turno acabó. Quedaba mucha tarde por delante y no era plan de pasarla en casa cociendo los restos de la resaca entre malos pensamientos. Me puse los pantalones cortos, una camiseta, la gorra y una botella de agua y salí a andar el paseo de castigo, el más grande y duro, el que reservo para esta clase de días.

A mitad del camino me acordé de ella y no dejé de pensar en lo que había pasado. Una tras otra pasaban canciones de Led Zeppelin mientras yo no hacía más que darle vueltas al asunto. ¿Podría haberla ayudado, hacer algo por ella? De entrada podrías no haberle cobrado el puto café, capullo, aunque quizá ella se hubiese atorado todavía más. O puede que preguntarle si podías hacer algo por ella, lo que fuera, cualquier cosa, hasta la más jodida: "¿qué te pasa, hermosa? por favor, dímelo, dime por qué lloras, quien te hace llorar, qué te hace llorar, dímelo, por favor...haré lo que sea por ayudarte, tú sólo tienes que decírmelo y verás qué pronto acabo con tus lágrimas...¿estás sola? ¿te has quedado en la calle? ¿quieres venirte a mi casa?...no, por favor, no te confundas, no quiero aprovecharme de ti ni nada de eso, sólo quiero ayudarte, ayudarte...no quiero verte llorar...no quiero que vuelvas a llorar...tengo una gata en casa, una gatita pequeña que recogí hace dos semanas, seguro que te gusta...aunque tiene las uñas muy largas y hay que andarse con cuidado...tengo poca comida en el frigo, pero compraré lo que te guste...tú dormirás en la cama grande, si quieres con la gata para que te haga compañía...yo ya dormiré donde sea...me levanto temprano...te dejaré unas llaves de casa por si luego te apetece salir...luego volveré y comeremos algo...si quieres iremos al cine o a cenar algo por ahí...lo que tú quieras, lo que tú quieras...¡Oh, joder, no haberle dicho todo esto cuando has podido, imbécil! siempre te pasa lo mismo, siempre...¡ahora estará por ahí, sola, asustada, temiendo que cualquier cabrón le haga daño, que cualquier hijo de puta intente abusar de ella! ¡Santo Dios, qué malo soy! Ojalá la viera ahora, ojalá la viera ahora..."

Bajando un puente encontré a un enorme gato muerto reventado a un lado de la carretera.


Cincuenta metros más tarde pensé que hubiera estado bien sacarlo de la calzada para que ningún otro coche lo reventara más por muy muerto que estuviera. Por un momento hice el amago de volver atrás. Pero seguí adelante.


El sol estaba declinando rápidamente hacia su ocaso. A lo lejos se veía el pueblo. Pronto estaría de vuelta a él.


Llegué. Vi gente paseando, sentada en los bancos, montando en bici o corriendo, hablando entre ellos o con los auriculares puestos, para arriba y para abajo, por los lados, en coche y en moto, en camiones, en sucios talleres y en la entrada al cementerio, en la amplia avenida llena de árboles y césped bien cuidado, en sus limpias aceras, en sus bonitas casas, en el Polideportivo, en el parque y en su merendero lleno de familias celebrando algún feliz acontecimiento, en los niños corriendo y jugando, riendo salvajemente, en la arteria principal y su frenético circular del inicio del fin de semana, en los bares y sus terrazas, en las tiendas y sus reclamos, en todos aquellos colores, en todo aquel ruido blanco...


Y no la vi.




jueves, 5 de octubre de 2017

UN LOCO EN EL BAR

- Buenos días -dijo
- Buenos días -dije
- Una copa de anís con hielo; Castellana, por favor

No he conocido ni un sólo bebedor de anís que no sea un borracho o peor. Cogí un vaso de tubo.

- En copa si no te importa, gracias.

Miré por donde los vasos de las cañas y encontré la única copa que guardamos para tales menesteres: el anís y su primo hermano el coñac ("la coñac") dejaron de ser por aquí los amos del cotarro cuando ya en tiempos de mi padre empezaron a entrar el ponche y el pacharán. Y ni os cuento con la llegada de los licores de hierbas y cremas de orujo: cero. O casi cero. Pero la pequeña coma está reservada para los más perdíos de la vida.

Cogí la botella de Castellana y le eché una copa.

- ¿Seguro que es Castellana?

Esta es otra. No es sólo que sean los más borrachos, sino que no sé qué les pasa que no pueden con otro anís que no sea el suyo: o el que beben, o nada.

- Sí, es Castellana -le dije enseñándosela. La Asturiana es muy parecida, de ahí sus reticencias.
- Ah, vale, vale...perfecto.

Le miré. Parecía aún más jodido para la edad que parecía tener. De seguro era un enfermo de hospital o algo semejante.

Y efectivamente lo era, pero no él sino su madre.

- Estoy en el hospital con mi madre -dijo ya en la distancia que hay entre el grifo de cerveza y el ordenador
- ¿Ah, sí?
- Sí. Un linfoma.
- Vaya, lo siento.
- Sí...oye, ¿sabes donde hay por aquí un sitio para comprar periódicos o revistas?

Se lo indiqué mientras de reojo miraba lo que había dejado encima de mi barra: un número de Año Cero y un libraco sobre no sé qué de los Espíritus.

- Muchas gracias, Maestro -dijo

"¿Maestro?" ¿yo? ¿Maestro? Cuando alguien que te ve por primera vez te dice maestro, o es gitano o está loco. Y este no tenía pinta de gitano.

Insistió en hablar. Tenía muchas ganas. Yo había acabado de dar los desayunos y estaba en el impass hacia las cañas. Él no paraba de llamarme Maestro y yo de asentir. Me fijé en una oscura mancha bajo su pómulo derecho, en su extrema delgadez, y pensé que ese tío no podía estar bueno ni aunque yo fuera sordo. Finalmente tuvo que irse a cuidar de su madre.

- ¿Das de comer, Maestro?
- Bueno...algo parecido
- Pues ya está, luego vengo
- Vale
- Adiós, Maestro
- Adiós, adiós

Llegó mi hermano de sus vacaciones. Nos besamos y me dijo que vendría un poco antes de mi habitual salida, cosa que interiormente celebré. Todavía tenía tiempo para medio currarme mi comida y eso hice. Cuando la gente llegó por sus cañas y vinos yo ya tenía mi posterior papeo listo para echarle un poco de pimentón picante y estrellarle un par de huevos.

También se dieron bien las cañas, cosa rara, que en la siempre incómoda silla de los bares cuando no te falla una pata te falla otra y cuando no, las cuatro.

Estaba recogiendo. Llegó un amigo, un guardia civil. Le puse una caña y me dio un melón que le sobraba. Hablamos algo del tema catalán. Me eché la primera cerveza. Se fue a recoger a sus hijos y justo estaba por hacer lo mismo con mi bar cuando volvió a venir Jesús.

- Aquí estoy, como te dije
- ¡Hombre! -dije yo poco menos que viendo "Apocalypse Now" en Telecinco-...¿qué tal tu señora madre?
- Pues mal, mal...Dame un vino y un bocadillo de tortilla
- Venga, vamos

También me jodió con el vino. Quería un Rioja y esto es La Mancha, LA-MAN-CHA.

- Rioja, 0- Lamancha, 3
- ¿Qué?
- Que no tengo Riojas
- ¡Bueno, pues ponme uno bueno, Maestro!

Le puse uno y un buen bocadillo de tortilla. La venida de mi hermano me había alegrado el día y en fin, las cuatro de la tarde no son las seis cuando has abierto a las siete y media, ni mucho menos. Me eché otra cerveza y me olvidé de comer más o menos como Julio Iglesias se olvidó de vivir.

- ¿Maestro?
- Qué
- ¿Quien ha hecho esta tortilla?
- Mi hermano pequeño
- Pues luego le dices que esta buenísima
- Vale

Terminé de recoger hasta los toldos. No le perdí de vista mientras lo hacía. Recoloqué la terraza y pasé para adentro.

- Maestro
- Qué
- Que puta es la vida

Y empezó a contarme la suya.

- ¿Como te llamas? -dijo
- Kufisto
- Yo me llamo Jesús
- Estupendo
- Tengo el VIH. Una amiga me lo pegó hace casi veinte años. Una amiga de la infancia, no creas...Me lo dijo algún tiempo después, cuando se lo detectaron a ella, o eso me contó...El caso es que me hice las pruebas y di positivo...Nos fuimos de acampada y tal...en fin. Yo creo que no lo sabía, que me dijo la verdad
- Claro
- Sí...Mira, estas son mis medicinas -dijo sacando un paquete de su bolsa. Las miré. Eran pastillas- Setecientos pavos
- ¿Setecientos pavos te cuesta esto?
- No, Maestro, esto lo paga la Seguridad Social

Me eché otra cerveza. Pasé de lavarme ya ná.

Sus hermanos, tres, querían echarle de su casa, de la de sus padres, una a la que fueron cuando se largaron de Entrevías para irse a un pequeño pueblo de La Mancha.

Y ya, el medio comido y yo sin comer más que cerveza en vistas de mi próxima liberación, empezamos a hablar.

Sus hermanos eran unos hijos de puta, de entrada: querían vender la casa y dejarlo en la calle cuando muriera su madre.

- Joder, ya les vale -dije yo
- Pues sí, así es, Maestro
- Kufisto
- Ku qué
- Que me llamó Kufisto, ya te lo he dicho antes -dije
- Ah, perdona...No me acuerdo bien de las cosas
- Ya
- Pues eso, Maestro, que cuando mi madre murió hace tres años...
- Espera, espera, espera, espera...-dije yo ya en modo qué me estas contando- ¿pero no estás diciendo que tienes a tu madre ahí, en el hospital, medio muerta con un linfoma...qué cojones me estás contando?
- No, no, nonono, no es mi madre...Es una puta
- ¿Una puta?
- Una puta
- La madre que me parió...Voy a echarme otra cerveza
- Te invito yo a esta, Maestro
- ¡Pero qué coño me vas a invitar llamando madre a una puta, Jesús!
- Que no, que no, que ha sido un error, Maestro...
- Me llamo Kufisto, joder, que ya te lo he dicho cuarenta veces.
- No...mi madre murió hace tres años, sí, pero esta mujer me salvó la vida cuando estaba allí, en Entrevías...
- Vale, vale...

Lo había desvirgado. Luego él se quedo tirado, ella lo recogió, sin su ayuda seguro que estaría muerto...y ahora era él quien estaba cuidándola. Todo muy dostoyevskiano. Pensé en pasarme al whisky pero me eché otra cerveza. La cosa se calmó un poco.

- ¿Crees en los extraterrestres, Maestro? -dijo

Lo miré. Evidentemente estaba jodío, tenía el SIDA y cuidaba de una puta moribunda de 57 años.

- Eso es muy relativo -dije
- ¿De qué?
- De que si te crees que el Universo es infinito como dicen, pues sí. Pero sino, no
- No te entiendo
- Ni yo me entiendo.
- ¿Sabes, Maestro? Yo tengo varios libros editados
- ¿Qué?
- Sí, libros, libros que dicen la verdad; qué es lo que va a pasar y todo eso...Me pagan por ello
- ¿Que te pagan?
- Sí, sí me pagan...
- Pues yo también escribo y nadie me ha pagado nada nunca.
- ¿Y qué escribes?
- Mi puta vida

- Maestro
- Qué, joder. Y me llamo Kufisto
- ¿Juegas al ajedrez?
- Pues claro
- Tengo un amigo...Apostamos pasta y le gano. ¿Tienes un tablero?
- Lo tengo, pero no voy a jugar contigo. Mi hermano está a punto de llegar y voy a irme a mi puta casa.
- Qué lástima -y empezó a contarme el mierda mate que hace un par de meses le había dado al del bar de abajo.

"Dios, te follo vivo" pensé

- ¿Cual es tu ajedrecista favorito? - le dije
- Bobby Fischer -dijo


Y entonces llegó mi hermano y le di gracias a Dios por adelantado.

viernes, 29 de septiembre de 2017

VIVIR Y MORIR EN LA MANCHA

Yo tenía veintipocos años y él los que ahora tengo. Ella era algo mayor que yo, no mucho más, o eso es lo que hoy recuerdo. Que no eran de aquí saltaba a la vista. Que eran muy felices, también. Y que cada vez que venían al bar todos nos alegrábamos es algo que no he olvidado.

Fue un verano de hace muchos años, quizá hayan pasado ya veinte. Vinieron una tarde y se sentaron donde siempre se sentarían, en la barra. Él tenía aspecto de profesor. Ella era muy guapa: apenas maquillada, el pelo largo, la tez pálida, y unos ojos grandes, tímidos, profundos y serenos. Eran educados sin resultar cargantes, cosa que puede resultar casi tan irritante como no serlo y que muchas veces es signo de mala educación. Sus conversaciones eran eso, suyas, y esto era lo que sin duda alguna les delataba como extranjeros en esta Mancha tan dada a llevar el altavoz cosido a la garganta. Pero lo que más llamaba la atención eran sus perennes sonrisas, tan naturales y contagiosas que hasta unos mancheguitos como nosotros no veíamos nada ofensivo en ellas, al contrario.

La verdad sea dicha, nosotros éramos de lo mejor que ellos podrían encontrarse por aquí. Y supongo que ellos se dieron cuenta enseguida porque muy pronto empezaron a venir a diario. Jamás les preguntábamos nada. Nunca nos hacíamos los típicos graciosos pueblerinos que no éramos. Les atendíamos bien y punto. Y cuando ellos querían charlar, charlábamos. Y mi padre, que era un figura y en cierto sentido un hombre de mundo y los apreciaba casi tanto como yo a ella, se quedaba con ellos.

No recuerdo hablar poco más de cuatro nerviosas cosas con aquella pareja. Era muy joven, ella me gustaba mucho y yo me daba cuenta de que no tenía nada que hacer.

Una noche, a finales de verano, vino Paco el Gato con una borrachera del quince. De hecho no llegó a entrar al bar por indicación de mi padre y, obediente, se quedó en el ventanal que daba a la calle. Yo era la primera vez que lo veía borracho. Paco no bebía más que café y algún que otro zumo. Era ladrón y había estado en la cárcel. Gordo, bajito, ininteligible aún sereno, cuasi deforme, estaba casado con una de su clase a la que solía ahostiar antes de que lo encerraran en la cárcel por robar los cepillos de las iglesias madrileñas. Pero salió y ya más tranquilo se vino para su pueblo. Y se convirtió en una de nuestras moscas de bar: ¿hacía falta algo del mercao? Paco iba; ¿que había que ir a por unas botellas de coñac? Paco iba; ¿que había que echar una Primitiva? Paco iba; ¿que había que ir al video club a por el último estreno para mi padre? Paco iba...y volvía.

Una tarde que estábamos muy liados y no había tiempo para nada vi que no me daba tiempo a ir por el tabaco. Para tales situaciones teníamos a un mozo viejo con la natural fama de maricón de los pueblos al que le soltaba los veinte mil duros necesarios para rellenar la máquina. Pero aquel día no estaba por allí.

- No me va a dar tiempo para ir a por el tabaco, papa -le dije a mi padre

Mi padre miró y vio a Paco.

- Que vaya Paco -dijo
- No jodas
- Que sí
- ¿Pero como va a ir Paco?
- Trae, dámelo

Le di el dinero y llamó a Paco.

Y al rato volvió.

Desde entonces el maricón tuvo que conformarse con las suplencias, como seguramente le advirtiera el Gato.

Pero la noche del ventanal Paco el Gato no estaba para ir a ningún sitio, ni recurriendo a su increíble agilidad y rapidez reconocida aún por la propia Policía Nacional.

- ¿Qué te pasa, Paco? -le dijo mi padre
- Wrawrawra...cbrlbr
- Estás jodió, cabrón
- Wrwrawra
- Venga, anda...Tómate uno y te vas

Vi como la chica miraba a aquel ser que había emergido en la noche. Por primera vez no la vi sonreír. Una expresión como de miedo le crispó la cara. A su hombre también se le borró la sonrisa. Mi padre, sin embargo, seguía sonriendo.

- Wrwrgaha
- ¿Tienes hambre?
- Ji
- Dame unos mejillones a la vinagreta, Kufisto -me dijo

Alucinado, cogí seis y se los llevé

- Toma -dijo mi padre cogiendo el plato
- Grgacgr

Y Paco cogió y empezó a comérselos con la concha y todo, triturándolos bien con los cuatro dientes que le quedaban.

Mi padre ni se inmutó, sonriente, pero yo me quedé alucinado y la feliz pareja no pudo más y se fue.

También Paco se fue después de otro cubalibre. Y puede que aquel postrero día del verano fuera el último que vi a la pareja.


Hoy ha venido al bar uno que estuvo haciendo la mili conmigo. Al principio ni lo reconocí de lo viejo e hinchado que estaba. Llegó con una mujer gorda y envejecida a la que por más fuerza que hice no pude reconocer como el pivón que tenía en aquellos años. Y no lo era, como ya reconociéndonos me dijo después. Aquella lo había dejado en la ruina hace unos pocos años. Tuvieron un hijo y esto y lo demás fue su perdición. Los tiempos de Paco el Gato habían quedado muy atrás.

- ¿Te acuerdas de Santi, el conductor?
- Claro, coño, lo veo de vez en cuando, ¿qué pasa?
- Cáncer de páncreas. Le han dado cuatro meses de vida.

Eran las diez de la mañana. Le puse su segundo JB con hielo. Hablamos de los viejos tiempos mientras se lo bebía y al final se fue ante los urgentes requerimientos de la mujer porque no bebiera más.


Acabé mi turno. Eran las seis y algo cuando diez horas y media después llegué a casa. Me cambié y salí a andar. Al sol le quedaban un par de horas como mucho. Puse música electrónica en el teléfono y enfilé hacia el paseo de las afueras.


Santi...Santi...¿te acuerdas de Santi?...Sí me acuerdo, sí...Un tío tremendo...fuerte y grande, noble, tontorrón...Está muriéndose vivo...Este dice que ya está escuchimizao, que no lo reconocería, que es una puta pena...Tengo que verle, tengo que verle...Tengo que darle las gracias por todo aquello antes de que se muera...Santi, Santi...me acuerdo de ti, me acuerdo de ti...Me cago en la puta, Santi...


Oí un pitido. La batería estaba acabándose. Y ya sin esa música que va cerrando mi pasado pensé que lo mejor era volver a casa. Pero andaba tan lejos que tuve que oír mis pisadas y ver mi sombra, alargadísima de espaldas e invisible de frente.


Eché un Euromillón aleatorio y una Bonoloto en la administración de lotería que encontré.


Estaba cerca de casa. Sólo había que llegar. Después un par de pitos y a la cama. Pero vi la alargada sombra de una hermosa mujer mirando una tienda de mascotas y tuve que escribir algo.



jueves, 21 de septiembre de 2017

SUERTE II

Yo estaba medio malo cuando a eso del mediodía entró al bar mi querido tío con cara de estarlo entero, y no por haber cogido frío. Le puse una caña, un pincho y me retiré a hacer algo para que corriera un poco el tiempo con la esperanza de que así el retardo influyera en la más que previsible explosión. También ayudó la presencia del loco de las dos últimas semanas, un pedazo de mostrenco que viene al bar cuando sale de la revisión. Llega, se sienta justo delante del grifo y pide una cerveza sin alcohol con limón. Hoy no estaba la puta de la semana pasada y supongo que decepcionado le ha dado por ver el vídeo de "Nothing compares 2U" de Sinead O´Connor a pleno volumen de su móvil, lo que no dejaba de crear un cierto desconcierto con la mierda que yo tenía puesta en forma de radio Country del Spotify. Pero en fin...¿qué vas a poner a la una y media en un bar decente de La Mancha? ¿Black Sabbath?

Terminé de fregar los cuatro platos sucios y, ya sí, fui a sentarme sobre la cámara para echar el rato con mi tío.

Estaba leyendo el As como pudiera haber estado leyendo "Los hermanos Karamazov" El Madrid había perdido, sí, pero eso no daba para tanto ni aún para él, el hombre más madridista que he conocido en toda mi vida.

- ¿Qué te parece esto? -dijo casi entre dientes
- ¿El qué?
- Lo del Barcelona con los independentistas esos...
- Ah, sí...
- Pero qué hijos de puta...Y que todavía vayan por los campos de España y nadie, NADIE, les silbe
- ...
- Yo es que ya no sé qué pensar de lo que pasa en España...¡Pero joder, QUÉ NO OS QUIEREN, COÑO! ¡COMO PODÉIS APOYAR A ESTOS SINVERGÜENZAS! La madre que me parió...
-...

Sinead O´Connor volvía repetir lo mismo en el móvil del loco.

- Esta gente que quiere destrozar el país, que nos odia con todas sus fuerzas, que nos toman por gilipollas...-seguía con cierta contención. Miré al loco y vi como una lágrima luchaba por escapar de su curtido ojo de hombre de campo- Mira, Kufisto, yo en mi casa no entra nada, pero nada, que sea catalán. Miro las etiquetas, ¿eh? Y si veo cualquier cosa que no me cuadre, fuera. Estoy hasta los cojones ya de todos estos, coño. Hasta los cojones. ¡ANDA Y QUE SE VAYAN YA A LA PUTA MIERDA!
- Yo lo que creo es que tienen a alguien detrás -aventuré a decir quizá movido por la educación y la fiebre
- ¿Alguien? ¿a quien?

Estaba a punto de decírselo cuando llegaron un par de médicos. Mi tío se fue y el loco me pagó la cerveza. Pero no se fue. Se quedó un rato más ahí, en el grifo, mirando a la jodida calva irlandesa. "Santo Dios -pensé- ¿de verdad era esto lo que tenías preparado para mi, con lo cojonudo que yo era de pequeño?"

Al final se fue el loco y también uno de los doctores. Quedó el otro leyendo un periódico, uno que parece hermano de Rajoy. Le puse un vino y me fui a la esquina para seguir mirando TV3 en mi móvil. Pero ya sin la O´Connor era como si no hubiera más que silencio.

- Joder qué tropa -dije
- ¿Qué? -dijo él
- Sí, el tema este de Cataluña

Al doctor le gusta hablar, eso lo tengo claro desde hace tiempo. Pero como dicen que soy tan serio y parezco tan serio, nunca ha intentado entablar conversación conmigo.

- Ah, pues sí -dijo- Lo que está pasando allí es algo que no tiene nombre.

Me acerqué después de un intercambio de frases y de echarme una cerveza. Hablamos. Un tío inteligente, claro, de mundo. Es médico. Vi como él no se esperaba ni mi vocabulario ni mis respuestas. Soy camarero. Pero un rato más tarde vi hasta emoción en sus ojos. A la gente le chiflan las sorpresas. A mi no tanto. Soy camarero y estoy medio loco.

Se fue. Seguro que no será la última conversación. Yo me sentí un poco mejor, tanto que cuando iba echarme la segunda cerveza pensé si no sería mejor hacerlo con el primer whisky. Seguía estando medio mal y ya como que me daba lo mismo: "si hay que estarlo, que sea del tó" Iba a pillar la botella de Johnnie Walker cuando de refilón vi su "Royal Salute 21", el mejor whisky que he probado en mi puta vida. Me eché media copa, cogí las gafas de sol y el tabaco y me salí a la terraza.

La tarde era magnífica. Nadie por aquí, nadie por allá. Mi ciego parecía haberse quedado dormido y nada podía impedir ese rato de felicidad. Cogí el vaso y le eché un trago. Estaba casi tan glorioso como la primera vez: qué whisky...Me hice un pito. E iba a echarle el segundo trago a aquel almíbar cuando vi que un pequeño bicho había caído dentro. Metí el dedo para sacarlo y no fui capaz de cogerlo. Siempre pasa cuando lo intentas sobre otro elemento. Estaba a punto de dejarlo por imposible cuando lo enganché contra la pared del cristal. Me pareció que todavía estaba vivo al tenerlo en la yema de mi dedo, cosa que me sorprendió y alegró. Le di un empujón y seguí a lo mío.

De pronto se oyó un maullido. Un gatito loco cruzó la acera e intentó meterse en mi bar, hasta que topó con la cortina metálica. "¿Pero qué coño?" Volvió a intentarlo y volvió a echarse para atrás. Pero a la tercera lo consiguió.

- Me cago en su puta madre...

Pasé para adentro y lo enganché. Lo saqué afuera y volvió a hacer lo mismo. "¿Pero bueno, este cabrón qué coño hace?" Oootra vez, fuera. Oootra vez, dentro. Así hasta cuatro veces. En estas que vino uno de los pocos viejos que viene el bar cuando yo ya estaba poniéndole un plato con leche al puto gatito, cosa de la que pasaría como de la mierda.

- ¿Qué haces, Kufisto?
- Pues ná, este cabrón que va pá arriba y pá abajo. Ha llegado hace un rato y se mete al bar.
- Jajaja...Ponle algo de comer. Algo de carne o algo de eso, no sé

Pasé adentro y puse un poco de chorizo desmenuzado sobre un trocito de papel albal. Nada. Cero. Para adentro. Y en una de las que pasó encontró la parte trasera de la tragaperras donde tengo la alfombrilla y allí se quedó y lo dejé.

- ¡Qué cabrón! -dije
- Jajaja -rió el viejo- Anda, ponme un café.

Se lo puse y me eche una copilla de las normales. Y entonces pensé que si el gato siguiera allí cuando llegara mi hermano para darme el relevo...me lo quedaría.

El viejo, un buen hombre, empezó a contarme historias de cuando él lo fue. Yo le escuchaba con atención pero no perdía ripio de la situación de ese pequeño cabrón. Por algún motivo lo había intentando setenta veces contra mis cortinas y al final las había cruzado. Seguía allí, escondido, acurrucado, seguramente raspando la jodida alfombrilla para afilarse las uñas como por instinto hacen todos estos pequeños cabrones. Yo había tenido uno hace años y este no podía tener más que tres meses de vida. Eran las cuatro y media de la tarde. A las cinco y media cambiaba el turno. Si a las cinco y media ese pequeño hijo de puta seguía tras la tragaperras...me lo llevaba al veterinario y después a mi puta casa.

Bajé la música, ya en onda Rock. Llegó el ciego y bromeé algo menos de lo normal. De vez en cuando salía de la barra para asomarme para ver si el gato todavía seguía allí. Y allí seguía, mudo, encogido, sin moverse, tal y como se ponen ellos cuando las ven negras. Puede que tuviera hambre, puede que tuviera sed, puede que tuviera ganas de joder...pero estaba claro que lo que más tenía era miedo. Y por eso estaba allí, donde nadie sabía que estaba menos yo y el viejo que ya se había ido.

Eran las cinco cuando por sorpresa llegó el del mantenimiento de los grifos de cerveza. Un amigo, sí, Pero en qué momento...Algo de ruido haría, algo de ruido haría...Yo ya tenía a los Led Zeppelin casi en código Morse. Empecé a echarme chupitos para ayudar a mi gato.

Y a eso de las cinco y veinte, apenas a diez minutos del límite, llegó uno, pidió un café y se fue a jugar a la máquina. "Oh, Dios, ¿por qué me haces esto?"

Me puse en la esquina buena. El gatete todavía estaba allí. "Dios, aguanta, aguanta, aguanta..." En estas llegó un conocido pasao, ya puesto, y se puso a hablar a voces con el que estaba jugando a la máquina. "Oh, Dios, no, no me jodas, coño -pensé- no, no, no tan cerca..."

Yo no hacía más que agachar la puta cabeza desde mi esquina para ver si mi gato aguantaba. "Aguanta, aguanta, aguanta..." Más risas, más escándalo, más ruidos de monedas..."Dios, mi gatete va asalir disparao, el pobre..."

- ¡¡¡KUFISTO!!! -dijo uno
- ¡¡¡QUÉ, COÑO!!!
- Ehhh, ¿qué pasa?
- Ná, ¿qué quieres?
- Ponme un cubalibre, joder
- Vale, vale...
- Hostia, pues vaya...

Llegó mi hermano. Pillé la bolsa con mis cosas y agarré al gatete sin que ellos se dieran cuenta: "¿qué haces, coño?", "ná, joder"

Disparado llegué a la veterinaria donde llevaba a mi anterior gato, a Suerte, aquel buen amigo. Aparqué en una plaza de minusválidos y pase para adentro con él en la mano.

- Hola, buenas. Vengo a que me miréis a este pequeño. Me lo he encontrado en el bar y...
- ¡Ay qué guapo que es! -dijo la chica de recepción acariciándolo- ¡qué ojos más azules! pero bueno...¿y esto dices que te ha entrado en el bar?
- Pues sí
- Pero antes tengo que pasarle la máquina para ver si tiene chip
- Pues pasáselo

Pasó a por la máquina y se la pasó. Nada. Era un puto gato callejero.

- ¡Ay que guapo...! -dijo- Bueno...¿tú has estado aquí antes, no?
- Sí, claro -dije- Tuve un gato. "Suerte" Se me murió el año pasado
- ¿Y tu nombre?
- Kufisto
- Ah, sí, estás aquí...Espera allí. ¿Como quieres llamarle?

Me quedé un rato en negro.

- Suerte II
- ¿En latino o en...?
- En latino. Una cosa seria.

Dejé a Suerte II en la solitaria bandeja de una habitación vacía y me fui a la sala de espera.

Allí estaba una gorda de teta tatuada con un cachorro de bulldog. Luego llegó una chica joven con su madre y un galgo con los cojones colgando y una pata rota. Empezaron a hablar mientras yo miraba la enorme elegancia del galgo. El pobre animal se estiró en el suelo, las ancas traseras en modo persecución, y mirando alrededor ahí terminó por derrumbarse viendo lo que había.

- ¿Kufisto?
- Sí
- Pase por aquí, por favor.

Una chica muy joven, pequeña y morena, con gafas, de no más de veinticinco años, enganchó a Suerte II y empezó a examinarle.

- Esto bien, esto bien, esto bien...-decía palpándole
- Aja...

Le miró el culo.

- Es gata -dijo
- Me cago en Dios
- ¿Qué?
- No, nada, nada...Sigue

- Bueno, Kufisto, pues está perfecta. Le voy a dar el antiparasitario y nada más...¡Ay qué hermosa que es! ¡qué ojos más azules que tiene la chiquitina...!

Suerte II y yo salimos a recepción para pagar. Todo el mundo miraba mi mano derecha, hasta la guarra del bulldog.

- ¿Qué te debo?
- Tres euros...¡Ay qué hermoso...!
- Es gata
- ¡¡¡AAAYYY!!!, ¡Ay mi chiquitina, hermosa, guapa!...¿y donde dices que te la has encontrado?
- En mi bar
- Ay, la pobre...¡chiqui, chiqui, chiqui...!
- Ay qué cosa más hermosa -dijo la del bulldog
- Bueno, venga que me tengo que ir
- Ayyy...
- Venga -dije- ya que estoy aquí dame algo de comida para gatos y eso.
- Claro, claro...¡Ay, qué hermosa!


Veinte pavos. Fui a la plaza y pillé un cagadero y un par de bols para el agua y la comida. Diez más. La arena no me convenció y decidí pillarla en el súper de al lado de mi casa. La puta gata no quería salir de mi puto coche y me las vi negras para encontrarla. Al final la enganché bajo el pedal del acelerador. Cogimos el ascensor y subimos a casa. Allí la dejé mientras bajaba por su arena.

Había un tío viejo pidiendo en la entrada. Español. Le solté los cuarenta céntimos que me encontré y pasé para adentro. Cogí el saco de arena perfumada para gatos y ya me iba para la caja cuando volví sobre mis pasos, pille una bandeja de salchichón, dos botes de cerveza y una barra de pan.

Un par de moros estaban delante de mi cuando fui a pagar. Ni miraban a la chica, ni la miraron mientras les atendía, ni se despidieron de ella al irse.

- Esto me lo pones en una bolsa, por favor -le dije a la muchacha

Salí. El viejo español seguía allí. Le di su bolsa y me dio las gracias.


Y mientras escribo esto todavía no sé donde está la puta gata.